Por: Yoani Sánchez
EL COMERCIO
10-10-10
La bloguera cubana no escapa a la noticia que el mundo difundió con profusión: la entrega del Nobel de Literatura a Mario Vargas Llosa, proscrito en la isla y disfrutado en la clandestinidad. Ella y muchos más festejaron como suyo el logro
El libro iba forrado con una de esas revistas de muchos colores y pocas verdades que intentan convencer a los turistas sobre las ventajas de nuestra utopía. Lo estaba leyendo un hombre muy joven –apenas se le advertía el bigote– y a pesar de los saltos del ómnibus y de las personas que se interponían entre aquellas páginas y mis ojos, reconocí que se trataba de “La tía Julia y el escribidor”. En Cuba, durante varias décadas, el truco de cubrir la portada de los libros censurados nos ha permitido hojear en sitios públicos a Mario Vargas Llosa y a otros autores desterrados de las librerías oficiales. Hemos devorado sus escritos buscando el porqué este peruano no ha sido incluido en los programas de las carreras de humanidades, en las lecturas de la enseñanza media ni en los catálogos de las editoriales. Sin embargo, las claves para el estigma que se cierne sobre él no están tanto en sus textos, sino en las declaraciones que ha hecho en torno a la revolución, el sistema, el proceso o –con la simplicidad con que lo llama la gente en la calle– “esto” que vivimos desde hace 50 años en esta isla.
Pero no ha sido el único condenado al silencio institucional. Nos han escamoteado nombres claves de las letras latinoamericanas y de nuestro exilio, como si extirpar la literatura fuera tan fácil. A través de las redes alternativas de distribución han circulado desde “La guerra del fin del mundo” hasta los poemas de Heberto Padilla.
Nada hay más atractivo que lo prohibido y en el caso de los autores proscritos por la censura, esa máxima se ha cumplido en su totalidad. De ahí que demostrar cultura literaria en La Habana de hoy, no pasa tanto por conocer a Alejo Carpentier o a Julio Cortázar, sino por haber tenido entre las manos la prosa de Reinaldo Arenas, Herta Müller o Guillermo Cabrera Infante. La seducción que generan los expulsados es infinitamente mayor a la provocada por los literatos autorizados. Hemos leído a Vargas Llosa no solo por su infinito talento como novelista o por la ingeniosidad de sus artículos, lo hemos hecho también como un acto de rebeldía. Junto a él desciframos las claves del autócrata en “La fiesta del Chivo”, con la convicción de que todos los caudillos se parecen muchísimo, llámense Rafael Leónidas Trujillo o Fidel Castro.
No hay vínculo más fuerte entre un autor y sus lectores que aquel que se establece en la clandestinidad, en la oscura zona de lo vedado. Quizás por eso los cubanos hemos sentido como nuestro el Nobel de Literatura recién otorgado a quien ha sido considerado por la propaganda ideológica como “la bestia negra” de las letras hispanas. Sin mencionarlo, lo han hecho más presente; satanizándolo solo han logrado que se nos vuelva irresistible. Tiene lógica entonces que desde hace varios días estemos felicitándonos como si el autor de “La ciudad y los perros” no hubiera nacido en Arequipa sino en el mismísimo corazón de Guantánamo. Pues con ese galardón, algo de gloria nos ha tocado también a quienes –por no perdernos sus historias– corrimos el riesgo de que nos llamaran desviados ideológicos o de perder nuestro empleo, ser marcados como conflictivos o dejar de obtener ciertos efímeros privilegios. Algo de ese susto a que nos descubrieran nos quedará frente a la obra de Mario Vargas Llosa, pero una buena parte del temor se nos va disipando. De un tiempo a esta parte he visto a algunos atrevidos que leen sus novelas –sin forrarlas– en un parque, una oficina, un aula universitaria.
domingo, 10 de octubre de 2010
sábado, 14 de agosto de 2010
La Pena de Muerte
Por: Andrés Bedoya Ugarteche
CORREO
14-08-10
La pena de muerte:- Nuestro bienamado director, don Aldo Mariátegui (que Dios guarde), es partidario de la pena de muerte y, sin querer, le está haciendo el tundete a Keiko. Según Aldo, la pena de muerte sí arredra, sí intimida al futuro y posible homicida. I beg to differ, que dicen los gringos. No estoy de acuerdo, aunque seas mi jefecito lindo.
Si el temor a la muerte intimidara al hombre, no existirían carreras de fórmula uno, ni paracaidismo, ni montañismo, ni esquí, ni bochas, ni habrían niñas que se echan entre los durmientes de un tren para que éste les pase por encima sin dañarlas -sólo para sentir la cercanía y posibilidad de morir- ni jóvenes brasileños que se suben a los techos de los vagones del ferrocarril y saltan sobre el vagón del tren que viene en sentido contrario. Allí ya ha muerto el 50% de estos "deportistas", y lo siguen haciendo.
El segundo punto es que un ciudadano, a las nueve de la mañana, no sabe que a las cinco de la tarde se convertirá en asesino y la mayor parte de las veces ocurre por reacción instintiva, por ira incontrolable o por terror puro. Y son estos los que tienen la desgracia de ser atrapados. Los sicarios, los asesinos a sueldo, los esbirros, esos lo hacen por vocación, por la adrenalina que produce, con frialdad completa y casi nunca los cogen. En la época de Velasco y sus hampones, se instituyó la pena de muerte. Ninguno de los tres o cuatro fusilados de entonces perdió los papeles a la hora de la verdad. Murieron con dignidad. Y uno de ellos, en Arequipa, hasta milagros hace.
El tercer punto es que el asesinato jamás -repito, jamás- debe ser legalizado. Un asesinato no deja de serlo por ser la consecuencia de un circo con juececitos, fiscalitos, secretaritos, escribanitos y toneladas de expedientes. Legalizar el homicidio es enviar un mensaje peligroso: que matar "puede ser bueno a veces". Con esa idea cualquiera puede tomar la ley en sus manos con la excusa de que le está ahorrando dinero al Estado, y esto termina convertido en el far west.
Otra cosita, Aldo: ¿de dónde me sacas ese número imposible de demostrar de que por cada ejecución se salvan siete vidas? ¿Es cabalístico o qué? ¿Y qué puede saber un Nobel en Economía de la sicología criminal? Que no me joda. ¿Por qué no le preguntamos a la Filomena Menchú sobre problemas de física cuántica?
¿No basta con que los encerremos de por vida? Claro, eso es muy caro, pero si de dinero se trata, entonces fusilemos a toda la población penal del Perú. Claro, los jueces son rosquetes y sueltan a los criminales. Para eso Fujimori inventó los jueces sin rostro. Retornemos a eso y dejémonos de cojudeces.
Y algo más. Si Keiko está pidiendo la instauración de la pena capital, no lo hace por tus motivos, Aldo. Lo hace porque sabe que el populacho, la chusma, la canalla, esto es, los electores, siempre están a favor de esa pena. Ocurre en cualquier lugar del mundo. Es genético. Por eso nos gustan las películas policiales y las de piratas. Pero no seamos hipócritas fusilando a las cinco de la mañana y sin la presencia de periodistas. Si somos machos, fusilemos en la Plaza Mayor a las doce del día. Demostremos que no nos avergonzamos de nuestras propias acciones.
Hasta más vernos.
CORREO
14-08-10
La pena de muerte:- Nuestro bienamado director, don Aldo Mariátegui (que Dios guarde), es partidario de la pena de muerte y, sin querer, le está haciendo el tundete a Keiko. Según Aldo, la pena de muerte sí arredra, sí intimida al futuro y posible homicida. I beg to differ, que dicen los gringos. No estoy de acuerdo, aunque seas mi jefecito lindo.
