domingo, 2 de enero de 2011

La Revolución Sepultada

Todas las medianoches del 31 de diciembre los cubanos lanzan litros de agua por sus balcones para que junto a cada gota se vaya todo lo malo y triste de los meses anteriores. Sus deseos: que la calidad de vida mejore en la isla

Por: Yoani Sánchez Desde Cuba
Domingo 2 de Enero del 2011


Una catarata cayó desde cada balcón de mi edificio modelo yugoslavo, justo a la medianoche del 31 de diciembre. Los cubanos conservan la tradición de lanzar un cubo de agua cada fin de año, para limpiar todo lo malo que trajeron los meses anteriores y esperar “limpios” espiritualmente el enero que recién comienza.

Había infinidad de razones para vaciar los tanques de las casas y tirar desde las ventanas, las terrazas y las azoteas el preciado líquido que nos dejaría listos para enfrentar todo lo que se nos viene encima. Así que tomé el recipiente más grande que pude encontrar en mi apartamento y con mi esposo dejamos caer su contenido hacia el vacío –desde nuestro piso 14– mientras pensábamos en aquello que queríamos dejar atrás.

El primer sol del 2011 hizo brillar los charcos que en las calles no habían sido formados por la lluvia, sino por nuestros deseos.

DESEOS DE CAMBIO
Pocos confiesan en voz alta la lista completa de esperanzas que albergan para los próximos 12 meses; sin embargo, es fácil predecir que un punto importante en ella es la necesidad de cambios políticos en la isla. Cada quien lo define a su manera, “que esto termine ya”, “que las reformas raulistas logren mejorar nuestras vidas” o “que el 2011 sea el año que tanto hemos estado esperando”, dicen quienes ya hace tiempo perdieron la paciencia y la fe.

Curiosamente la palabra ‘revolución’ está ausente de esas predicciones populares, pues la gran mayoría de los ciudadanos ha dejado de considerarla un ente dinámico, vivo, en transformación. Cuando se refieren al modelo que rige en el país, lo hacen como si se tratara de una estructura inamovible, como si fuera una camisa de fuerza muy rígida y con pocas posibilidades de adaptarse a las nuevas demandas del siglo XXI.

VIVIR EN EL PASADO
Todas aquellas ideas de renovación que llegaron –a finales de los años cincuenta del siglo pasado– con los jóvenes barbudos bajados de la montaña se transformaron en un gobierno donde la figuras que concentran el poder tienen más de 70 años y desconfían profundamente de los innovadores. El discurso oficial sigue mencionando el 1 de enero de cada año como el cumpleaños de una criatura viva, cuando se trata ya del aniversario de algo muerto hace tiempo. La revolución ha sido sepultada por el inmovilismo, el proyecto social yace bajo tierra y la pregunta que nos hacemos es alrededor de cuál fecha debemos poner en su lápida.

EL ABRAZO MORTAL
Para miles de compatriotas la revolución murió en 1968 cuando Fidel Castro aplaudió la entrada de los tanques soviéticos en Praga. El abrazo de oso después de aquello, la omnipresencia del Kremlin con los millones de barriles de petróleo que nos enviaban cada año, con sus abultados subsidios y sus demandas geopolíticas, terminaron por ahogar cualquier viso de espontaneidad.

El llamado Quinquenio Gris (1971-1975) apagó la luz en la cultura, donde el realismo socialista intentó cortarnos las alas de la creación y reducirnos a las historias triunfalistas que tenían como protagonistas a un nunca logrado hombre nuevo.

Mis padres, por su parte, vieron fenecer el proceso en los primeros meses de 1989 a raíz del juicio por narcotráfico contra el general Arnaldo Ochoa (1943-1989), los fusilamientos posteriores y las purgas en el Ministerio del Interior. Quedó claro para muchos que la zozobra por mantener el poder primaba sobre cualquier ideal, sobre los manuales de marxismo o comunismo.

BALSAS DE ESPERANZA
Para mi generación, el réquiem de la revolución se confirmó algunos años después, con los golpes y pedradas que recibieron quienes se lanzaron a las calles en agosto de 1994. Con aquellas rústicas balsas partiendo de cada punto del litoral cubano, se fueron buena parte de las ilusiones de quienes creían que este era un proyecto social “de los humildes, por los humildes y para los humildes”. Eran justo las clases más pobres las que en aquellas jornadas de desesperación optaron por el estrecho de La Florida, bajo el riesgo las aletas de los tiburones y del hacinamiento en la Base Naval de Guantánamo. Con ellos zarpó de territorio nacional la última posibilidad de que nuestras autoridades anunciaran su intención de gobernar para todos.

Y SIGUE MURIENDO
Por estos días queda el recordatorio, las frases tipo “lo que pudo ser y no fue”, la crónica del pasado. Mientras tanto, la realidad niega cada palabra dicha desde la tribuna, el mercado negro se extiende como opción de sobrevivencia, la apatía corroe los intentos de movilizarnos ideológicamente. Es como un largo funeral donde los más apegados al difunto no se deciden a echar tierra sobre el ataúd. Algunos –los menos– creen que la occisa revolución podrá levantarse, reinventarse, sacudirse la mortaja y los males crónicos.

