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sábado, 12 de noviembre de 2011

El Apartheid Persiste

Por: Yoani Sánchez*
AMÉRICA ECONOMÍA


Reinaldo afirmaba que sí, insistía e insistía. Yo, sin embargo, soy de la generación que de antemano piensa que casi todo está prohibido, que me van a regañar a cada paso e impedir cualquier cosa que se me ocurra. Así que, por esta vez, la discusión matrimonial fue intensa.

Él aseguraba que podríamos abordar aquel barco para mirar la bahía de Cienfuegos desde el vaivén de sus olas; a mí la vocecita interior me gritaba que tanto disfrute no podía estar al alcance de los nacionales. Por un par de horas, creí que el optimista de mi marido, al estilo de un Cándido tropical, se saldría con la suya.

Fuimos hasta la oficina de la marina, cercana al hotel Jagua, y allí un funcionario nos vendió un par de tiques para el ansiado paseo. Nunca ocultamos nuestro atropellado acento habanero, ni siquiera intentamos hacernos pasar por extranjeros, pero nadie nos pidió una identificación. Sentíamos que ya un par de asientos a bordo del yate “Flipper” tenían nuestros nombres y el murmullo del escepticismo se iba apagando dentro de mi cabeza.

Llegamos al muelle con media hora de antelación. Los turistas de piel enrojecida comenzaron a subir a la embarcación. Rei y yo alcanzamos una esquina espectacular desde donde sacaríamos fotos de esa bahía tan grande como un mar. El sueño duró apenas cinco minutos. Cuando el capitán nos escuchó hablar preguntó si éramos cubanos. Un rato después, nos informaban que debíamos bajar a tierra: “el paseo en barco está prohibido para los nacionales en todas las marinas del país”.

Rabia, ira, vergüenza de portar este pasaporte azul que nos hace culpables -por anticipado- ante la ley de nuestra propia nación. Sensación de estafa al comparar el discurso oficial de supuesta apertura con esta realidad de exclusión y estigma. Tuvimos ganas de hacer un escándalo y aferrarnos a la baranda para obligarlos a sacarnos por la fuerza, pero ¿hubiera servido de algo?

Mi marido desempolvó su francés y le contó al grupo de europeos lo que estaba ocurriendo. Se miraron extrañados, cuchichearon entre ellos. Ninguno desembarcó -en solidaridad con los excluidos- de aquel tour por las costas de nuestra isla; a ninguno le resultó intolerable disfrutar de algo que a los nativos nos está vedado.

El Flipper zarpó, la estela del apartheid fue visible durante unos segundos y después se volvió a camuflar entre las oscuras aguas de la bahía. El rostro del músico Benny Moré –en una pancarta cercana- parecía haber cambiado su risa por una mueca. A un lado de su barbilla estaba escrito el famoso estribillo “Cienfuegos es la ciudad que más me gusta a mí…”. Salimos de aquel lugar. Reinaldo derrotado en su ilusión y yo triste de que mi recelo triunfara. Caminamos por la carretera de Punta Gorda mientras le dábamos forma a una idea: “si el Benny hubiera vivido en los tiempos que corren, también lo habrían bajado -como a un perro sarnoso- de ese yate”.


*Esta columna fue publicada originalmente en El Universo.com.
Yoani Sánchez es Licenciada en Filología. Reside en La Habana, Cuba, es una de las blogueras más destacadas en el mundo de habla hispana. Entre otras distinciones, por su trabajo en el blog Generación Y, ha recibido los premios Ortega y Gasset (2008), 25 Mejores Blogs Time-CNN (2009), María Moors Cabot (2009) y Príncipe Claus (2010), éste último, por haber sido seleccionada entre los 60 heroes de la libertad de expresión por el Instituto Internacional de Prensa (IPI), con sede en Viena, Austria.

sábado, 27 de agosto de 2011

Cinco Años

Por: Yoani Sánchez*
AMÉRICA ECONOMÍA
27-08-11


¡Se acabó el chocolatín!, gritaron mis dos amigos al abrirles la puerta aquella noche del 31 de julio de 2006. Aludían, con su improvisada consigna, al último plan impulsado por Fidel Castro de distribuirle una cuota de chocolate a cada cubano en el mercado racionado.

Cuando tocaron el timbre, faltaban solo dos horas para entrar al primer día de agosto y Carlos Valenciaga ya había leído en la televisión una inesperada proclama anunciando la enfermedad del Máximo Líder.

Las luces del Consejo de Estado se veían extrañamente encendidas y un silencio anómalo se había instalado sobre la ciudad. Durante esa larga madrugada, nadie podría pegar un ojo en nuestra casa.

Cuando iban por el segundo vaso de ron, mis amigos comenzaron a contar cuántas veces habían proyectado aquel día, vaticinado aquella noticia. Él, trovador; ella, productora de televisión. Ambos nacieron y crecieron bajo el poder de un mismo presidente que había determinado hasta los más pequeños detalles de sus vidas. Yo los oía hablar y me sorprendía su desahogo, la catarata de deseos futuros que ahora afloraba. Quizás ellos se sentían más libres después de aquel anuncio. El tiempo les haría comprender que mientras nosotros chachareábamos sobre el porvenir, otros hacían que el paquete de la sucesión quedara atado y bien atado.

Cinco años después, el país ha sido transferido completamente por vía sanguínea. Raúl Castro ha recibido en herencia una nación, sus recursos, sus problemas y hasta sus habitantes. Todo lo que ha hecho en este último quinquenio brota del imperativo de no perder esa posesión familiar que le ha dejado su hermano.