Si el temor a la muerte intimidara al hombre, no existirían carreras de fórmula uno, ni paracaidismo, ni montañismo, ni esquí, ni bochas, ni habrían niñas que se echan entre los durmientes de un tren para que éste les pase por encima sin dañarlas -sólo para sentir la cercanía y posibilidad de morir- ni jóvenes brasileños que se suben a los techos de los vagones del ferrocarril y saltan sobre el vagón del tren que viene en sentido contrario. Allí ya ha muerto el 50% de estos "deportistas", y lo siguen haciendo.
El segundo punto es que un ciudadano, a las nueve de la mañana, no sabe que a las cinco de la tarde se convertirá en asesino y la mayor parte de las veces ocurre por reacción instintiva, por ira incontrolable o por terror puro. Y son estos los que tienen la desgracia de ser atrapados. Los sicarios, los asesinos a sueldo, los esbirros, esos lo hacen por vocación, por la adrenalina que produce, con frialdad completa y casi nunca los cogen. En la época de Velasco y sus hampones, se instituyó la pena de muerte. Ninguno de los tres o cuatro fusilados de entonces perdió los papeles a la hora de la verdad. Murieron con dignidad. Y uno de ellos, en Arequipa, hasta milagros hace.
El tercer punto es que el asesinato jamás -repito, jamás- debe ser legalizado. Un asesinato no deja de serlo por ser la consecuencia de un circo con juececitos, fiscalitos, secretaritos, escribanitos y toneladas de expedientes. Legalizar el homicidio es enviar un mensaje peligroso: que matar "puede ser bueno a veces". Con esa idea cualquiera puede tomar la ley en sus manos con la excusa de que le está ahorrando dinero al Estado, y esto termina convertido en el far west.
Otra cosita, Aldo: ¿de dónde me sacas ese número imposible de demostrar de que por cada ejecución se salvan siete vidas? ¿Es cabalístico o qué? ¿Y qué puede saber un Nobel en Economía de la sicología criminal? Que no me joda. ¿Por qué no le preguntamos a la Filomena Menchú sobre problemas de física cuántica?
¿No basta con que los encerremos de por vida? Claro, eso es muy caro, pero si de dinero se trata, entonces fusilemos a toda la población penal del Perú. Claro, los jueces son rosquetes y sueltan a los criminales. Para eso Fujimori inventó los jueces sin rostro. Retornemos a eso y dejémonos de cojudeces.
Y algo más. Si Keiko está pidiendo la instauración de la pena capital, no lo hace por tus motivos, Aldo. Lo hace porque sabe que el populacho, la chusma, la canalla, esto es, los electores, siempre están a favor de esa pena. Ocurre en cualquier lugar del mundo. Es genético. Por eso nos gustan las películas policiales y las de piratas. Pero no seamos hipócritas fusilando a las cinco de la mañana y sin la presencia de periodistas. Si somos machos, fusilemos en la Plaza Mayor a las doce del día. Demostremos que no nos avergonzamos de nuestras propias acciones.
Hasta más vernos.
sábado, 31 de julio de 2010
El Creador de un Hombrecito Extraordinario
Antoine de Saint Exupéry (1900-1944)
Por: Martha Meier M Q
Sábado 31 de Julio del 2010
Por más de cuarenta años no se tuvo idea de que pasó con la aeronave piloteada por el escritor y aviador francés Antoine de Saint-Exupéry. Un día como hoy, 31 de julio de 1944 cayó al mar Mediterráneo. En el año 2000 los investigadores Lino von Gartzen y Luc Vanrell localizaron el desaparecido avión, a ochenta metros de profundidad. Y el rompecabezas empezó a armarse. Una cosa llevó a la otra, se siguieron, claves, pistas y datos hasta dar, en el año 2008, con un anciano alemán de 88 años llamado Horst Rippert, un periodista deportivo jubilado. Él les contó la historia.
Corrían los días de la Segunda Guerra Mundial cuando Rippert —entonces un joven piloto alemán de 24 años— derribó un avión que cayó hundiéndose en el mar, cerca de la costa de Marsella, sobre el Mediterráneo. “A los días de mis disparos dijeron que era Saint-Exupéry. Esperé y espero que no fuera él”, les dijo. Pero el piloto de esa nave sí era por desdicha el autor de: “El aviador”, “Vuelo nocturno”, “Tierra de hombres”, “Piloto de guerra”, entre otras obras.
Saint-Exupéry era, paradójicamente, considerado un héroe por el hombre que lo abatió: “Todos lo habíamos leído, adorábamos sus libros. Describía admirablemente el cielo, los pensamientos y los sentimientos de los pilotos. Su obra produjo la vocación de volar en muchos de nosotros. Si lo hubiera sabido, jamás habría disparado”, comentó Rippert a un diario francés.
Así murió el hombre que legó a la humanidad uno de los personajes más inspiradores y lúcidos de todos los que pueblan la vasta literatura terrícola. Un año antes de que dispararan sobre su avión publicó su inmortal relato corto “El Principito” (1943), con dibujos de su propia factura. Una obra que ha sido traducida a más de 180 lenguas y dialectos, y es el segundo libro más leído del planeta, después de la Biblia.
“El Principito” es una metáfora del sentido de la vida, la búsqueda de la felicidad y del amor. El extraordinario hombrecito que lo protagoniza le hace ver a otro de los protagonistas —el aviador—la estupidez humana, y la pérdida de la sabiduría, sencillez y sensibilidad de la infancia que padecen —padecemos— los adultos.
El escritor-aviador que fue derribado sobre el Mediterráneo quiso con esta historia reencontrarse consigo mismo, tratar de que los niños lo siguieran siendo siempre: libres, valientes, curiosos y soñadores. Quiso, también, despertar al adulto razonable de su mediocre modorra y darle el valor de sacar al niño que vive en su interior y busca respuestas sobre las cosas más simples y sencillas de la vida. Ese niño o niña que quiere “escuchar a las estrellas sonando como campanas” y entregar sus sueños, esperanzas e ilusiones sin esperar recibir nada a cambio.
“El Principito” es una crítica a la pedantería y erudición baratas, a la tentación por lo oscuro, al afán de acumular poder. Este niño de melena color del trigo, sueña y es el único amo de sus sueños y de sus fantasías. Y por eso aterroriza a personajes insoportables como el tal Hugo Chávez, quien lo ha vetado en la Venezuela cuya esperanza trata de destruir. Su Plan Revolucionario de Lectura —para “estimular la ideología socialista a través de libros revolucionarios para construir al hombre nuevo”— considera al extraordinario hombrecito de Antoine de Saint-Exupéry una amenaza.
“El Principito” es pues un poderoso símbolo político de libertad, de transparencia, de verdad. Así las cosas, quizá lo que nos haga falta para, en el 2021, llegar a ser esa nación del Primer Mundo de la que tanto nos habla el doctor Alan García son ciudadanos y líderes con la capacidad de convencernos de que: “Lo bello del desierto es que en algún lugar esconde un pozo”, y que solo juntos podremos encontrar ese pozo de agua clara y vivificante.
Fuente: EL COMERCIO
Por: Martha Meier M Q
Sábado 31 de Julio del 2010
Por más de cuarenta años no se tuvo idea de que pasó con la aeronave piloteada por el escritor y aviador francés Antoine de Saint-Exupéry. Un día como hoy, 31 de julio de 1944 cayó al mar Mediterráneo. En el año 2000 los investigadores Lino von Gartzen y Luc Vanrell localizaron el desaparecido avión, a ochenta metros de profundidad. Y el rompecabezas empezó a armarse. Una cosa llevó a la otra, se siguieron, claves, pistas y datos hasta dar, en el año 2008, con un anciano alemán de 88 años llamado Horst Rippert, un periodista deportivo jubilado. Él les contó la historia.