Asistimos a este entierro, con la punzante duda: ¿Qué fue lo que salió mal? ¿En qué momento la revolución se volvió cadáver? Descifrarlo puede ser de vital importancia para el futuro nacional de Cuba. En parte ya sabemos que la defunción se debió a enfermedades crónicas: personalismo, burocracia, entreguismo a una potencia extranjera (otrora Unión Soviética) y la copia de un modelo muy bonito en los libros. Sin embargo, nos falta saber si el empujón se lo dimos nosotros mismos, si fueron nuestras manos, nuestras mentes, las que asfixiaron definitivamente a la criatura que intentamos crear, o si en la genética del proceso estuvieron desde siempre los cromosomas del fracaso.


Fuente: EL COMERCIO

domingo, 19 de diciembre de 2010

Navidad a la Cubana

En la isla que censuró las prácticas religiosas por decreto muchos cubanos fortalecieron su fe. La presión que la dictadura castrista ejerció en escuelas y trabajos no logró que la tradición y las costumbres desaparecieran

Por: Yoani Sánchez Desde Cuba
Domingo 19 de Diciembre del 2010

Diciembre me trae siempre olor a incienso, sonidos de llanto de bebe y el lejano sabor de unos turrones. Curioso, pues en realidad nací en la época del más rancio ateísmo y entré por primera vez a una iglesia cuando tenía 17 años. Sin embargo, a espaldas de mis padres –totalmente imbuidos del materialismo imperante– mis abuelos me contaban historias de Navidad, de pesebres, de luceros brillando en la noche de Belén.

EL CRISTO ESCONDIDO
No entendía qué podía tener de malo todo aquello, para que la maestra virara los ojos y nos mandara a callar cuando nos atrapaba hablando de la Nochebuena. Mi confusión llegó a su punto máximo cuando descubrí que la misma intransigente profesora llevaba un Jesús crucificado, prendido con un alfiler en el interior de la cartera, bien escondido de las miradas ajenas.

Este falso ateísmo era resultado de una de las modificaciones más importantes que quiso lograr el socialismo cubano: la desaparición de las prácticas religiosas. En los formularios para postular a un puesto de trabajo, a la universidad e incluso para solicitar una nueva vivienda aparecía siempre la pregunta: “¿Tiene creencias religiosas?”. Todos sabían cómo responder, porque la interrogante no tenía un interés para las estadísticas, sino una intención intimidatoria.

GRADUADOS EN ATEÍSMO
Los que pretendían ser miembros del Partido Comunista pasaban un curso de “ateísmo científico” y se les prohibía bautizar a sus hijos. Así que soy de la camada de los que no sintieron correr sobre sus cabezas el agua bendita. Las prohibiciones no hicieron que los sentimientos religiosos desaparecieran, simplemente se enmascararon. Toda una generación de cubanos creció sin fe. Frases de uso cotidiano como “si Dios quiere”, “gracias a Dios” o “que Dios te acompañe”, llegaron a tener –entre los más radicales– resonancia contrarrevolucionaria. Decir “¡adiós!” resultaba sospechoso de tendencias pequeñoburguesas y desviaciones ideológicas. Mis abuelos guardaron el Sagrado Corazón que tenían colgado en la sala y comenzaron a encender las velas y a leer las plegarias en la madrugada, cuando no podían verlos ni escucharlos.

COMUNISMO MESIÁNICO
La propuesta de los ideólogos comunistas fue la creación de “el hombre nuevo”, con una cosmovisión científico-materialista, despojado de supersticiones, altruista y solidario, dispuesto a dar la vida por la causa y entregado a la construcción de la nueva sociedad sin ambiciones materiales y motivado por sus convicciones políticas. En la escuela nos repetían que “la religión es el opio de los pueblos”, pero los discursos políticos también tenían su liturgia, su prueba de fe, su entrega desinteresada a un “mesías” que también llevaba barba y que nos exigía el sacrificio y la entrega total.

ISLA DE FE
A finales de 1991 ocurrió “el milagro”: las autoridades despenalizaron el ejercicio religioso. Tras casi veinte años da la impresión de que en esta isla quedan muy pocos ateos. Incluso quienes no practicamos ningún credo específico compartimos el entusiasmo con el que católicos y protestantes engalanan sus casas y sus iglesias, resistiéndose a que les vuelvan a arrebatar la celebración de la Navidad. Los niños más pequeños, nacidos ya con el retorno de la religiosidad, ven como algo normal que se instalen adornos de colores y que los villancicos resuenen.

Es un alivio el retorno de la festividad familiar de estas fechas, así lo sentimos quienes crecimos en la forzada austeridad de los fines de año y la celebración del 1 de enero como la llegada de los rebeldes al poder, en 1959.

Hoy mis abuelos podrían poner su cuadro de Jesús en la sala, si no fuera porque ambos murieron cuando todavía estaba penado creer –públicamente– en algo que no fuera la revolución.