La lentitud de sus reformas, la tibieza y superficialidad de estas, están marcadas en parte por sentirse beneficiario de un patrimonio que le ha sido encargado. ¿Y mis amigos?, se preguntarán ustedes. Pues se alejaron asustados cuando comprendieron que bajo el mandato del hermano menor la represión seguía y la penalización a la opinión estaba intacta. Nunca más volvieron a tocar mi puerta, ni a entrar a ese lugar donde en el 2006 llegaron gritando y creyendo que el mañana ya había comenzado.

* Yoani Sánchez es Licenciada en Filología. Reside en La Habana, Cuba, es una de las blogueras más destacadas en el mundo de habla hispana. Entre otras distinciones, por su trabajo en el blog Generación Y, ha recibido los premios Ortega y Gasset (2008), 25 Mejores Blogs Time-CNN (2009), María Moors Cabot (2009) y Príncipe Claus (2010), éste último, por haber sido seleccionada entre los 60 heroes de la libertad de expresión por el Instituto Internacional de Prensa (IPI), con sede en Viena, Austria.

Esta columna fue publicada originalmente en El Universo.com.

domingo, 15 de mayo de 2011

Nuestro propio muro

Por: Yoani Sánchez*
EL COMERCIO
Domingo 15 de Mayo del 2011


El sol quema fuerte y en la oficina de Inmigración y Extranjería la gente suda, pero nadie se queja. Una palabra crítica, una actitud de exigencia frente a los funcionarios puede terminar en castigo. Todos hacen cola en silencio y miran hacia la pared sin conversar. En esta tarde de mayo un centenar de personas aguardan por un permiso para viajar fuera de la isla. Conocido también como tarjeta blanca, esta autorización forma parte del absurdo migratorio que impide a los cubanos salir y entrar de su propio país. Es nuestro muro de Berlín, nuestra frontera minada pero sin explosivos. Una tapia formada por cuños, papeles y vigilada por la mirada torva de militares interponiéndose entre nuestros cuerpos y el resto del mundo.

Para reforzar tal desatino está también el alto precio del permiso de salida: unos US$170. Ese monto equivale al salario anual de un profesional medio. Sin embargo, para obtener el salvoconducto no basta con poseer el dinero o mostrar un pasaporte válido, hay que cumplir otros requisitos no escritos: contar con condiciones ideológicas y políticas que nos hagan elegibles.

Ante tantas dificultades, recibir el “sí” es como escuchar descorrerse los cerrojos en una celda tapiada por años. Pero para muchos –como yo– la respuesta siempre viene en forma de ¡no! Miles de cubanos hemos sido condenados a la inmovilidad insular, aunque ningún tribunal haya fallado tal veredicto. El “delito” que hemos cometido consiste en opinar críticamente del gobierno, en formar parte de un grupo opositor o pertenecer a una plataforma defensora de los derechos humanos. En mi caso ostento el triste récord de haber recibido 15 negaciones de salida desde el 2008. He dejado una silla vacía en cada conferencia, en cada ceremonia de premiación o presentación de libros a la que me han invitado. En ningún caso he recibido explicación, solo la lacónica frase: “Por el momento usted no está autorizada a salir del país”.

Pero no solo los inconformes o los críticos tienen restricciones. Quienes se graduaron en medicina saben muy bien que su título no solo les sirve para salvar vidas sino que funciona como impedimento para conocer otras latitudes. Centenares de doctores, enfermeras y personal de la salud han visto separarse a sus familias, a sus hijos partir al exilio, mientras ellos aguardan el beneplácito de las autoridades. Algunos esperan tres, cinco años o una década. La mayoría nunca lo logrará.

La lista negra de los que no pueden cruzar al otro lado del mar es larga. Eso se sabe aunque jamás haya sido publicada en ningún lugar. Quienes la integran son –somos– conscientes de que salirse de ella es sumamente difícil. Buena parte de las máscaras de conformismo que los cubanos se cuelgan frente al ojo escrutador del Estado tiene como objetivo alcanzar el sueño de traspasar las fronteras. El permiso de salida se convierte así en un método de control ideológico que obliga al aplauso y a la simulación.

Hace unos días la prensa extranjera anunció con gran fanfarria que los cubanos ya podían salir libremente. Justo en el momento en que comenzó a propagarse la noticia, estaba yo en una de esas vetustas oficinas donde se concede o se niega el permiso para viajar. Cuando le pregunté a la funcionaria vestida de militar si era verdad, me respondió con sorna: “Vaya al aeropuerto a ver si se puede ir sin la tarjeta blanca”. Al leer después con calma el punto 265 de los lineamientos del VI Congreso del Partido Comunista, que hace referencia a ese tema, me quedé desanimada. En él se expone que el gobierno va a “estudiar una política que facilite a los cubanos residentes en el país viajar como turistas”, pero no da un plazo ni detalles sobre cómo va a implementarse. En realidad, las autoridades no parecen dispuestas a renunciar a esa suculenta industria sin chimeneas que genera millones de dólares anuales por concepto de trámites para ingresar o salir de Cuba.

Minutos después de caer en cuenta de que las agencias informativas habían exagerado, sonó mi teléfono móvil. Una voz entrecortada me contó detalles de lo últimos momentos de Juan Wilfredo Soto, disidente muerto a raíz de un maltrato policial. Recuerdo que respondí en monosílabos a la narración triste de aquel acto de intolerancia. Me senté para no caerme. Me zumbaban los oídos y sentía enrojecida la piel de la cara. Miré sobre la mesa, allí estaba mi pasaporte lleno de visas para entrar a una docena de países y sin una sola autorización para salir de mi propia nación. Al lado de su portada azulada, alguien había puesto los reportes impresos del fallecimiento de Wilfredo. Observé su rostro en la fotografía, el escudo nacional en la primera página de mi documento de identificación y solo pude concluir que en la isla “nada ha cambiado”. Seguimos atenazados por los mismos límites, por los altos muros del sectarismo ideológico y por el grillete ajustado de las restricciones migratorias.