Corrían los días de la Segunda Guerra Mundial cuando Rippert —entonces un joven piloto alemán de 24 años— derribó un avión que cayó hundiéndose en el mar, cerca de la costa de Marsella, sobre el Mediterráneo. “A los días de mis disparos dijeron que era Saint-Exupéry. Esperé y espero que no fuera él”, les dijo. Pero el piloto de esa nave sí era por desdicha el autor de: “El aviador”, “Vuelo nocturno”, “Tierra de hombres”, “Piloto de guerra”, entre otras obras.
Saint-Exupéry era, paradójicamente, considerado un héroe por el hombre que lo abatió: “Todos lo habíamos leído, adorábamos sus libros. Describía admirablemente el cielo, los pensamientos y los sentimientos de los pilotos. Su obra produjo la vocación de volar en muchos de nosotros. Si lo hubiera sabido, jamás habría disparado”, comentó Rippert a un diario francés.
Así murió el hombre que legó a la humanidad uno de los personajes más inspiradores y lúcidos de todos los que pueblan la vasta literatura terrícola. Un año antes de que dispararan sobre su avión publicó su inmortal relato corto “El Principito” (1943), con dibujos de su propia factura. Una obra que ha sido traducida a más de 180 lenguas y dialectos, y es el segundo libro más leído del planeta, después de la Biblia.
“El Principito” es una metáfora del sentido de la vida, la búsqueda de la felicidad y del amor. El extraordinario hombrecito que lo protagoniza le hace ver a otro de los protagonistas —el aviador—la estupidez humana, y la pérdida de la sabiduría, sencillez y sensibilidad de la infancia que padecen —padecemos— los adultos.
El escritor-aviador que fue derribado sobre el Mediterráneo quiso con esta historia reencontrarse consigo mismo, tratar de que los niños lo siguieran siendo siempre: libres, valientes, curiosos y soñadores. Quiso, también, despertar al adulto razonable de su mediocre modorra y darle el valor de sacar al niño que vive en su interior y busca respuestas sobre las cosas más simples y sencillas de la vida. Ese niño o niña que quiere “escuchar a las estrellas sonando como campanas” y entregar sus sueños, esperanzas e ilusiones sin esperar recibir nada a cambio.
“El Principito” es una crítica a la pedantería y erudición baratas, a la tentación por lo oscuro, al afán de acumular poder. Este niño de melena color del trigo, sueña y es el único amo de sus sueños y de sus fantasías. Y por eso aterroriza a personajes insoportables como el tal Hugo Chávez, quien lo ha vetado en la Venezuela cuya esperanza trata de destruir. Su Plan Revolucionario de Lectura —para “estimular la ideología socialista a través de libros revolucionarios para construir al hombre nuevo”— considera al extraordinario hombrecito de Antoine de Saint-Exupéry una amenaza.
“El Principito” es pues un poderoso símbolo político de libertad, de transparencia, de verdad. Así las cosas, quizá lo que nos haga falta para, en el 2021, llegar a ser esa nación del Primer Mundo de la que tanto nos habla el doctor Alan García son ciudadanos y líderes con la capacidad de convencernos de que: “Lo bello del desierto es que en algún lugar esconde un pozo”, y que solo juntos podremos encontrar ese pozo de agua clara y vivificante.
Fuente: EL COMERCIO
domingo, 13 de junio de 2010
Israel: La Amistad Difícil
Por: Mario Vargas Llosa, Escritor
EL COMERCIO
13-06-10
Cada día es más difícil ser amigo de Israel, salvo para los incondicionales convencidos de que todo lo que hacen las autoridades israelíes es bueno, que todos los palestinos son terroristas y que las críticas a la política de Israel son siempre producto del antisemitismo. Yo sigo siéndolo, pese a la repugnancia que me inspira su Gobierno actual, la intransigencia fanática de sus colonos y los abusos y, a veces, crímenes que Israel comete en los territorios ocupados y en Gaza, o fuera de sus fronteras, como ocurrió hace poco con los nueve muertos y las decenas de heridos de la Flotilla de la Libertad.
Esta última es solo una de las caras de Israel. Hay otra, admirable y ejemplar, desdibujada por la primera, pero más permanente y representativa, la de un país democrático y pionero, que, en medio de un desierto y a la vez que libraba tres guerras, ha sido capaz de construir una sociedad del primer mundo, próspera, moderna, pluralista y de instituciones sólidas, y de integrar en su seno a gentes procedentes de todos los rincones del planeta, de costumbres, lenguas y tradiciones diferentes. Aunque no lo sea para los árabes, esta sociedad es para los israelíes absolutamente libre y en ella se ejerce, de manera sistemática, la crítica al poder, a todos los poderes, con una pugnacidad y virulencia que nunca ha conocido un país del Medio Oriente y que es infrecuente incluso entre las más avanzadas democracias del Occidente. Lo trágico, para mí, es que quienes se oponen a la política de Netanyahu y bregan por la paz y una solución negociada del problema palestino son, hoy por hoy, una minoría electoral.
Pero están allí, movilizados, inasequibles al desaliento. Yo acabo de pasar nueve días con algunos de ellos, y, por eso, pese a todo lo que ha ocurrido y puede ocurrir en un futuro inmediato, creo que todavía hay esperanzas de que se revierta la tendencia en la que parecen ganar terreno los halcones de Israel y los terroristas de Hamas, y resucite el espíritu de Oslo, cuando la paz estuvo tan cerca y la frustró el asesinato de Yitzhak Rabin.
Esta es la quinta vez que vengo a Israel. Llegué muy pocos días después de la torpeza que cometieron las autoridades impidiéndole el ingreso al país a Noam Chomsky —nadie como ellas para contribuir con sus metidas de pata al desprestigio de la imagen internacional de su país— y partí tres días después de que los comandos israelíes asaltaran en aguas internacionales el Mavi Marmara perpetrando unas violencias inútiles que han hecho tanto daño a la imagen de Israel en el mundo como la invasión del Líbano, lo han enemistado con Turquía, su único aliado entre los países musulmanes, y han atraído sobre él una tempestad de condenas y críticas que está lejos de cesar. Pero me consta que sobre todos estos temas ha habido en Israel protestas enérgicas de esa minoría de “justos” —en el sentido que daba Albert Camus al vocablo— que son la reserva moral de ese país.
El día que di una conferencia en la Universidad Hebrea de Jerusalén vi partir de allí una manifestación de estudiantes árabes e israelíes, con carteles contra las tomas de viviendas efectuadas por los colonos en la localidad de Sheikh Jarrah y, al día siguiente, estuve en la plaza vecina a este barrio donde, todos los viernes, se manifiestan varios centenares de personas en contra de este último intento del movimiento colonizador extremista Gush Emunim de invadir y ocupar casas y terrenos palestinos. Allí me encontré con viejos amigos, como el escritor David Grossman, que perdió un hijo en la guerra de Líbano y sigue, impertérrito, con su poderosa autoridad intelectual y moral, liderando las campañas a favor de la paz y de la sensatez política frente a quienes, víctimas de la paranoia y la arrogancia, creen que solo la fuerza bruta garantizará la seguridad de Israel. Estaban también Amira Hass, la periodista israelí que desde hace años vive en los territorios ocupados —lo hizo primero en Gaza y ahora en Ramallah— desde donde, gracias a sus crónicas en “Haaretz”, mantiene un puente vivo de comunicación con la sociedad palestina, y mi amigo Meir Margalit, dirigente de una organización de voluntarios israelíes que reconstruyen las casas de los árabes dinamitadas por el Tsahal por pertenecer a parientes de palestinos acusados de terrorismo. Meir es ahora concejal del Ayuntamiento de Jerusalén donde da una diaria batalla con su compañero de partido, Yosef Alalu, profeta laico de barbas bíblicas, a favor del diálogo, la negociación y la paz.