RETOMAR LA ESPERANZA
Una preocupación es qué hacer con aquella malograda arcilla con la que se pretendió moldear al hombre nuevo. El problema de “la pérdida de valores” es un tema frecuentemente discutido entre pedagogos, artistas, cuadros políticos y líderes religiosos. Nadie se atreve a señalar al evidente responsable por la proliferación de un sujeto despersonalizado e indolente, sin vocación ni propósito, disoluto y amoral, que no se interesa en el trabajo ni aspira a la prosperidad, que no respeta ley alguna y que carece de sueños e ideales. Este es el producto del prolongado ateísmo forzado, de la simulación, del contraste entre lo que se admitía profesar y lo que en realidad se veneraba en el interior de las casas. Es un ser sin convicción ninguna, ni siquiera en sí mismo.

De entre sus cenizas resurge hoy la religión y hasta los que perdimos la fe en el camino, quisiéramos retomar la esperanza, para que esta Navidad podamos pedir –sin miedo- que ocurra un milagro.

Fuente:
EL COMERCIO

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Discurso de Steve Jobs, CEO de Apple y Pixar

Discurso que Steve Jobs, CEO de Apple Computer y de Pixar Animation Studios, dictó el 12 de Junio de 2005 en la ceremonia de graduación de la Universidad de Stanford.

“Tienen que encontrar eso que aman”
Me siento honrado de estar con ustedes hoy en su ceremonia de graduación en una de
las mejores universidades del mundo. Yo nunca me gradué de una universidad. La verdad
sea dicha, esto es lo más cerca que he estado de una graduación. Hoy deseo contarles tres historias de mi vida. Eso es. No es gran cosa. Sólo tres historias.

La primera historia se trata de conectar los puntos
Me retiré del Reed College después de los primeros 6 meses y seguí yendo de modo
intermitente otros 18 meses o más antes de renunciar de verdad. Entonces ¿por qué me
retiré?.
Comenzó antes de que yo naciera. Mi madre biológica era joven, estudiante de
universidad graduada, soltera, y decidió darme en adopción. Ella creía firmemente que debía ser adoptado por estudiantes graduados. Por lo tanto, todo estaba arreglado para que apenas naciera fuera adoptado por un abogado y su esposa; salvo que cuando nací, decidieron en el último minuto que en realidad deseaban una niña. De ese modo, mis padres que estaban en lista de espera, recibieron una llamada en medio de la noche preguntándoles: “Tenemos un niño no deseado; ¿lo quieren?”. Ellos dijeron “Por supuesto”.
Posteriormente, mi madre biológica se enteró que mi madre nunca se había graduado de
una universidad y que mi padre nunca se había graduado de la enseñanza media. Se negó a firmar los papeles de adopción definitivos. Sólo cambió de parecer unos meses más tarde cuando mis padres prometieron que algún día yo iría a la universidad.
Luego a los 17 años fui a la universidad. Sin embargo, ingenuamente elegí una
universidad casi tan cara como Stanford y todos los ahorros de mis padres de clase obrera fueron gastados en mí matrícula. Después de 6 meses yo no era capaz de apreciar el valor de lo anterior. No tenía idea de lo que quería hacer con mi vida y no tenía idea de la manera en que la universidad me iba a ayudar a deducirlo. Y aquí estaba yo, gastando todo el dinero que mis padres habían ahorrado durante toda su vida. Así que decidí retirarme y confiar en que todo iba a resultar bien. Fue bastante aterrador en ese momento, pero mirando hacia atrás fue una de las mejores decisiones que tomé. Apenas me retiré, pude dejar de asistir a las clases obligatorias que no me interesaban y comencé a asistir irregularmente a las que
se veían interesantes.
No todo fue romántico. No tenía dormitorio, dormía en el piso de los dormitorios de
amigos, llevaba botellas de Coca Cola a los depósitos de 5 centavos para comprar comida y caminaba 11 kilómetros, cruzando la ciudad todos los domingos en la noche para conseguir una buena comida a la semana en el templo Hare Krishna. Me encantaba. La mayor parte de las cosas con que tropecé siguiendo mi curiosidad e intuición resultaron ser inestimables posteriormente. Les doy un ejemplo: en ese tiempo Reed College ofrecía quizás la mejor instrucción en caligrafía del país. Todos los afiches, todas las etiquetas de todos los cajones estaban bellamente escritos en caligrafía a mano en todo el campus. Debido a que me había retirado y no tenía que asistir a las clases normales, decidí tomar una clase de caligrafía para aprender. Aprendí de los tipos serif y san serif, de la variación de la cantidad de espacio
entre las distintas combinaciones de letras, de lo que hace que la gran tipografía sea lo que es. Fue hermoso, histórico, artísticamente sutil de una manera en que la ciencia no logra capturar, y lo encontré fascinante.
Nada de esto tenía incluso una esperanza de aplicación práctica en mi vida. No obstante, diez años después, cuando estaba diseñando la primera computadora Macintosh, todo tuvo sentido para mí. Y todo lo diseñamos en la Mac. Fue la primera computadora con una bella tipografía. Si nunca hubiera asistido a ese único curso en la universidad, la Mac nunca habría tenido tipos múltiples o fuentes proporcionalmente espaciadas. Además, puesto que Windows sólo copió la Mac, es probable que ninguna computadora personal la tendría. Si nunca me hubiera retirado, nunca habría asistido a esa clase de caligrafía, y las computadoras personales no tendrían la maravillosa tipografía que tienen. Por supuesto era imposible conectar los puntos mirando hacia el futuro cuando estaba en la universidad. Sin embargo, fue muy, muy claro mirando hacia el pasado diez años después.
Reitero, no pueden conectar los puntos mirando hacia el futuro; solamente pueden
conectarlos mirando hacia el pasado. Por lo tanto, tienen que confiar en que los puntos de alguna manera se conectarán en su futuro. Tienen que confiar en algo – su instinto, su destino, su vida, su karma, lo que sea. Esta perspectiva nunca me ha decepcionado, y ha hecho la diferencia en mi vida.