(*) Bloguera y periodista cubana

domingo, 13 de marzo de 2011

Piqueteros Intelectuales

Por: Mario Vargas Llosa*
EL COMERCIO
13-03-11


Un puñado de intelectuales argentinos kirchneristas, vinculados al grupo Carta Abierta, encabezados por el director de la Biblioteca Nacional, Horacio González, pidió a los organizadores de la Feria del Libro de Buenos Aires, que se abrirá el 20 de abril, que me retirara la invitación para hablar el día de su inauguración. La razón del veto: mi posición política “liberal”, “reaccionaria”, enemiga de las “corrientes progresistas del pueblo argentino” y mis críticas a los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner. Bastante más lúcida y democrática que sus intelectuales, la presidenta Cristina Fernández se apresuró a recordarles que semejante demostración de intolerancia y a favor de la censura no parecía una buena carta de presentación de su gobierno ni oportuna cuando parece iniciarse una movilización a favor de la reelección. Obedientes, pero sin duda no convencidos, los intelectuales kirchneristas dieron marcha atrás.

Me alegra coincidir en algo con la presidenta Cristina Fernández, cuyas políticas y declaraciones populistas, en efecto, he criticado, aunque sin llegar nunca al agravio, como alegó uno de los partidarios de mi defenestración. Nunca he ocultado mi convencimiento de que el peronismo, aunque haya impulsado algunos progresos de orden social y sindical, hechas las sumas y las restas, ha contribuido de manera decisiva a la decadencia económica y cultural del único país de América Latina que llegó a ser un país del Primer Mundo y a tener en algún momento un sistema educativo que fue un ejemplo para el resto del planeta. Esto no significa, claro está, que aliente la menor simpatía por sus horrendas dictaduras militares cuyos crímenes, censuras y violaciones de los derechos humanos he criticado siempre con la mayor energía en nombre de la cultura de la libertad que defiendo y que es constitutivamente alérgica a toda forma de autoritarismo.

Precisamente la única vez que he padecido un veto o censura en Argentina parecido al que pedían para mí los intelectuales kirchneristas fue durante la dictadura del general Videla, cuyo ministro del Interior, el general Harguindey, expidió un decreto de abultados considerandos prohibiendo mi novela “La tía Julia y el escribidor” y demostrando que esta era ofensiva al “ser argentino”. Advierto con sorpresa que los intelectuales kirchneristas comparten con aquel general cierta noción de la cultura, de la política y del debate de ideas que se sustenta en un nacionalismo esencialista un tanto primitivo y de vuelo rasero.

Porque lo que parece ofender principalmente a Horacio González, José Pablo Feinmann, Aurelio Narvaja, Vicente Battista y demás partidarios del veto, por encima de mi liberalismo, es que, siendo un extranjero, me inmiscuya en los asuntos argentinos. Por eso les parecía más justo que abriera la Feria del Libro de Buenos Aires un escritor argentino en consonancia con las “corrientes populares”.

Si tal mentalidad hubiera prevalecido siempre en Argentina, el general José de San Martín y sus soldados del Ejército Libertador no se hubieran ido a inmiscuir en los asuntos de Chile y Perú y, en vez de cruzar la Cordillera de los Andes impulsados por un ideal anticolonialista y libertario, se hubieran quedado cebando mate en su tierra, con lo que la emancipación hubiera tardado un poco más en llegar a las costas del Pacífico sudamericano. Y si un rosarino llamado Ernesto Che Guevara hubiera profesado el estrecho nacionalismo de los intelectuales kirchneristas, se hubiera eternizado en Rosario ejerciendo la medicina en vez de ir a jugarse la vida por sus ideas revolucionarias y socialistas en Guatemala, Cuba, el Congo y Bolivia.

El nacionalismo es una ideología que ha servido siempre a los sectores más cerriles de la derecha y la izquierda para justificar su vocación autoritaria, sus prejuicios racistas, sus matonerías, y para disimular su orfandad de ideas tras un fuego de artificio de eslóganes patrioteros. Está visceralmente reñido con la cultura, que es diálogo, coexistencia en la diversidad, respeto del otro, la admisión de que las fronteras son en última instancia artificios administrativos que no pueden abolir la solidaridad entre los individuos y los pueblos de cualquier geografía, lengua, religión y costumbres pues la nación –al igual que la raza o la religión– no constituye un valor ni establece jerarquías cívicas, políticas o morales entre la colectividad humana. Por eso, a diferencia de otras doctrinas e ideologías, como el socialismo, la democracia y el liberalismo, el nacionalismo no ha producido un solo tratado filosófico o político digno de memoria, solo panfletos a menudo de una retórica tan insulsa como beligerante. Si alguien lo vio bien, y lo escribió mejor, y lo encarnó en su conducta cívica fue uno de los políticos e intelectuales latinoamericanos que yo admiro más, el argentino Juan Bautista Alberdi, que llevó su amor a la justicia y a la libertad a oponerse a la guerra que libraba su propio país contra Paraguay, sin importarle que los fanáticos de la intolerancia lo acusaran de traidor.