También estaba allí Yehuda Shaul, fundador de Breaking the Silence (Rompiendo el Silencio), organización integrada por ex soldados del ejército de Israel, empeñados (son sus palabras) en “abrir los ojos de israelíes y extranjeros sobre los excesos y violencias que comete nuestro Ejército con los palestinos”. Yehuda es religioso, no político. El fuego que lo anima es moral y cívico, como a sus compañeros. Las exposiciones que organiza —ahora hay una en el Círculo de Bellas Artes de Madrid— muestran, a base de fotos, videos y testimonios de militares, el vía crucis palestino. Con Yehuda estuve todo un día recorriendo las cuevas del sur del Monte Hebrón, espectáculo deplorable de campesinos y pastores árabes que, despojados de sus tierras por los colonos de Gush Emunim, se aferran desesperados a un territorio, cercado por puestos militares, donde los escasos pozos de agua que existían han sido cegados por los invasores para obligarlos a partir. La inmensa mayoría de los israelíes, que han alcanzado tan altos niveles de vida como los de los países más avanzados, no sospechan siquiera que, a muy poca distancia de sus higiénicas viviendas, lindos jardines, fértiles tierras e industrias de alta tecnología, malvive una sociedad miserable condenada —si no cambian antes las cosas— a la desaparición.
Pero todavía es peor el espectáculo que ofrece Gaza, adonde volví luego de cinco años, un día después del asalto de los comandos israelíes al Mavi Marmara. Las casas bombardeadas en los barrios de Beit Lahiya, al norte de la Franja, y de Ezbt Abed Rabbo, lucen sus interiores desventrados, sus muñones de fierros y sus escombros por doquier. Lo peor no es la desolación del panorama, sino advertir que, en esas ruinas a punto de desplomarse, viven familias enteras, nubes de chiquillos desarrapados y descalzos que trepan y saltan entre los derrumbes con total inconsciencia del peligro que corren. Bernard-Henri Levy niega, en un artículo publicado en “El País” el 8 de junio, que en Gaza haya hambre, pues Israel, dice, permite entrar camiones con alimentos diariamente a la franja. Está muy mal informado. En Gaza hay hambre, desnutrición, enfermedades que no se pueden curar y gente que muere por falta de medicinas y por falta de repuestos para los equipos médicos, como lo descubre cualquiera que visita el Al-Shifa Hospital y habla con sus médicos y se horroriza con las condiciones en que trabajan.
El bloqueo de Gaza no tiene excusa alguna pues condena a su millón y medio de habitantes a una muerte lenta. Las principales víctimas no son los terroristas de Hamas sino los seres más desvalidos: los viejos, las mujeres, los enfermos y los niños. El bloqueo no les permite exportar ni importar, ni siquiera pescar pues apenas se les autoriza a hacerlo dentro de las tres millas marinas de la playa ¡donde no hay casi peces! Quienes viven en esas condiciones difícilmente pueden evitar llenarse del odio y resentimiento que hizo posible la victoria electoral de los fanáticos de Hamas. ¿Volvería ahora a ganar las elecciones la organización terrorista? Casi todas las personas con las que hablé en Gaza me aseguraron que hay una decepción muy extendida con las autoridades actuales y que Al Fatah ha recuperado la popularidad que tuvo en tiempos de Arafat. Este fenómeno se debe, en gran parte, al auge económico que han tenido en este último tiempo las ciudades palestinas de Cisjordania, gracias a la política del primer ministro Salam Fayyad.
Una de las grandes paradojas de lo que ocurre ahora en Israel es que, por primera vez en los 35 años que vengo visitando el país, todos los israelíes con los que conversé —y fueron muchos— aceptaban como principio, algunos con alegría y otros con resignación, la fórmula de dos estados independientes como solución del problema regional. ¿Cuál es la razón, entonces, de que no haya negociaciones? Los colonos. Son solo unos cuatrocientos mil, pero activos, recalcitrantes y fanatizados. Sin embargo, en una cena donde el periodista Gideon Levy, a la que asistían dos escritores que yo admiro, A. B. Yehoshúa y Amos Oz, este último me aseguró que solo una fracción de unos pocos miles de colonos resistirían con las armas un acuerdo palestino-israelí. Lo que falta no son ideas ni buena voluntad, sino un líder lúcido y valiente que actúe. ¡Ah, si los justos de Israel estuvieran en el poder!
TEL AVIV, JUNIO DEL 2010
EL COMERCIO
13-06-10
Cada día es más difícil ser amigo de Israel, salvo para los incondicionales convencidos de que todo lo que hacen las autoridades israelíes es bueno, que todos los palestinos son terroristas y que las críticas a la política de Israel son siempre producto del antisemitismo. Yo sigo siéndolo, pese a la repugnancia que me inspira su Gobierno actual, la intransigencia fanática de sus colonos y los abusos y, a veces, crímenes que Israel comete en los territorios ocupados y en Gaza, o fuera de sus fronteras, como ocurrió hace poco con los nueve muertos y las decenas de heridos de la Flotilla de la Libertad.
Esta última es solo una de las caras de Israel. Hay otra, admirable y ejemplar, desdibujada por la primera, pero más permanente y representativa, la de un país democrático y pionero, que, en medio de un desierto y a la vez que libraba tres guerras, ha sido capaz de construir una sociedad del primer mundo, próspera, moderna, pluralista y de instituciones sólidas, y de integrar en su seno a gentes procedentes de todos los rincones del planeta, de costumbres, lenguas y tradiciones diferentes. Aunque no lo sea para los árabes, esta sociedad es para los israelíes absolutamente libre y en ella se ejerce, de manera sistemática, la crítica al poder, a todos los poderes, con una pugnacidad y virulencia que nunca ha conocido un país del Medio Oriente y que es infrecuente incluso entre las más avanzadas democracias del Occidente. Lo trágico, para mí, es que quienes se oponen a la política de Netanyahu y bregan por la paz y una solución negociada del problema palestino son, hoy por hoy, una minoría electoral.
Pero están allí, movilizados, inasequibles al desaliento. Yo acabo de pasar nueve días con algunos de ellos, y, por eso, pese a todo lo que ha ocurrido y puede ocurrir en un futuro inmediato, creo que todavía hay esperanzas de que se revierta la tendencia en la que parecen ganar terreno los halcones de Israel y los terroristas de Hamas, y resucite el espíritu de Oslo, cuando la paz estuvo tan cerca y la frustró el asesinato de Yitzhak Rabin.
Esta es la quinta vez que vengo a Israel. Llegué muy pocos días después de la torpeza que cometieron las autoridades impidiéndole el ingreso al país a Noam Chomsky —nadie como ellas para contribuir con sus metidas de pata al desprestigio de la imagen internacional de su país— y partí tres días después de que los comandos israelíes asaltaran en aguas internacionales el Mavi Marmara perpetrando unas violencias inútiles que han hecho tanto daño a la imagen de Israel en el mundo como la invasión del Líbano, lo han enemistado con Turquía, su único aliado entre los países musulmanes, y han atraído sobre él una tempestad de condenas y críticas que está lejos de cesar. Pero me consta que sobre todos estos temas ha habido en Israel protestas enérgicas de esa minoría de “justos” —en el sentido que daba Albert Camus al vocablo— que son la reserva moral de ese país.