La segunda historia es sobre amor y pérdida
Yo fui afortunado – descubrí lo que amaba hacer temprano en la vida. Woz y yo
comenzamos Apple en el garage de mis padres cuando tenía 20 años. Trabajamos duro y en 10 años Apple había crecido a partir de nosotros dos en un garage, transformándose en una compañía de US$2 mil millones con más de 4.000 empleados. Recién habíamos presentado nuestra más grandiosa creación – la Macintosh – un año antes y yo recién había cumplido los 30. Y luego me despidieron. ¿Cómo te pueden despedir de una compañía que comenzaste? Bien, debido al crecimiento de Apple contratamos a alguien que pensé que era muy talentoso para dirigir la compañía conmigo, los primeros años las cosas marcharon bien. Sin embargo, nuestras visiones del futuro empezaron a desviarse y finalmente tuvimos un tropiezo. Cuando ocurrió, la Junta del Directorio lo respaldó a él. De ese modo a los 30 años estaba afuera. Y muy publicitadamente fuera. Había desaparecido aquello que había sido el centro de toda mi vida adulta, fue devastador.
Por unos cuantos meses, realmente no supe qué hacer. Sentía que había decepcionado a
la generación anterior de empresarios – que había dejado caer el testimonio cuando me lo estaban pasando. Me encontré con David Packard y Bob Noyce e intenté disculparme por haberlo echado a perder tan estrepitosamente. Fue un absoluto fracaso público e incluso pensaba en alejarme del valle. No obstante, lentamente comencé a entender algo – Yo todavía amaba lo que hacía. El revés ocurrido con Apple no había cambiado eso ni un milímetro. Había sido rechazado, pero seguía enamorado. Y así decidí comenzar de nuevo.
En ese entonces no lo entendí, pero sucedió que ser despedido de Apple fue lo mejor
que podía haberme pasado. La pesadez de ser exitoso fue reemplazada por la liviandad de ser un principiante otra vez, menos seguro de todo. Me liberó para entrar en uno de las etapas más creativas de mi vida. Durante los siguientes cinco años, comencé una compañía llamada NeXT, otra compañía llamada Pixar, y me enamoré de una asombrosa mujer que se convirtió en mi esposa. Pixar continuó y creó la primera película en el mundo animada por computadora, Toy Story, y ahora es el estudio de animación más exitoso a nivel mundial. En un notable giro de los hechos, Apple compró NeXT, regresé a Apple y la tecnología que desarrollamos en NeXT constituye el corazón del actual renacimiento de Apple. Además, con Laurene tenemos una maravillosa familia. Estoy muy seguro de que nada de esto habría sucedido si no me hubiesen despedido de Apple. Fue una amarga medicina, pero creo que el paciente la necesitaba. En ocasiones la vida te golpea con un ladrillo en la cabeza. No pierdan la fe. Estoy convencido que lo único que me permitió seguir fue que yo amaba lo
que hacía. Tienen que encontrar eso que aman. Y eso es tan válido para su trabajo como para sus amores. Su trabajo va a llenar gran parte de sus vidas y la única manera de sentirse realmente satisfecho es hacer aquello que creen es un gran trabajo. Y la única forma de hacer un gran trabajo es amando lo que hacen. Si todavía no lo han encontrado, sigan buscando. No se detengan. Al igual que con los asuntos del corazón, sabrán cuando lo encuentren. Y al igual que cualquier relación importante, mejora con el paso de los años. Así que sigan buscando hasta que lo encuentren. No se detengan.