Los vetos y las censuras tienden a imposibilitar todo debate y a convertir la vida intelectual en un monólogo tautológico en el que las ideas se desintegran y se convierten en consignas, lugares comunes y clichés. Los intelectuales kirchneristas que solo quisieran oír y leer a quienes piensan como ellos y que se arrogan la exclusiva representación de las “corrientes populares” de su país están muy lejos no solo de un Alberdi o un Sarmiento sino también de una izquierda genuinamente democrática que, por fortuna, está surgiendo en América Latina, y que en países donde ha estado o está en el poder, como en Chile, Brasil, Uruguay, ha sido capaz de renovarse, renunciando no solo a sus tradicionales convicciones revolucionarias reñidas con la democracia “formal” sino al populismo, al sectarismo ideológico y al dirigismo, aceptando el juego democrático, la alternancia en el poder, el mercado, la empresa y la inversión privadas, y las instituciones formales que antes llamaba burguesas. Esa izquierda renovada está impulsando de una manera notable el progreso económico de sus países y reforzando la cultura de la libertad en América Latina.

¿Qué clase de Argentina quieren los intelectuales kirchneristas? ¿Una nueva Cuba, donde, en efecto, los liberales y demócratas no podríamos jamás dar una conferencia ni participar en un debate y donde solo tienen uso de la palabra los escribidores al servicio del régimen? La convulsionada Venezuela de Hugo Chávez es tal vez su modelo. Pero allí, a diferencia de los miembros del grupo Carta Abierta, la inmensa mayoría de intelectuales, tanto de izquierda como de derecha, no es partidaria de los vetos y censuras. Por el contrario, combate con gran coraje contra los atropellos a la libertad de expresión y la represión creciente del gobierno chavista a toda forma de disidencia u oposición.

De quienes parecen estar mucho más cerca de lo que tal vez imaginan Horacio González y sus colegas es de los piqueteros kirchneristas que, hace un par de años, estuvieron a punto de lincharnos, en Rosario, a una treintena de personas que asistíamos a una conferencia de liberales, cuando el ómnibus en que nos movilizábamos fue emboscado por una pandilla de manifestantes armados de palos, piedras y botes de pintura. Durante un buen rato debimos soportar una pedrea que destrozó todas las lunas del vehículo, y lo dejó abollado y pintarrajeado de arriba abajo con insultos. Una experiencia interesante e instructiva que parecía concebida para ilustrar la triste vigencia en nuestros días de aquella confrontación entre civilización y barbarie que describieron con tanta inteligencia y buena prosa Sarmiento en su “Facundo” y Esteban Echeverría en ese cuento sobrecogedor que es “El matadero”.

Me apena que quien encabezara esta tentativa de pedir que me censuraran fuera el director de la Biblioteca Nacional, es decir, alguien que ocupa ahora el sitio que dignificó Jorge Luis Borges. Confío en que no lo asalte nunca la idea de aplicar, en su administración, el mismo criterio que lo guió a pedir que silenciaran a un escritor por el mero delito de no coincidir con sus convicciones políticas. Sería terrible, pero no inconsecuente ni arbitrario. Supongo que si es malo que las ideas “liberales”, “burguesas” y “reaccionarias” se escuchen en una charla, es también malísimo y peligrosísimo que se lean. De ahí hay solo un paso a depurar las estanterías de libros que desentonan con “las corrientes progresistas del pueblo argentino”.

México, 7 de marzo del 2011

(*) Escritor y Premio Nobel 2010

domingo, 2 de enero de 2011

La Revolución Sepultada

Todas las medianoches del 31 de diciembre los cubanos lanzan litros de agua por sus balcones para que junto a cada gota se vaya todo lo malo y triste de los meses anteriores. Sus deseos: que la calidad de vida mejore en la isla

Por: Yoani Sánchez Desde Cuba
Domingo 2 de Enero del 2011


Una catarata cayó desde cada balcón de mi edificio modelo yugoslavo, justo a la medianoche del 31 de diciembre. Los cubanos conservan la tradición de lanzar un cubo de agua cada fin de año, para limpiar todo lo malo que trajeron los meses anteriores y esperar “limpios” espiritualmente el enero que recién comienza.

Había infinidad de razones para vaciar los tanques de las casas y tirar desde las ventanas, las terrazas y las azoteas el preciado líquido que nos dejaría listos para enfrentar todo lo que se nos viene encima. Así que tomé el recipiente más grande que pude encontrar en mi apartamento y con mi esposo dejamos caer su contenido hacia el vacío –desde nuestro piso 14– mientras pensábamos en aquello que queríamos dejar atrás.

El primer sol del 2011 hizo brillar los charcos que en las calles no habían sido formados por la lluvia, sino por nuestros deseos.

DESEOS DE CAMBIO
Pocos confiesan en voz alta la lista completa de esperanzas que albergan para los próximos 12 meses; sin embargo, es fácil predecir que un punto importante en ella es la necesidad de cambios políticos en la isla. Cada quien lo define a su manera, “que esto termine ya”, “que las reformas raulistas logren mejorar nuestras vidas” o “que el 2011 sea el año que tanto hemos estado esperando”, dicen quienes ya hace tiempo perdieron la paciencia y la fe.

Curiosamente la palabra ‘revolución’ está ausente de esas predicciones populares, pues la gran mayoría de los ciudadanos ha dejado de considerarla un ente dinámico, vivo, en transformación. Cuando se refieren al modelo que rige en el país, lo hacen como si se tratara de una estructura inamovible, como si fuera una camisa de fuerza muy rígida y con pocas posibilidades de adaptarse a las nuevas demandas del siglo XXI.

VIVIR EN EL PASADO
Todas aquellas ideas de renovación que llegaron –a finales de los años cincuenta del siglo pasado– con los jóvenes barbudos bajados de la montaña se transformaron en un gobierno donde la figuras que concentran el poder tienen más de 70 años y desconfían profundamente de los innovadores. El discurso oficial sigue mencionando el 1 de enero de cada año como el cumpleaños de una criatura viva, cuando se trata ya del aniversario de algo muerto hace tiempo. La revolución ha sido sepultada por el inmovilismo, el proyecto social yace bajo tierra y la pregunta que nos hacemos es alrededor de cuál fecha debemos poner en su lápida.