El día que di una conferencia en la Universidad Hebrea de Jerusalén vi partir de allí una manifestación de estudiantes árabes e israelíes, con carteles contra las tomas de viviendas efectuadas por los colonos en la localidad de Sheikh Jarrah y, al día siguiente, estuve en la plaza vecina a este barrio donde, todos los viernes, se manifiestan varios centenares de personas en contra de este último intento del movimiento colonizador extremista Gush Emunim de invadir y ocupar casas y terrenos palestinos. Allí me encontré con viejos amigos, como el escritor David Grossman, que perdió un hijo en la guerra de Líbano y sigue, impertérrito, con su poderosa autoridad intelectual y moral, liderando las campañas a favor de la paz y de la sensatez política frente a quienes, víctimas de la paranoia y la arrogancia, creen que solo la fuerza bruta garantizará la seguridad de Israel. Estaban también Amira Hass, la periodista israelí que desde hace años vive en los territorios ocupados —lo hizo primero en Gaza y ahora en Ramallah— desde donde, gracias a sus crónicas en “Haaretz”, mantiene un puente vivo de comunicación con la sociedad palestina, y mi amigo Meir Margalit, dirigente de una organización de voluntarios israelíes que reconstruyen las casas de los árabes dinamitadas por el Tsahal por pertenecer a parientes de palestinos acusados de terrorismo. Meir es ahora concejal del Ayuntamiento de Jerusalén donde da una diaria batalla con su compañero de partido, Yosef Alalu, profeta laico de barbas bíblicas, a favor del diálogo, la negociación y la paz.
También estaba allí Yehuda Shaul, fundador de Breaking the Silence (Rompiendo el Silencio), organización integrada por ex soldados del ejército de Israel, empeñados (son sus palabras) en “abrir los ojos de israelíes y extranjeros sobre los excesos y violencias que comete nuestro Ejército con los palestinos”. Yehuda es religioso, no político. El fuego que lo anima es moral y cívico, como a sus compañeros. Las exposiciones que organiza —ahora hay una en el Círculo de Bellas Artes de Madrid— muestran, a base de fotos, videos y testimonios de militares, el vía crucis palestino. Con Yehuda estuve todo un día recorriendo las cuevas del sur del Monte Hebrón, espectáculo deplorable de campesinos y pastores árabes que, despojados de sus tierras por los colonos de Gush Emunim, se aferran desesperados a un territorio, cercado por puestos militares, donde los escasos pozos de agua que existían han sido cegados por los invasores para obligarlos a partir. La inmensa mayoría de los israelíes, que han alcanzado tan altos niveles de vida como los de los países más avanzados, no sospechan siquiera que, a muy poca distancia de sus higiénicas viviendas, lindos jardines, fértiles tierras e industrias de alta tecnología, malvive una sociedad miserable condenada —si no cambian antes las cosas— a la desaparición.
Pero todavía es peor el espectáculo que ofrece Gaza, adonde volví luego de cinco años, un día después del asalto de los comandos israelíes al Mavi Marmara. Las casas bombardeadas en los barrios de Beit Lahiya, al norte de la Franja, y de Ezbt Abed Rabbo, lucen sus interiores desventrados, sus muñones de fierros y sus escombros por doquier. Lo peor no es la desolación del panorama, sino advertir que, en esas ruinas a punto de desplomarse, viven familias enteras, nubes de chiquillos desarrapados y descalzos que trepan y saltan entre los derrumbes con total inconsciencia del peligro que corren. Bernard-Henri Levy niega, en un artículo publicado en “El País” el 8 de junio, que en Gaza haya hambre, pues Israel, dice, permite entrar camiones con alimentos diariamente a la franja. Está muy mal informado. En Gaza hay hambre, desnutrición, enfermedades que no se pueden curar y gente que muere por falta de medicinas y por falta de repuestos para los equipos médicos, como lo descubre cualquiera que visita el Al-Shifa Hospital y habla con sus médicos y se horroriza con las condiciones en que trabajan.
El bloqueo de Gaza no tiene excusa alguna pues condena a su millón y medio de habitantes a una muerte lenta. Las principales víctimas no son los terroristas de Hamas sino los seres más desvalidos: los viejos, las mujeres, los enfermos y los niños. El bloqueo no les permite exportar ni importar, ni siquiera pescar pues apenas se les autoriza a hacerlo dentro de las tres millas marinas de la playa ¡donde no hay casi peces! Quienes viven en esas condiciones difícilmente pueden evitar llenarse del odio y resentimiento que hizo posible la victoria electoral de los fanáticos de Hamas. ¿Volvería ahora a ganar las elecciones la organización terrorista? Casi todas las personas con las que hablé en Gaza me aseguraron que hay una decepción muy extendida con las autoridades actuales y que Al Fatah ha recuperado la popularidad que tuvo en tiempos de Arafat. Este fenómeno se debe, en gran parte, al auge económico que han tenido en este último tiempo las ciudades palestinas de Cisjordania, gracias a la política del primer ministro Salam Fayyad.
Una de las grandes paradojas de lo que ocurre ahora en Israel es que, por primera vez en los 35 años que vengo visitando el país, todos los israelíes con los que conversé —y fueron muchos— aceptaban como principio, algunos con alegría y otros con resignación, la fórmula de dos estados independientes como solución del problema regional. ¿Cuál es la razón, entonces, de que no haya negociaciones? Los colonos. Son solo unos cuatrocientos mil, pero activos, recalcitrantes y fanatizados. Sin embargo, en una cena donde el periodista Gideon Levy, a la que asistían dos escritores que yo admiro, A. B. Yehoshúa y Amos Oz, este último me aseguró que solo una fracción de unos pocos miles de colonos resistirían con las armas un acuerdo palestino-israelí. Lo que falta no son ideas ni buena voluntad, sino un líder lúcido y valiente que actúe. ¡Ah, si los justos de Israel estuvieran en el poder!
TEL AVIV, JUNIO DEL 2010
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MARIO VARGAS LLOSA,
POLÍTICA
lunes, 29 de marzo de 2010
El Buen Temblor
Por: Richard Webb
EL COMERCIO
29-03-10
Hoy todos tenemos algo de sismólogos y sabemos que es preferible que la tierra desfogue energías mediante temblores ocasionales a que acumule presión sísmica hasta producir un terremoto catastrófico. El movimiento sísmico es ineludible porque vivimos sentados sobre platos tectónicos que se desplazan continuamente. Los que estamos en la superficie podemos pagar la factura de esos reacomodos subterráneos a plazos, con temblores, o de golpe, con un gran terremoto. Esta verdad geológica aplica también en la vida personal. Cuando un hijo transgrede el buen comportamiento para expresar una frustración agradecemos enterarnos del problema antes de que se convierta en encono y eventual explosión. Igual sucede en la economía, donde la vida se ve afectada por cambios de fondo, como las nuevas tecnologías o los ciclos de la economía mundial, que traen consecuencias incómodas: pagar más por la gasolina, sufrir pérdidas en algún ahorro o perder el trabajo. Cuando los políticos intentan impedir o paliar esos temblores económicos poniendo topes legales a los precios, fijando el precio del dólar o creando subsidios, el efecto es acumular desequilibrios y eventualmente provocar un terremoto en la forma de un shock o mayúscula devaluación de la moneda, como los terremotos económicos que tumbaron a Bustamante y Rivero, Belaunde y al gobierno militar. Ha sido un proceso de aprendizaje acostumbrarnos a tolerar los temblores económicos en vez de acumular presiones.
Donde todavía falta aprender la lección del cambio gradual es en la vida política. Se ha producido una ola de temblores sociales, en la forma de huelgas, manifestaciones, invasiones de tierras y tomas de carreteras. Para entender esa proliferación debemos mirar los fuertes cambios que se vienen produciendo en las bases de la sociedad. En poco tiempo nos hemos transformado de un país campesino en uno urbano, la escolarización se ha generalizado, han aparecido nuevas fuentes de riqueza en casi todo el territorio, ha surgido una vasta economía de pequeña empresa, y las telecomunicaciones y el transporte físico nos han integrado. Al mismo tiempo, los partidos, los sindicatos y la Iglesia han perdido su capacidad para ordenarnos. No debe sorprender entonces que se produzcan temblores; estos preocupan porque por leves que sean son una inestabilidad que puede generar una dinámica que los aumentan o dañan una estructura débil. Pero si se manejan sin pánico y se usan como señal indicativa de la dirección hacia donde el país está obligado a cambiar, los temblores nos pueden salvar de un cataclismo.