La tercera historia es sobre la muerte
Cuando tenía 17 años, leí una cita que decía algo parecido a “Si vives cada día como si fuera el último, es muy probable que algún día hagas lo correcto”. A mí me
impresionó y desde entonces, durante los últimos 33 años, me miro al espejo todas las mañanas y me pregunto: “Si hoy fuera en último día de mi vida, ¿querría hacer lo que estoy a punto de hacer hoy?” Y cada vez que la respuesta ha sido “No” por varios días seguidos, sé que necesito cambiar algo.
Recordar que moriré pronto constituye la herramienta más importante que he
encontrado para ayudarme a decidir las grandes elecciones de mi vida. Porque casi todo – todas las expectativas externas, todo el orgullo, todo el temor a la vergüenza o al fracaso – todo eso desaparece a las puertas de la muerte, quedando solamente aquello que es realmente importante. Recordar que van a morir es la mejor manera que conozco para evitar la trampa de pensar que tienen algo que perder. Ya están desnudos. No hay ninguna razón para no seguir a su corazón.
Casi un año atrás me diagnosticaron cáncer. Me hicieron un scanner a las 7:30 de la
mañana y claramente mostraba un tumor en el páncreas. Yo ni sabía lo que era el páncreas.
Los doctores me dijeron que era muy probable que fuera un tipo de cáncer incurable y que mis expectativas de vida no superarían los tres a seis meses. Mi doctor me aconsejó irme a casa y arreglar mis asuntos, que es el código médico para prepararte para la muerte.
Significa intentar decirle a tus hijos todo lo que pensabas decirles en los próximos 10 años, decirlo en unos pocos meses. Significa asegurarte que todo esté finiquitado de modo que sea lo más sencillo posible para tu familia. Significa despedirte.
Viví con ese diagnóstico todo el día. Luego al atardecer me hicieron una biopsia en que introdujeron un endoscopio por mi garganta, a través del estómago y mis intestinos, pincharon con una aguja mi páncreas y extrajeron unas pocas células del tumor. Estaba sedado, pero mi esposa, que estaba allí, me contó que cuando examinaron las células en el microscopio, los doctores empezaron a llorar porque descubrieron que era una forma muy rara de cáncer pancreático, curable con cirugía. Me operaron y ahora estoy bien.
Fue lo más cercano que he estado a la muerte y espero que sea lo más cercano por unas
cuantas décadas más. Al haber vivido esa experiencia, puedo contarla con un poco más de certeza que cuando la muerte era un útil pero puramente intelectual concepto:
Nadie quiere morir. Incluso la gente que quiere ir al cielo, no quiere morir para llegar allá. La muerte es el destino que todos compartimos. Nadie ha escapado de ella. Y es como debe ser porque la Muerte es muy probable que sea la mejor invención de la Vida. Es el agente de cambio de la Vida. Elimina lo viejo para dejar paso a lo nuevo. Ahora mismo, ustedes son lo nuevo, pero algún día, no muy lejano, gradualmente ustedes serán viejos y serán eliminados. Lamento ser tan trágico, pero es muy cierto.
Su tiempo tiene límite, así que no lo pierdan viviendo la vida de otra persona. No se
dejen atrapar por dogmas – es decir, vivir con los resultados del pensamiento de otras personas. No permitan que el ruido de las opiniones ajenas silencien su propia voz interior. Y más importante todavía, tengan el valor de seguir su corazón e intuición, que de alguna manera ya saben lo que realmente quieren llegar a ser. Todo lo demás es secundario.
Cuando era joven, había una asombrosa publicación llamada The Whole Earth Catalog,
que era una de las biblias de mi generación. Fue creada por un tipo llamado Steward Brand no muy lejos de aquí en Menlo Park, y la creó con un toque poético. Fue a fines de los 60, antes de las computadoras personales y de la edición mediante microcomputadoras, por lo tanto, en su totalidad estaba editada usando máquinas de escribir, tijeras y cámaras polaroid. Era un tipo de Google en formato de edición económica, 35 años antes de que apareciera Google: era idealista y rebosante de hermosas herramientas y grandes conceptos.
Steward y su equipo publicaron varias ediciones del The Whole Earth Catalog, y luego
cuando seguía su curso normal, publicaron la última edición. Fue a mediados de los 70 y yo tenía la edad de ustedes. En la tapa trasera de la última edición, había una fotografía de una carretera en el campo temprano en la mañana, similar a una en que estarían haciendo dedo si fueran así de aventureros. Debajo de la foto decía: “Manténganse hambrientos. Manténganse descabellados”. Fue su mensaje de despedida al finalizar. Manténganse hambrientos. Manténganse descabellados. Siempre he deseado eso para mí. Y ahora, cuando se gradúan para empezar de nuevo, es lo que deseo para ustedes.

Permanezcan hambrientos. Permanezcan descabellados.

Muchas gracias.

lunes, 8 de noviembre de 2010

No tan Campeones

Por: Richard Webb
EL COMERCIO
08-11-10


En la reciente conferencia internacional sobre corrupción, organizada por la Contraloría de la República, escuché dos afirmaciones que llaman a reflexión: que el Perú es un país especialmente corrupto y que esa corrupción es relativamente reciente e identificada en particular con los años noventa.