EL ABRAZO MORTAL
Para miles de compatriotas la revolución murió en 1968 cuando Fidel Castro aplaudió la entrada de los tanques soviéticos en Praga. El abrazo de oso después de aquello, la omnipresencia del Kremlin con los millones de barriles de petróleo que nos enviaban cada año, con sus abultados subsidios y sus demandas geopolíticas, terminaron por ahogar cualquier viso de espontaneidad.

El llamado Quinquenio Gris (1971-1975) apagó la luz en la cultura, donde el realismo socialista intentó cortarnos las alas de la creación y reducirnos a las historias triunfalistas que tenían como protagonistas a un nunca logrado hombre nuevo.

Mis padres, por su parte, vieron fenecer el proceso en los primeros meses de 1989 a raíz del juicio por narcotráfico contra el general Arnaldo Ochoa (1943-1989), los fusilamientos posteriores y las purgas en el Ministerio del Interior. Quedó claro para muchos que la zozobra por mantener el poder primaba sobre cualquier ideal, sobre los manuales de marxismo o comunismo.

BALSAS DE ESPERANZA
Para mi generación, el réquiem de la revolución se confirmó algunos años después, con los golpes y pedradas que recibieron quienes se lanzaron a las calles en agosto de 1994. Con aquellas rústicas balsas partiendo de cada punto del litoral cubano, se fueron buena parte de las ilusiones de quienes creían que este era un proyecto social “de los humildes, por los humildes y para los humildes”. Eran justo las clases más pobres las que en aquellas jornadas de desesperación optaron por el estrecho de La Florida, bajo el riesgo las aletas de los tiburones y del hacinamiento en la Base Naval de Guantánamo. Con ellos zarpó de territorio nacional la última posibilidad de que nuestras autoridades anunciaran su intención de gobernar para todos.

Y SIGUE MURIENDO
Por estos días queda el recordatorio, las frases tipo “lo que pudo ser y no fue”, la crónica del pasado. Mientras tanto, la realidad niega cada palabra dicha desde la tribuna, el mercado negro se extiende como opción de sobrevivencia, la apatía corroe los intentos de movilizarnos ideológicamente. Es como un largo funeral donde los más apegados al difunto no se deciden a echar tierra sobre el ataúd. Algunos –los menos– creen que la occisa revolución podrá levantarse, reinventarse, sacudirse la mortaja y los males crónicos.

Asistimos a este entierro, con la punzante duda: ¿Qué fue lo que salió mal? ¿En qué momento la revolución se volvió cadáver? Descifrarlo puede ser de vital importancia para el futuro nacional de Cuba. En parte ya sabemos que la defunción se debió a enfermedades crónicas: personalismo, burocracia, entreguismo a una potencia extranjera (otrora Unión Soviética) y la copia de un modelo muy bonito en los libros. Sin embargo, nos falta saber si el empujón se lo dimos nosotros mismos, si fueron nuestras manos, nuestras mentes, las que asfixiaron definitivamente a la criatura que intentamos crear, o si en la genética del proceso estuvieron desde siempre los cromosomas del fracaso.


Fuente: EL COMERCIO

domingo, 19 de diciembre de 2010

Navidad a la Cubana

En la isla que censuró las prácticas religiosas por decreto muchos cubanos fortalecieron su fe. La presión que la dictadura castrista ejerció en escuelas y trabajos no logró que la tradición y las costumbres desaparecieran

Por: Yoani Sánchez Desde Cuba
Domingo 19 de Diciembre del 2010

Diciembre me trae siempre olor a incienso, sonidos de llanto de bebe y el lejano sabor de unos turrones. Curioso, pues en realidad nací en la época del más rancio ateísmo y entré por primera vez a una iglesia cuando tenía 17 años. Sin embargo, a espaldas de mis padres –totalmente imbuidos del materialismo imperante– mis abuelos me contaban historias de Navidad, de pesebres, de luceros brillando en la noche de Belén.

EL CRISTO ESCONDIDO
No entendía qué podía tener de malo todo aquello, para que la maestra virara los ojos y nos mandara a callar cuando nos atrapaba hablando de la Nochebuena. Mi confusión llegó a su punto máximo cuando descubrí que la misma intransigente profesora llevaba un Jesús crucificado, prendido con un alfiler en el interior de la cartera, bien escondido de las miradas ajenas.

Este falso ateísmo era resultado de una de las modificaciones más importantes que quiso lograr el socialismo cubano: la desaparición de las prácticas religiosas. En los formularios para postular a un puesto de trabajo, a la universidad e incluso para solicitar una nueva vivienda aparecía siempre la pregunta: “¿Tiene creencias religiosas?”. Todos sabían cómo responder, porque la interrogante no tenía un interés para las estadísticas, sino una intención intimidatoria.

GRADUADOS EN ATEÍSMO
Los que pretendían ser miembros del Partido Comunista pasaban un curso de “ateísmo científico” y se les prohibía bautizar a sus hijos. Así que soy de la camada de los que no sintieron correr sobre sus cabezas el agua bendita. Las prohibiciones no hicieron que los sentimientos religiosos desaparecieran, simplemente se enmascararon. Toda una generación de cubanos creció sin fe. Frases de uso cotidiano como “si Dios quiere”, “gracias a Dios” o “que Dios te acompañe”, llegaron a tener –entre los más radicales– resonancia contrarrevolucionaria. Decir “¡adiós!” resultaba sospechoso de tendencias pequeñoburguesas y desviaciones ideológicas. Mis abuelos guardaron el Sagrado Corazón que tenían colgado en la sala y comenzaron a encender las velas y a leer las plegarias en la madrugada, cuando no podían verlos ni escucharlos.