EL COMERCIO
29-03-10
Hoy todos tenemos algo de sismólogos y sabemos que es preferible que la tierra desfogue energías mediante temblores ocasionales a que acumule presión sísmica hasta producir un terremoto catastrófico. El movimiento sísmico es ineludible porque vivimos sentados sobre platos tectónicos que se desplazan continuamente. Los que estamos en la superficie podemos pagar la factura de esos reacomodos subterráneos a plazos, con temblores, o de golpe, con un gran terremoto. Esta verdad geológica aplica también en la vida personal. Cuando un hijo transgrede el buen comportamiento para expresar una frustración agradecemos enterarnos del problema antes de que se convierta en encono y eventual explosión. Igual sucede en la economía, donde la vida se ve afectada por cambios de fondo, como las nuevas tecnologías o los ciclos de la economía mundial, que traen consecuencias incómodas: pagar más por la gasolina, sufrir pérdidas en algún ahorro o perder el trabajo. Cuando los políticos intentan impedir o paliar esos temblores económicos poniendo topes legales a los precios, fijando el precio del dólar o creando subsidios, el efecto es acumular desequilibrios y eventualmente provocar un terremoto en la forma de un shock o mayúscula devaluación de la moneda, como los terremotos económicos que tumbaron a Bustamante y Rivero, Belaunde y al gobierno militar. Ha sido un proceso de aprendizaje acostumbrarnos a tolerar los temblores económicos en vez de acumular presiones.
Donde todavía falta aprender la lección del cambio gradual es en la vida política. Se ha producido una ola de temblores sociales, en la forma de huelgas, manifestaciones, invasiones de tierras y tomas de carreteras. Para entender esa proliferación debemos mirar los fuertes cambios que se vienen produciendo en las bases de la sociedad. En poco tiempo nos hemos transformado de un país campesino en uno urbano, la escolarización se ha generalizado, han aparecido nuevas fuentes de riqueza en casi todo el territorio, ha surgido una vasta economía de pequeña empresa, y las telecomunicaciones y el transporte físico nos han integrado. Al mismo tiempo, los partidos, los sindicatos y la Iglesia han perdido su capacidad para ordenarnos. No debe sorprender entonces que se produzcan temblores; estos preocupan porque por leves que sean son una inestabilidad que puede generar una dinámica que los aumentan o dañan una estructura débil. Pero si se manejan sin pánico y se usan como señal indicativa de la dirección hacia donde el país está obligado a cambiar, los temblores nos pueden salvar de un cataclismo.
lunes, 22 de marzo de 2010
Cuba sin Salida
Por: Alejandro Deustua, Internacionalista
EL COMERCIO
22-03-10
En Cuba, como en otros estados, alguna gente se suicida para protestar. Pero en el Estado totalitario a ese extremo recurso no se llega por motivaciones existencialistas, ni económicas, ni mucho menos por ánimo terrorista. Quizás se recurra a él para llamar la atención internacional sobre el carácter represivo de un régimen en el que el disenso es un delito que cometió el que se mata.
Sin embargo, “Granma” —el vocero del Partido Comunista de Cuba— considera que la muerte de un “preso común”, Orlando Zapata, fue producto de una manipulación; y la eventual del periodista Guillermo Fariñas, un chantaje probablemente avalado por el imperialismo.
Si bien el suicidio como instrumento político es éticamente reprobable, quien lo ejerce sin causar más daño que la terrible supresión de su propia vida, probablemente, considere que este es el único medio de influencia posible en ausencia de otro mecanismo de expresión organizada.
Tal instrumentación de la desesperanza puede no ser común en Cuba. Pero sus variantes son innumerables. Si ahora se ejerce individualmente poniendo en evidencia a un régimen que prohíbe constitucionalmente ejercer acciones que cuestionen al Estado socialista, antes se ejerció de modo grupal mediante la fuga colectiva a riesgo de la propia vida. En efecto, si decenas de miles de balseros cubanos se han arrojado al mar en embarcaciones trágicamente ridículas en búsqueda de esperanza lo hicieron porque, además de la privación de otros derechos esenciales, el régimen cubano impide la libre la salida del país.
El consecuente deseo de fugar, que ha hecho del Caribe un corredor de la muerte, tuvo quizás su punto culminante en 1980 cuando miles de cubanos invadieron la embajada del Perú en búsqueda de cualquier destino menos el que padecían. Luego de repudiarlos e infiltrarlos con criminales comunes y desquiciados, el dictador permitió apenas que una flotilla extranjera se encargarse del traslado de los “indeseables” a Florida.
Y para confirmar que del paraíso socialista no se escapa nadie con impunidad, en 1994, guardacostas cubanos hundieron, con frialdad homicida, un transbordador repleto de personas que se arriesgaban a todo, como lo hicieron los que quedaron atrapados en el Muro de Berlín.
Si el totalitarismo cubano apelaba entonces a la razón de Estado para justificar la exposición de grupos enteros al peligro extremo, desde sus orígenes empleó la razón ideológica para justificar el terror.
Así, a la manera de Robespierre y de Stalin, el Che Guevara advirtió, en 1964, a la Asamblea General de las Naciones Unidas (ONU) que el fusilamiento era una necesidad revolucionaria. “Sí, hemos fusilado y lo seguiremos haciendo mientras sea necesario”, dijo sin asegurar juicio justo a nadie.
Tal disposición represiva está instalada en el Estado totalitario cubano, en sus leyes y en su indisposición para administrar justicia de acuerdo con estándares universales. A cambio, exhibe avances económicos y sociales.
Para llamar la atención sobre esa “asimetría” eventualmente macabra, modestos cubanos ponen hoy su propia muerte a consideración de la comunidad internacional. Si ello es un exceso, lo es más la indisposición de la dictadura cubana a liberar a su población.
EL COMERCIO
22-03-10
En Cuba, como en otros estados, alguna gente se suicida para protestar. Pero en el Estado totalitario a ese extremo recurso no se llega por motivaciones existencialistas, ni económicas, ni mucho menos por ánimo terrorista. Quizás se recurra a él para llamar la atención internacional sobre el carácter represivo de un régimen en el que el disenso es un delito que cometió el que se mata.
Sin embargo, “Granma” —el vocero del Partido Comunista de Cuba— considera que la muerte de un “preso común”, Orlando Zapata, fue producto de una manipulación; y la eventual del periodista Guillermo Fariñas, un chantaje probablemente avalado por el imperialismo.
Si bien el suicidio como instrumento político es éticamente reprobable, quien lo ejerce sin causar más daño que la terrible supresión de su propia vida, probablemente, considere que este es el único medio de influencia posible en ausencia de otro mecanismo de expresión organizada.
Tal instrumentación de la desesperanza puede no ser común en Cuba. Pero sus variantes son innumerables. Si ahora se ejerce individualmente poniendo en evidencia a un régimen que prohíbe constitucionalmente ejercer acciones que cuestionen al Estado socialista, antes se ejerció de modo grupal mediante la fuga colectiva a riesgo de la propia vida. En efecto, si decenas de miles de balseros cubanos se han arrojado al mar en embarcaciones trágicamente ridículas en búsqueda de esperanza lo hicieron porque, además de la privación de otros derechos esenciales, el régimen cubano impide la libre la salida del país.
El consecuente deseo de fugar, que ha hecho del Caribe un corredor de la muerte, tuvo quizás su punto culminante en 1980 cuando miles de cubanos invadieron la embajada del Perú en búsqueda de cualquier destino menos el que padecían. Luego de repudiarlos e infiltrarlos con criminales comunes y desquiciados, el dictador permitió apenas que una flotilla extranjera se encargarse del traslado de los “indeseables” a Florida.