Vivimos una época de logros de estatura mundial –un Premio Nobel, tablistas, ajedrecistas, economía sobresaliente y, por supuesto, gastronomía–, pero en el arte de la corrupción no destacamos. Según los ránkings internacionales de los 179 países considerados por la entidad Transparencia Internacional, el Perú fue percibido en el 2010 como menos deshonesto que el promedio. El más limpio fue Dinamarca y, en América Latina, Chile, ubicándonos modestamente en el medio de la tabla con el puesto 78, en empate con China, Colombia y Tailandia. Aunque parezca difícil de imaginar, casi cien países nos sobrepasan en el arte de robar dineros públicos.

¿No obstante esa mediocridad, será cierto que la corrupción es una práctica relativamente moderna en el Perú y que viene aumentando rápidamente? Lo sorprendente de esa tesis es que implica un Perú anterior curiosamente honesto. La sentencias de Manuel González Prada cuando escribió que “la corrupción corre a chorro continuo” y que “los hombres se han convertido no solo en mercenarios sino en mercaderías”, incluidos el ministro, juez, parlamentario, regidor, prefecto, coronel y periodista, habrían sido una exageración.

Una forma de comprender la percepción de un pasado peruano menos corrupto es recordar que la corrupción, estrictamente hablando, es un mal de la democracia. Reemplaza al despojo y la violencia como medios de adquirir riqueza. Cuando hay un poder absoluto, como el ‘sultanismo’ de siglos anteriores descrito por Basadre, el autócrata no necesita recurrir a la corrupción. Simplemente se asigna las tierras, el palacio y el esclavo que se le antojan.

El avance sustancial de la democracia en el Perú ha limitado el margen para el despojo desnudo, pero posiblemente ha aumentado el abuso escondido del poder delegado. A diferencia del despojo que caracterizaba a los siglos anteriores, la corrupción de hoy abusa de un poder recibido en confianza. De allí el doble dolor de la corrupción: además de robo es una traición.

La corrupción es una enfermedad social, en esencia, un robo a la colectividad. En un país extremadamente dividido como el Perú, parte del remedio pasa por crear una verdadera colectividad. El robo existe, pero es menor entre los miembros de una familia.

sábado, 16 de octubre de 2010

La Tragedia del Oso Polar

Por: Augusto Townsend K Periodista*
EL COMERCIO
16-10-10


Ya es hora de matar al oso polar. No me refiero al animal, sino al símbolo de esa ominosa estrategia publicitaria que busca crear conciencia sobre el cambio climático alertando sobre la menos importante de sus víctimas. A las familias paquistaníes que vieron caer un diluvio inaudito sobre su país este año, a las chinas que acaban de sufrir la peor sequía en su historia, o a las rusas que vieron arder sus bosques con temperaturas –¡en Rusia!– mayores a los 40 °C, poco les importa si se ahoga o no el mentado plantígrado. Tampoco los peruanos que pierden su sistema de almacenamiento natural de agua dulce –los glaciares–, pues para ellos el cambio climático es algo que amenaza su subsistencia hoy, no en un futuro lejano.

Por desgracia, el discurso catastrofista se ha apoderado de la escena mediática, autoproclamándose como el llamado a convencer al mundo a punta de sustos de que el cambio climático es real. En un segundo plano ha quedado relegado aquel otro discurso –más inasible y aburrido– que pretende anclar el fenómeno en sus cimientos científicos y, sobre esa base, buscar un debate alturado, técnico y desapasionado sobre qué debería estar haciendo el mundo para enfrentarlo.

Al Gore demuestra lo tenue que es la línea divisoria que separa un discurso del otro. Los planteamientos del ex vicepresidente estadounidense tienen base científica, pero su propensión al activismo y a la exageración –natural en quien lleva décadas ejerciendo la política–, así como la inconsistencia entre lo que dice y lo que hace, llevan a que cualquier falibilidad en su argumentación sea el naipe que hizo colapsar al castillo. En su carrera como ‘gurú’ ambiental, Gore ha proferido –testarudamente incluso– varias inexactitudes, pero su advertencia –vista en su totalidad– está lejos de ser infundada.

VACUO SUSTENTO
Me sorprendió que Gore no fuera tan alarmista cuando habló el miércoles en Lima como lo fue en su filme “La verdad incómoda” o en sus declaraciones previas a la Cumbre de Copenhague. No obstante ello, las conversaciones que tuve la semana pasada con algunos empresarios peruanos me demostraron que todavía cunde entre ellos la creencia de que todo esto del cambio climático es pura charlatanería o, dicho de otro modo, un cuadro masivo de ingenuidad crónica.

Para mi preocupación, ninguna de las personas a las que escuché o leí desbaratando la “hipótesis” del cambio climático tenía una argumentación expresada en términos científicos, sino una puramente intuitiva o basada en lo que habían escuchado decir a economistas, periodistas o políticos (¿dónde están los científicos peruanos que no se les escucha?). En algunos casos, la defensa esgrimida ni siquiera respetaba las leyes de la lógica (“niego la existencia del fenómeno porque no estoy dispuesto a aceptar sus consecuencias”).