COMUNISMO MESIÁNICO
La propuesta de los ideólogos comunistas fue la creación de “el hombre nuevo”, con una cosmovisión científico-materialista, despojado de supersticiones, altruista y solidario, dispuesto a dar la vida por la causa y entregado a la construcción de la nueva sociedad sin ambiciones materiales y motivado por sus convicciones políticas. En la escuela nos repetían que “la religión es el opio de los pueblos”, pero los discursos políticos también tenían su liturgia, su prueba de fe, su entrega desinteresada a un “mesías” que también llevaba barba y que nos exigía el sacrificio y la entrega total.

ISLA DE FE
A finales de 1991 ocurrió “el milagro”: las autoridades despenalizaron el ejercicio religioso. Tras casi veinte años da la impresión de que en esta isla quedan muy pocos ateos. Incluso quienes no practicamos ningún credo específico compartimos el entusiasmo con el que católicos y protestantes engalanan sus casas y sus iglesias, resistiéndose a que les vuelvan a arrebatar la celebración de la Navidad. Los niños más pequeños, nacidos ya con el retorno de la religiosidad, ven como algo normal que se instalen adornos de colores y que los villancicos resuenen.

Es un alivio el retorno de la festividad familiar de estas fechas, así lo sentimos quienes crecimos en la forzada austeridad de los fines de año y la celebración del 1 de enero como la llegada de los rebeldes al poder, en 1959.

Hoy mis abuelos podrían poner su cuadro de Jesús en la sala, si no fuera porque ambos murieron cuando todavía estaba penado creer –públicamente– en algo que no fuera la revolución.

RETOMAR LA ESPERANZA
Una preocupación es qué hacer con aquella malograda arcilla con la que se pretendió moldear al hombre nuevo. El problema de “la pérdida de valores” es un tema frecuentemente discutido entre pedagogos, artistas, cuadros políticos y líderes religiosos. Nadie se atreve a señalar al evidente responsable por la proliferación de un sujeto despersonalizado e indolente, sin vocación ni propósito, disoluto y amoral, que no se interesa en el trabajo ni aspira a la prosperidad, que no respeta ley alguna y que carece de sueños e ideales. Este es el producto del prolongado ateísmo forzado, de la simulación, del contraste entre lo que se admitía profesar y lo que en realidad se veneraba en el interior de las casas. Es un ser sin convicción ninguna, ni siquiera en sí mismo.

De entre sus cenizas resurge hoy la religión y hasta los que perdimos la fe en el camino, quisiéramos retomar la esperanza, para que esta Navidad podamos pedir –sin miedo- que ocurra un milagro.

Fuente:
EL COMERCIO

domingo, 10 de octubre de 2010

Libro Forrado, Autor Prohibido

Por: Yoani Sánchez
EL COMERCIO
10-10-10


La bloguera cubana no escapa a la noticia que el mundo difundió con profusión: la entrega del Nobel de Literatura a Mario Vargas Llosa, proscrito en la isla y disfrutado en la clandestinidad. Ella y muchos más festejaron como suyo el logro


El libro iba forrado con una de esas revistas de muchos colores y pocas verdades que intentan convencer a los turistas sobre las ventajas de nuestra utopía. Lo estaba leyendo un hombre muy joven –apenas se le advertía el bigote– y a pesar de los saltos del ómnibus y de las personas que se interponían entre aquellas páginas y mis ojos, reconocí que se trataba de “La tía Julia y el escribidor”. En Cuba, durante varias décadas, el truco de cubrir la portada de los libros censurados nos ha permitido hojear en sitios públicos a Mario Vargas Llosa y a otros autores desterrados de las librerías oficiales. Hemos devorado sus escritos buscando el porqué este peruano no ha sido incluido en los programas de las carreras de humanidades, en las lecturas de la enseñanza media ni en los catálogos de las editoriales. Sin embargo, las claves para el estigma que se cierne sobre él no están tanto en sus textos, sino en las declaraciones que ha hecho en torno a la revolución, el sistema, el proceso o –con la simplicidad con que lo llama la gente en la calle– “esto” que vivimos desde hace 50 años en esta isla.

Pero no ha sido el único condenado al silencio institucional. Nos han escamoteado nombres claves de las letras latinoamericanas y de nuestro exilio, como si extirpar la literatura fuera tan fácil. A través de las redes alternativas de distribución han circulado desde “La guerra del fin del mundo” hasta los poemas de Heberto Padilla.

Nada hay más atractivo que lo prohibido y en el caso de los autores proscritos por la censura, esa máxima se ha cumplido en su totalidad. De ahí que demostrar cultura literaria en La Habana de hoy, no pasa tanto por conocer a Alejo Carpentier o a Julio Cortázar, sino por haber tenido entre las manos la prosa de Reinaldo Arenas, Herta Müller o Guillermo Cabrera Infante. La seducción que generan los expulsados es infinitamente mayor a la provocada por los literatos autorizados. Hemos leído a Vargas Llosa no solo por su infinito talento como novelista o por la ingeniosidad de sus artículos, lo hemos hecho también como un acto de rebeldía. Junto a él desciframos las claves del autócrata en “La fiesta del Chivo”, con la convicción de que todos los caudillos se parecen muchísimo, llámense Rafael Leónidas Trujillo o Fidel Castro.