Y para confirmar que del paraíso socialista no se escapa nadie con impunidad, en 1994, guardacostas cubanos hundieron, con frialdad homicida, un transbordador repleto de personas que se arriesgaban a todo, como lo hicieron los que quedaron atrapados en el Muro de Berlín.
Si el totalitarismo cubano apelaba entonces a la razón de Estado para justificar la exposición de grupos enteros al peligro extremo, desde sus orígenes empleó la razón ideológica para justificar el terror.
Así, a la manera de Robespierre y de Stalin, el Che Guevara advirtió, en 1964, a la Asamblea General de las Naciones Unidas (ONU) que el fusilamiento era una necesidad revolucionaria. “Sí, hemos fusilado y lo seguiremos haciendo mientras sea necesario”, dijo sin asegurar juicio justo a nadie.
Tal disposición represiva está instalada en el Estado totalitario cubano, en sus leyes y en su indisposición para administrar justicia de acuerdo con estándares universales. A cambio, exhibe avances económicos y sociales.
Para llamar la atención sobre esa “asimetría” eventualmente macabra, modestos cubanos ponen hoy su propia muerte a consideración de la comunidad internacional. Si ello es un exceso, lo es más la indisposición de la dictadura cubana a liberar a su población.
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ALEJANDRO DEUSTUA,
AMÉRICA LATINA
lunes, 8 de marzo de 2010
Lula y los Castro
Por: Mario Vargas Llosa
EL COMERCIO
Domingo 7 de Marzo del 2010
Mi capacidad de indignación política se embota algo los meses del año que paso en Europa. La razón, supongo, es que vivo allá en países democráticos en los que, no importa los problemas que padezcan, hay un amplio margen de libertad para la crítica, y los medios, los partidos, las instituciones y los individuos suelen protestar con entereza y ruido cuando se suscita un hecho afrentoso y despreciable, sobre todo en el campo político.
En América Latina, en cambio, donde paso tres o cuatro meses al año, aquella capacidad de indignación retorna siempre, con la furia de mi juventud, y me hace vivir en el quién vive, desasosegado y alerta, esperando (y preguntándome de dónde vendrá esta vez) el hecho execrable que, generalmente, pasará inadvertido para el gran número, o merecerá el beneplácito o la indiferencia general.
Esta mañana he vivido una vez más esa sensación de asco e ira, viendo al risueño presidente Lula del Brasil, abrazando cariñosamente a Fidel y Raúl Castro, en los mismos momentos en que los esbirros de la dictadura cubana correteaban a los disidentes y los sepultaban en los calabozos para impedirles asistir al entierro de Orlando Zapata Tamayo, el albañil opositor y pacifista de 42 años, del Grupo de los 75, al que la satrapía castrista dejó morir de hambre —luego de someterlo en vida a confinamiento, torturas y condenarlo con pretextos a más de 30 años de prisión— tras 85 días de huelga de hambre.
Cualquier persona que no haya perdido la decencia y tenga un mínimo de información sobre lo que ocurre en Cuba espera del régimen castrista que actúe como lo ha hecho. Hay una absoluta coherencia entre la condición de dictadura totalitaria de Cuba y una política terrorista de persecución a toda forma de disidencia y de crítica, la violación sistemática de los más elementales derechos humanos, procesos amañados para sepultar a los opositores en cárceles inmundas y someterlos allí a vejaciones hasta enloquecerlos, matarlos o empujarlos al suicidio. Los hermanos Castro llevan 51 años practicando esa política y solo los idiotas podrían esperar de ellos un comportamiento distinto.
Pero de Luiz Inácio Lula da Silva, gobernante elegido en comicios legítimos, presidente constitucional de un país democrático como Brasil, uno esperaría, por lo menos, una actitud algo más digna y coherente con la cultura democrática que en teoría representa, y no la desvergüenza impúdica de lucirse, risueño y cómplice, con los asesinos virtuales de un disidente democrático, legitimando con su presencia y proceder la cacería de opositores desencadenada por el régimen en los mismos momentos en que él se fotografiaba abrazando a los verdugos de Orlando Zapata Tamayo.
El presidente Lula sabía perfectamente lo que hacía. Antes de viajar a Cuba, 50 disidentes cubanos le habían pedido una audiencia durante su estancia en La Habana y que intercediera ante las autoridades de la isla por la liberación de los presos políticos martirizados como Zapata en los calabozos cubanos. Él se negó a ambas cosas. Tampoco los recibió ni abogó por ellos en sus dos anteriores visitas a la isla, cuyo régimen liberticida siempre elogió sin el menor eufemismo.
Por lo demás, esta manera de proceder del mandatario brasileño ha caracterizado todo su mandato. Hace años que, en su política exterior, desmiente de manera sistemática su política interna, en la que respeta las reglas del Estado de derecho, y, en economía, en vez de las recetas marxistas que proponía cuando era sindicalista y candidato —dirigismo económico, nacionalizaciones, rechazo a la inversión extranjera, etcétera—, promueve una economía de mercado y de libre empresa como cualquier estadista socialdemócrata europeo.
Pero, cuando se trata del exterior, el presidente Lula se desviste de los atuendos democráticos y se abraza con el comandante Chávez, con Evo Morales, con el comandante Ortega, es decir, con la hez de América Latina, y no tiene el menor escrúpulo en abrir las puertas diplomáticas y económicas del Brasil a la satrapía teocrática integrista de Irán. ¿Qué significa esta duplicidad? ¿Que el presidente Lula nunca cambió de verdad? ¿Que es un simple travestido, capaz de todos los volteretazos ideológicos, un politicastro sin espina dorsal cívica y moral? Según algunos, los designios geopolíticos para Brasil del presidente Lula están por encima de pequeñeces como que Cuba sea, con Corea del Norte, una de las dictaduras donde se cometen los peores atropellos a los derechos humanos y donde hay más presos políticos. Lo importante para él serían cosas más trascendentes como el puerto de Mariel, que Brasil está financiando con 300 millones de dólares, así como la próxima construcción por Petrobras de una fábrica de lubricantes en La Habana. Ante realizaciones de este calado ¿qué puede importarle al “estadista” brasileño que un albañil cubano del montón, y encima negro y pobre, muera de hambre clamando por nimiedades como la libertad?
En verdad, todo esto significa, ay, que Lula es un típico mandatario “democrático” latinoamericano. Casi todos ellos están cortados por la misma tijera y casi todos, unos más, otros menos, aunque —cuando no tienen más remedio— practican la democracia en el seno de sus propios países, en el exterior no tienen reparo alguno, como Lula, en cortejar a dictadores y demagogos tipo Chávez o Castro, porque creen, los pobres, que de este modo aquellos manoseos les otorgarán una credencial de “progresistas” que los libre de huelgas, revoluciones, acoso periodístico y de campañas internacionales acusándolos de violar los derechos humanos. Como recuerda el analista peruano Fernando Rospigliosi, en un admirable artículo, “Mientras Zapata moría lentamente, los presidentes de América Latina —incluido el sátrapa cubano— se reunían en México para formar una organización —¡otra más!— regional. Ni una palabra salió de allí para demandar la libertad o un mejor trato para los más de 200 presos políticos cubanos”. El único que se atrevió a protestar —un justo entre los fariseos— fue el presidente electo de Chile, Sebastián Piñera.
De manera que la cara de cualquiera de estos jefes de Estado hubiera podido reemplazar a la de Luiz Inácio Lula da Silva, abrazando a los hermanos Castro, en la foto que me retorció las tripas al leer la prensa de esta mañana.