Vuelvo, entonces, a la idea original. El catastrofismo apocalíptico es nefasto (especialmente para los ambientalistas que han jurado lealtad a prueba de contradicciones) porque la exageración a la que tiende hace que cualquier error sea utilizado –con mucha argucia mediática y muchas veces sirviendo a intereses subalternos– para cuestionar la totalidad de la construcción científica y empíricamente demostrable que sustenta el cambio climático. Hace que el ciudadano de a pie pierda perspectiva de las cosas y reaccione a la defensiva. Genera un sentimiento de culpa que inhibe la acción (“¿por qué tendría yo que hacer algo si ya todo está perdido?”). Lleva a los que se resisten al cambio a escudarse en una elección antojadiza de la “evidencia”, priorizando aquella que confirma sus prejuicios y que descarta cualquier necesidad de hacer modificaciones en sus estilos de vida que puedan resultar engorrosas o caras.

LAVADO DE CARA
Repito, el símbolo del cambio climático no es un oso polar que se va a ahogar en algún escenario futuro eventual, sino un bangladesí que hoy –no mañana– ve cómo se salinizan los terrenos agrícolas que le dieron de comer a su familia por décadas, o quizá siglos. Este no pretende ser un planteamiento romántico: la tragedia de ese individuo, como la de millones de otros posibles “refugiados” climáticos, es empíricamente comprobable. Y la relación de causalidad entre ella y la creciente emisión de gases de efecto invernadero, si bien es compleja y dependiente también de otros factores (como las variaciones orbitales de la Tierra y su cercanía circunstancial al Sol), tiene un sólido respaldo científico frente al cual es intelectualmente deshonesto ser indiferente.

Pero despreocúpese, estimado lector, que aquí no le vamos a contar la historia del fin del mundo, sino una distinta en la cual el empresariado global advierte, en un futuro esperamos que no muy lejano, que le conviene más combatir esta realidad que dejarse llevar por ella. Entretanto, no se deje guiar ni por las exageraciones o la apelación al sentimentalismo de un extremo, ni por la inercia y el inmovilismo que profesa el otro. Nuestra recomendación final: preste atención a la ciencia.

(*) Editor del Departamento de Economía & Negocios de El Comercio

jueves, 14 de octubre de 2010

Mario Vargas Llosa: A Latin American liberal

THE ECONOMIST
Oct 14th 2010


A great writer who has become his region’s conscience

Scourge of dictators and utopians.THE literary reputation of Mario Vargas Llosa was established early in his prolific career. The Nobel prize for literature, bestowed on him this year, would have been deserved two decades or more ago. But back then the award would have been deplored by many Latin Americans who liked his novels but not his politics. For not only is Mr Vargas Llosa Latin America’s most accomplished living writer, he is also a thinker who battles for democracy, the market economy and individual liberty.

While his views have modulated over the years, their core has been constant ever since the mid-1960s, when he shook off a youthful enthusiasm for the Cuban revolution. Not long ago his was a brave and lonely stance for a Latin American intellectual. The widespread, if not universal, approval of the award in the region suggests that he is winning the argument.

In its citation the Swedish committee commended Mr Vargas Llosa for “his cartography of structures of power and his trenchant images of the individual’s resistance, revolt, and defeat.” This describes well two of his finest novels, written more than three decades apart. “Conversation in the Cathedral”, an early work of astonishing maturity, is set in his native Peru in the 1950s, during a dictatorship. “The Feast of the Goat”, published in 2000, explores the cruel regime of General Trujillo in the Dominican Republic. They are subtle studies of the psychology of power and its corruption of human integrity. (He returns to such themes in his new novel, “El Sueño del Celta”, about Roger Casement, an Anglo-Irish diplomat and early crusader for human rights, out in Spanish next month.)

The flip side of dictatorship in Latin America has been a recurrent search for Utopia. This is liberating when pursued as an artistic vision, but leads to bloodshed, disaster and tragedy when it becomes a political project. That is the implicit conclusion of a string of Mr Vargas Llosa’s books (such as “The War of the End of the World”, “The Real Life of Alejandro Mayta” and “The Way to Paradise”).

Paradoxically, perhaps, for a man of passions, he is unfailingly courteous and possessed of a disciplined work ethic, rising early every morning to write for several hours. His extraordinarily versatile output of more than 50 books includes comic and erotic novels and literary criticism, as well as a fortnightly newspaper column for Spain’s El País.

While Mr Vargas Llosa’s prose lacks the poetic intensity of Colombia’s Gabriel García Márquez, who won the prize in 1982, he more than makes up for this by his greater intellectual depth, subtlety and authorial rigour. His work is meticulously researched and carefully crafted.