No hay vínculo más fuerte entre un autor y sus lectores que aquel que se establece en la clandestinidad, en la oscura zona de lo vedado. Quizás por eso los cubanos hemos sentido como nuestro el Nobel de Literatura recién otorgado a quien ha sido considerado por la propaganda ideológica como “la bestia negra” de las letras hispanas. Sin mencionarlo, lo han hecho más presente; satanizándolo solo han logrado que se nos vuelva irresistible. Tiene lógica entonces que desde hace varios días estemos felicitándonos como si el autor de “La ciudad y los perros” no hubiera nacido en Arequipa sino en el mismísimo corazón de Guantánamo. Pues con ese galardón, algo de gloria nos ha tocado también a quienes –por no perdernos sus historias– corrimos el riesgo de que nos llamaran desviados ideológicos o de perder nuestro empleo, ser marcados como conflictivos o dejar de obtener ciertos efímeros privilegios. Algo de ese susto a que nos descubrieran nos quedará frente a la obra de Mario Vargas Llosa, pero una buena parte del temor se nos va disipando. De un tiempo a esta parte he visto a algunos atrevidos que leen sus novelas –sin forrarlas– en un parque, una oficina, un aula universitaria.

lunes, 22 de marzo de 2010

Cuba sin Salida

Por: Alejandro Deustua, Internacionalista
EL COMERCIO
22-03-10


En Cuba, como en otros estados, alguna gente se suicida para protestar. Pero en el Estado totalitario a ese extremo recurso no se llega por motivaciones existencialistas, ni económicas, ni mucho menos por ánimo terrorista. Quizás se recurra a él para llamar la atención internacional sobre el carácter represivo de un régimen en el que el disenso es un delito que cometió el que se mata.
Sin embargo, “Granma” —el vocero del Partido Comunista de Cuba— considera que la muerte de un “preso común”, Orlando Zapata, fue producto de una manipulación; y la eventual del periodista Guillermo Fariñas, un chantaje probablemente avalado por el imperialismo.

Si bien el suicidio como instrumento político es éticamente reprobable, quien lo ejerce sin causar más daño que la terrible supresión de su propia vida, probablemente, considere que este es el único medio de influencia posible en ausencia de otro mecanismo de expresión organizada.

Tal instrumentación de la desesperanza puede no ser común en Cuba. Pero sus variantes son innumerables. Si ahora se ejerce individualmente poniendo en evidencia a un régimen que prohíbe constitucionalmente ejercer acciones que cuestionen al Estado socialista, antes se ejerció de modo grupal mediante la fuga colectiva a riesgo de la propia vida. En efecto, si decenas de miles de balseros cubanos se han arrojado al mar en embarcaciones trágicamente ridículas en búsqueda de esperanza lo hicieron porque, además de la privación de otros derechos esenciales, el régimen cubano impide la libre la salida del país.

El consecuente deseo de fugar, que ha hecho del Caribe un corredor de la muerte, tuvo quizás su punto culminante en 1980 cuando miles de cubanos invadieron la embajada del Perú en búsqueda de cualquier destino menos el que padecían. Luego de repudiarlos e infiltrarlos con criminales comunes y desquiciados, el dictador permitió apenas que una flotilla extranjera se encargarse del traslado de los “indeseables” a Florida.

Y para confirmar que del paraíso socialista no se escapa nadie con impunidad, en 1994, guardacostas cubanos hundieron, con frialdad homicida, un transbordador repleto de personas que se arriesgaban a todo, como lo hicieron los que quedaron atrapados en el Muro de Berlín.

Si el totalitarismo cubano apelaba entonces a la razón de Estado para justificar la exposición de grupos enteros al peligro extremo, desde sus orígenes empleó la razón ideológica para justificar el terror.

Así, a la manera de Robespierre y de Stalin, el Che Guevara advirtió, en 1964, a la Asamblea General de las Naciones Unidas (ONU) que el fusilamiento era una necesidad revolucionaria. “Sí, hemos fusilado y lo seguiremos haciendo mientras sea necesario”, dijo sin asegurar juicio justo a nadie.

Tal disposición represiva está instalada en el Estado totalitario cubano, en sus leyes y en su indisposición para administrar justicia de acuerdo con estándares universales. A cambio, exhibe avances económicos y sociales.

Para llamar la atención sobre esa “asimetría” eventualmente macabra, modestos cubanos ponen hoy su propia muerte a consideración de la comunidad internacional. Si ello es un exceso, lo es más la indisposición de la dictadura cubana a liberar a su población.

lunes, 8 de marzo de 2010

Lula y los Castro

Por: Mario Vargas Llosa
EL COMERCIO
Domingo 7 de Marzo del 2010


Mi capacidad de indignación política se embota algo los meses del año que paso en Europa. La razón, supongo, es que vivo allá en países democráticos en los que, no importa los problemas que padezcan, hay un amplio margen de libertad para la crítica, y los medios, los partidos, las instituciones y los individuos suelen protestar con entereza y ruido cuando se suscita un hecho afrentoso y despreciable, sobre todo en el campo político.

En América Latina, en cambio, donde paso tres o cuatro meses al año, aquella capacidad de indignación retorna siempre, con la furia de mi juventud, y me hace vivir en el quién vive, desasosegado y alerta, esperando (y preguntándome de dónde vendrá esta vez) el hecho execrable que, generalmente, pasará inadvertido para el gran número, o merecerá el beneplácito o la indiferencia general.

Esta mañana he vivido una vez más esa sensación de asco e ira, viendo al risueño presidente Lula del Brasil, abrazando cariñosamente a Fidel y Raúl Castro, en los mismos momentos en que los esbirros de la dictadura cubana correteaban a los disidentes y los sepultaban en los calabozos para impedirles asistir al entierro de Orlando Zapata Tamayo, el albañil opositor y pacifista de 42 años, del Grupo de los 75, al que la satrapía castrista dejó morir de hambre —luego de someterlo en vida a confinamiento, torturas y condenarlo con pretextos a más de 30 años de prisión— tras 85 días de huelga de hambre.