Esas caras no representan la libertad, la limpieza moral, el civismo, la legalidad y la coherencia en América Latina. Estos valores se encarnan en personas como Orlando Zapata Tamayo, las Damas de Blanco, Oswaldo Payá, Elizardo Sánchez, la bloguera Yoani Sánchez, y demás cubanos y cubanas que, sin dejarse intimidar por el acoso, las agresiones y vejaciones cotidianas de que son víctimas, se siguen enfrentando a la tiranía castrista. Y se encarnan, asimismo, en principalísimo lugar, en los centenares de prisioneros políticos y, sobre todo, en el periodista independiente Guillermo Fariñas, que, cuando escribo este artículo, lleva ya ocho días de huelga de hambre en Cuba para protestar por la muerte de Zapata y exigir la liberación de los presos políticos.
Curiosa y terrible paradoja: que sea en el seno de uno de los más inhumanos y crueles regímenes que haya conocido el continente donde se hallen hoy los más dignos y respetables políticos de América Latina.
LIMA, 4 DE MARZO DEL 2010
EL COMERCIO
Domingo 7 de Marzo del 2010
Mi capacidad de indignación política se embota algo los meses del año que paso en Europa. La razón, supongo, es que vivo allá en países democráticos en los que, no importa los problemas que padezcan, hay un amplio margen de libertad para la crítica, y los medios, los partidos, las instituciones y los individuos suelen protestar con entereza y ruido cuando se suscita un hecho afrentoso y despreciable, sobre todo en el campo político.
En América Latina, en cambio, donde paso tres o cuatro meses al año, aquella capacidad de indignación retorna siempre, con la furia de mi juventud, y me hace vivir en el quién vive, desasosegado y alerta, esperando (y preguntándome de dónde vendrá esta vez) el hecho execrable que, generalmente, pasará inadvertido para el gran número, o merecerá el beneplácito o la indiferencia general.
Esta mañana he vivido una vez más esa sensación de asco e ira, viendo al risueño presidente Lula del Brasil, abrazando cariñosamente a Fidel y Raúl Castro, en los mismos momentos en que los esbirros de la dictadura cubana correteaban a los disidentes y los sepultaban en los calabozos para impedirles asistir al entierro de Orlando Zapata Tamayo, el albañil opositor y pacifista de 42 años, del Grupo de los 75, al que la satrapía castrista dejó morir de hambre —luego de someterlo en vida a confinamiento, torturas y condenarlo con pretextos a más de 30 años de prisión— tras 85 días de huelga de hambre.
Cualquier persona que no haya perdido la decencia y tenga un mínimo de información sobre lo que ocurre en Cuba espera del régimen castrista que actúe como lo ha hecho. Hay una absoluta coherencia entre la condición de dictadura totalitaria de Cuba y una política terrorista de persecución a toda forma de disidencia y de crítica, la violación sistemática de los más elementales derechos humanos, procesos amañados para sepultar a los opositores en cárceles inmundas y someterlos allí a vejaciones hasta enloquecerlos, matarlos o empujarlos al suicidio. Los hermanos Castro llevan 51 años practicando esa política y solo los idiotas podrían esperar de ellos un comportamiento distinto.
Pero de Luiz Inácio Lula da Silva, gobernante elegido en comicios legítimos, presidente constitucional de un país democrático como Brasil, uno esperaría, por lo menos, una actitud algo más digna y coherente con la cultura democrática que en teoría representa, y no la desvergüenza impúdica de lucirse, risueño y cómplice, con los asesinos virtuales de un disidente democrático, legitimando con su presencia y proceder la cacería de opositores desencadenada por el régimen en los mismos momentos en que él se fotografiaba abrazando a los verdugos de Orlando Zapata Tamayo.
El presidente Lula sabía perfectamente lo que hacía. Antes de viajar a Cuba, 50 disidentes cubanos le habían pedido una audiencia durante su estancia en La Habana y que intercediera ante las autoridades de la isla por la liberación de los presos políticos martirizados como Zapata en los calabozos cubanos. Él se negó a ambas cosas. Tampoco los recibió ni abogó por ellos en sus dos anteriores visitas a la isla, cuyo régimen liberticida siempre elogió sin el menor eufemismo.
Por lo demás, esta manera de proceder del mandatario brasileño ha caracterizado todo su mandato. Hace años que, en su política exterior, desmiente de manera sistemática su política interna, en la que respeta las reglas del Estado de derecho, y, en economía, en vez de las recetas marxistas que proponía cuando era sindicalista y candidato —dirigismo económico, nacionalizaciones, rechazo a la inversión extranjera, etcétera—, promueve una economía de mercado y de libre empresa como cualquier estadista socialdemócrata europeo.
Pero, cuando se trata del exterior, el presidente Lula se desviste de los atuendos democráticos y se abraza con el comandante Chávez, con Evo Morales, con el comandante Ortega, es decir, con la hez de América Latina, y no tiene el menor escrúpulo en abrir las puertas diplomáticas y económicas del Brasil a la satrapía teocrática integrista de Irán. ¿Qué significa esta duplicidad? ¿Que el presidente Lula nunca cambió de verdad? ¿Que es un simple travestido, capaz de todos los volteretazos ideológicos, un politicastro sin espina dorsal cívica y moral? Según algunos, los designios geopolíticos para Brasil del presidente Lula están por encima de pequeñeces como que Cuba sea, con Corea del Norte, una de las dictaduras donde se cometen los peores atropellos a los derechos humanos y donde hay más presos políticos. Lo importante para él serían cosas más trascendentes como el puerto de Mariel, que Brasil está financiando con 300 millones de dólares, así como la próxima construcción por Petrobras de una fábrica de lubricantes en La Habana. Ante realizaciones de este calado ¿qué puede importarle al “estadista” brasileño que un albañil cubano del montón, y encima negro y pobre, muera de hambre clamando por nimiedades como la libertad?
En verdad, todo esto significa, ay, que Lula es un típico mandatario “democrático” latinoamericano. Casi todos ellos están cortados por la misma tijera y casi todos, unos más, otros menos, aunque —cuando no tienen más remedio— practican la democracia en el seno de sus propios países, en el exterior no tienen reparo alguno, como Lula, en cortejar a dictadores y demagogos tipo Chávez o Castro, porque creen, los pobres, que de este modo aquellos manoseos les otorgarán una credencial de “progresistas” que los libre de huelgas, revoluciones, acoso periodístico y de campañas internacionales acusándolos de violar los derechos humanos. Como recuerda el analista peruano Fernando Rospigliosi, en un admirable artículo, “Mientras Zapata moría lentamente, los presidentes de América Latina —incluido el sátrapa cubano— se reunían en México para formar una organización —¡otra más!— regional. Ni una palabra salió de allí para demandar la libertad o un mejor trato para los más de 200 presos políticos cubanos”. El único que se atrevió a protestar —un justo entre los fariseos— fue el presidente electo de Chile, Sebastián Piñera.
De manera que la cara de cualquiera de estos jefes de Estado hubiera podido reemplazar a la de Luiz Inácio Lula da Silva, abrazando a los hermanos Castro, en la foto que me retorció las tripas al leer la prensa de esta mañana.
Esas caras no representan la libertad, la limpieza moral, el civismo, la legalidad y la coherencia en América Latina. Estos valores se encarnan en personas como Orlando Zapata Tamayo, las Damas de Blanco, Oswaldo Payá, Elizardo Sánchez, la bloguera Yoani Sánchez, y demás cubanos y cubanas que, sin dejarse intimidar por el acoso, las agresiones y vejaciones cotidianas de que son víctimas, se siguen enfrentando a la tiranía castrista. Y se encarnan, asimismo, en principalísimo lugar, en los centenares de prisioneros políticos y, sobre todo, en el periodista independiente Guillermo Fariñas, que, cuando escribo este artículo, lleva ya ocho días de huelga de hambre en Cuba para protestar por la muerte de Zapata y exigir la liberación de los presos políticos.
Curiosa y terrible paradoja: que sea en el seno de uno de los más inhumanos y crueles regímenes que haya conocido el continente donde se hallen hoy los más dignos y respetables políticos de América Latina.
LIMA, 4 DE MARZO DEL 2010
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