Mr García Márquez has a house in Cuba, is a friend of Fidel Castro and espouses a Latin American nationalism. Such causes are anathemas to Mr Vargas Llosa. He abhors Mr Castro and Venezuela’s Hugo Chávez, as he does Chile’s General Pinochet (“a killer and a thief”) and Alberto Fujimori, Peru’s corrupt conservative ex-strongman. His liberalism is universal, inspired by such thinkers as Karl Popper and Isaiah Berlin. He hates nationalism, seeing it as a tool of demagogues; similarly he has criticised Bolivia’s Evo Morales, who claims to be leading a revolution on behalf of his country’s indigenous peoples, for turning race into a collectivist political tool (Mr Morales, along with Cuba’s government, was among the few to criticise the award).

But Mr Vargas Llosa is far from being a standard-bearer of the right. He criticised the invasion of Iraq (but later concluded it was worth overthrowing Saddam Hussein) and Israel’s war on Lebanon in 2006. He has often expressed sympathy for moderate centre-left governments. In Spain, where he lives for part of the year, he backs a small centrist party that opposes the petty nationalisms of the country’s periphery.

In the Latin American tradition he believes that it is the writer’s role—and duty—to intervene in politics. He went farther than most. Fearing that Peruvian democracy was threatened by bank nationalisation and Maoist terrorism, he stood for the presidency in 1990. He lost (to Mr Fujimori). Once a polarising figure in Peru, he is now widely respected as his country’s conscience. That is increasingly true across Latin America.

The Americas

domingo, 10 de octubre de 2010

Libro Forrado, Autor Prohibido

Por: Yoani Sánchez
EL COMERCIO
10-10-10


La bloguera cubana no escapa a la noticia que el mundo difundió con profusión: la entrega del Nobel de Literatura a Mario Vargas Llosa, proscrito en la isla y disfrutado en la clandestinidad. Ella y muchos más festejaron como suyo el logro


El libro iba forrado con una de esas revistas de muchos colores y pocas verdades que intentan convencer a los turistas sobre las ventajas de nuestra utopía. Lo estaba leyendo un hombre muy joven –apenas se le advertía el bigote– y a pesar de los saltos del ómnibus y de las personas que se interponían entre aquellas páginas y mis ojos, reconocí que se trataba de “La tía Julia y el escribidor”. En Cuba, durante varias décadas, el truco de cubrir la portada de los libros censurados nos ha permitido hojear en sitios públicos a Mario Vargas Llosa y a otros autores desterrados de las librerías oficiales. Hemos devorado sus escritos buscando el porqué este peruano no ha sido incluido en los programas de las carreras de humanidades, en las lecturas de la enseñanza media ni en los catálogos de las editoriales. Sin embargo, las claves para el estigma que se cierne sobre él no están tanto en sus textos, sino en las declaraciones que ha hecho en torno a la revolución, el sistema, el proceso o –con la simplicidad con que lo llama la gente en la calle– “esto” que vivimos desde hace 50 años en esta isla.

Pero no ha sido el único condenado al silencio institucional. Nos han escamoteado nombres claves de las letras latinoamericanas y de nuestro exilio, como si extirpar la literatura fuera tan fácil. A través de las redes alternativas de distribución han circulado desde “La guerra del fin del mundo” hasta los poemas de Heberto Padilla.

Nada hay más atractivo que lo prohibido y en el caso de los autores proscritos por la censura, esa máxima se ha cumplido en su totalidad. De ahí que demostrar cultura literaria en La Habana de hoy, no pasa tanto por conocer a Alejo Carpentier o a Julio Cortázar, sino por haber tenido entre las manos la prosa de Reinaldo Arenas, Herta Müller o Guillermo Cabrera Infante. La seducción que generan los expulsados es infinitamente mayor a la provocada por los literatos autorizados. Hemos leído a Vargas Llosa no solo por su infinito talento como novelista o por la ingeniosidad de sus artículos, lo hemos hecho también como un acto de rebeldía. Junto a él desciframos las claves del autócrata en “La fiesta del Chivo”, con la convicción de que todos los caudillos se parecen muchísimo, llámense Rafael Leónidas Trujillo o Fidel Castro.

No hay vínculo más fuerte entre un autor y sus lectores que aquel que se establece en la clandestinidad, en la oscura zona de lo vedado. Quizás por eso los cubanos hemos sentido como nuestro el Nobel de Literatura recién otorgado a quien ha sido considerado por la propaganda ideológica como “la bestia negra” de las letras hispanas. Sin mencionarlo, lo han hecho más presente; satanizándolo solo han logrado que se nos vuelva irresistible. Tiene lógica entonces que desde hace varios días estemos felicitándonos como si el autor de “La ciudad y los perros” no hubiera nacido en Arequipa sino en el mismísimo corazón de Guantánamo. Pues con ese galardón, algo de gloria nos ha tocado también a quienes –por no perdernos sus historias– corrimos el riesgo de que nos llamaran desviados ideológicos o de perder nuestro empleo, ser marcados como conflictivos o dejar de obtener ciertos efímeros privilegios. Algo de ese susto a que nos descubrieran nos quedará frente a la obra de Mario Vargas Llosa, pero una buena parte del temor se nos va disipando. De un tiempo a esta parte he visto a algunos atrevidos que leen sus novelas –sin forrarlas– en un parque, una oficina, un aula universitaria.