Cualquier persona que no haya perdido la decencia y tenga un mínimo de información sobre lo que ocurre en Cuba espera del régimen castrista que actúe como lo ha hecho. Hay una absoluta coherencia entre la condición de dictadura totalitaria de Cuba y una política terrorista de persecución a toda forma de disidencia y de crítica, la violación sistemática de los más elementales derechos humanos, procesos amañados para sepultar a los opositores en cárceles inmundas y someterlos allí a vejaciones hasta enloquecerlos, matarlos o empujarlos al suicidio. Los hermanos Castro llevan 51 años practicando esa política y solo los idiotas podrían esperar de ellos un comportamiento distinto.

Pero de Luiz Inácio Lula da Silva, gobernante elegido en comicios legítimos, presidente constitucional de un país democrático como Brasil, uno esperaría, por lo menos, una actitud algo más digna y coherente con la cultura democrática que en teoría representa, y no la desvergüenza impúdica de lucirse, risueño y cómplice, con los asesinos virtuales de un disidente democrático, legitimando con su presencia y proceder la cacería de opositores desencadenada por el régimen en los mismos momentos en que él se fotografiaba abrazando a los verdugos de Orlando Zapata Tamayo.

El presidente Lula sabía perfectamente lo que hacía. Antes de viajar a Cuba, 50 disidentes cubanos le habían pedido una audiencia durante su estancia en La Habana y que intercediera ante las autoridades de la isla por la liberación de los presos políticos martirizados como Zapata en los calabozos cubanos. Él se negó a ambas cosas. Tampoco los recibió ni abogó por ellos en sus dos anteriores visitas a la isla, cuyo régimen liberticida siempre elogió sin el menor eufemismo.

Por lo demás, esta manera de proceder del mandatario brasileño ha caracterizado todo su mandato. Hace años que, en su política exterior, desmiente de manera sistemática su política interna, en la que respeta las reglas del Estado de derecho, y, en economía, en vez de las recetas marxistas que proponía cuando era sindicalista y candidato —dirigismo económico, nacionalizaciones, rechazo a la inversión extranjera, etcétera—, promueve una economía de mercado y de libre empresa como cualquier estadista socialdemócrata europeo.

Pero, cuando se trata del exterior, el presidente Lula se desviste de los atuendos democráticos y se abraza con el comandante Chávez, con Evo Morales, con el comandante Ortega, es decir, con la hez de América Latina, y no tiene el menor escrúpulo en abrir las puertas diplomáticas y económicas del Brasil a la satrapía teocrática integrista de Irán. ¿Qué significa esta duplicidad? ¿Que el presidente Lula nunca cambió de verdad? ¿Que es un simple travestido, capaz de todos los volteretazos ideológicos, un politicastro sin espina dorsal cívica y moral? Según algunos, los designios geopolíticos para Brasil del presidente Lula están por encima de pequeñeces como que Cuba sea, con Corea del Norte, una de las dictaduras donde se cometen los peores atropellos a los derechos humanos y donde hay más presos políticos. Lo importante para él serían cosas más trascendentes como el puerto de Mariel, que Brasil está financiando con 300 millones de dólares, así como la próxima construcción por Petrobras de una fábrica de lubricantes en La Habana. Ante realizaciones de este calado ¿qué puede importarle al “estadista” brasileño que un albañil cubano del montón, y encima negro y pobre, muera de hambre clamando por nimiedades como la libertad?

En verdad, todo esto significa, ay, que Lula es un típico mandatario “democrático” latinoamericano. Casi todos ellos están cortados por la misma tijera y casi todos, unos más, otros menos, aunque —cuando no tienen más remedio— practican la democracia en el seno de sus propios países, en el exterior no tienen reparo alguno, como Lula, en cortejar a dictadores y demagogos tipo Chávez o Castro, porque creen, los pobres, que de este modo aquellos manoseos les otorgarán una credencial de “progresistas” que los libre de huelgas, revoluciones, acoso periodístico y de campañas internacionales acusándolos de violar los derechos humanos. Como recuerda el analista peruano Fernando Rospigliosi, en un admirable artículo, “Mientras Zapata moría lentamente, los presidentes de América Latina —incluido el sátrapa cubano— se reunían en México para formar una organización —¡otra más!— regional. Ni una palabra salió de allí para demandar la libertad o un mejor trato para los más de 200 presos políticos cubanos”. El único que se atrevió a protestar —un justo entre los fariseos— fue el presidente electo de Chile, Sebastián Piñera.

De manera que la cara de cualquiera de estos jefes de Estado hubiera podido reemplazar a la de Luiz Inácio Lula da Silva, abrazando a los hermanos Castro, en la foto que me retorció las tripas al leer la prensa de esta mañana.

Esas caras no representan la libertad, la limpieza moral, el civismo, la legalidad y la coherencia en América Latina. Estos valores se encarnan en personas como Orlando Zapata Tamayo, las Damas de Blanco, Oswaldo Payá, Elizardo Sánchez, la bloguera Yoani Sánchez, y demás cubanos y cubanas que, sin dejarse intimidar por el acoso, las agresiones y vejaciones cotidianas de que son víctimas, se siguen enfrentando a la tiranía castrista. Y se encarnan, asimismo, en principalísimo lugar, en los centenares de prisioneros políticos y, sobre todo, en el periodista independiente Guillermo Fariñas, que, cuando escribo este artículo, lleva ya ocho días de huelga de hambre en Cuba para protestar por la muerte de Zapata y exigir la liberación de los presos políticos.

Curiosa y terrible paradoja: que sea en el seno de uno de los más inhumanos y crueles regímenes que haya conocido el continente donde se hallen hoy los más dignos y respetables políticos de América Latina.

LIMA, 4 DE MARZO DEL 2010