martes, 22 de noviembre de 2011

El revolucionario desnudo de Aliaa


EGIPTO. MUJER CAUSA ENORME POLÉMICA EN UNA SOCIEDAD CONSERVADORA
Por: Francisco Carrión
Martes 22 de Noviembre del 2011

EL CAIRO. Con 20 años recién cumplidos, Aliaa Magda Elmahdy se ha convertido en protagonista de un desnudo tan histórico como escandaloso para la conservadora sociedad egipcia. Hace unos días la joven, estudiante de Comunicación en la elitista Universidad Americana, difundió a través de su blog un transgresor autorretrato en blanco y negro en el que aparece sin más atuendo que unas medias y unos zapatos de color rojo.

En cuestión de horas, la imagen corrió como la pólvora por la red y desató una tormenta de críticas y adhesiones. Su página recibió más de 1,5 millones de visitas y en Twitter el ‘hashtag’ #NudePhotoRevolutionary acogió una media de cuatro mensajes nuevos por segundo.

“Ha sido una respuesta a la sociedad. Rechazo la idea conservadora que mira a la mujer como un simple objeto sexual”, explica a El Comercio Aliaa.

“Quiero que se acepte al ser humano tal y como es. Las egipcias están reprimidas y las chicas de mi edad se sienten despreciadas”, agrega. La joven publicó el fotograma junto a unas líneas tan incendiarias como el explícito contenido gráfico: “Quítense la ropa y mírense en el espejo; quemen sus cuerpos que desdeñan y despréndanse de sus complejos sexuales para siempre, antes de lanzarme acusaciones racistas o negarme la libertad de expresión”.

Su ataque a un statu quo que en nombre de las tradiciones y la religión condena a las mujeres no es su primera batalla. Hostigada por un progenitor intransigente, esta hija única escapó de casa hace cinco meses.

“Mi familia quiere verme casada y de ama de casa como el resto de mis compañeras”, señala mientras relata cómo cruzó el umbral del hogar familiar. “Mi padre se empeñó en acompañarme diariamente a la universidad para evitar que pasara tiempo con mi novio Karim. Discutimos, me golpeó y me prohibió salir. Hasta que una mañana lo convencí para que me permitiera asistir a clase y ya no regresé”.

La voz de Aliaa dice reunir varias sensibilidades que cuentan con escasa aceptación en las calles egipcias. Se declara feminista y atea desde los 13 años, cuando reflexionó sobre la visión de la mujer en el islam y llegó a la conclusión de que “el ser humano debe rebelarse cuando se le impone un dogma”. Y vegetariana: “Mis padres aspiraban a que fuera ‘una persona normal’. Hasta me criticaban por cambiar mi dieta”. Una modernidad difícil de comprender para los habitantes de un país donde desde hace cuatro décadas las mujeres sufren una revolución silenciosa que ha desterrado de su vestuario las minifaldas atrevidas y las cabelleras sueltas que se lucían antaño. Ahora triunfa la recatada moda de cuellos altos, vestidos holgados, mangas largas y hiyab (pañuelo islámico).

“Espero que la sociedad cambie porque nada se mantiene para siempre”, declara Aliaa, que sueña con ser periodista y tener hijos.

Fuente: EL COMERCIO

sábado, 12 de noviembre de 2011

El Apartheid Persiste

Por: Yoani Sánchez*
AMÉRICA ECONOMÍA


Reinaldo afirmaba que sí, insistía e insistía. Yo, sin embargo, soy de la generación que de antemano piensa que casi todo está prohibido, que me van a regañar a cada paso e impedir cualquier cosa que se me ocurra. Así que, por esta vez, la discusión matrimonial fue intensa.

Él aseguraba que podríamos abordar aquel barco para mirar la bahía de Cienfuegos desde el vaivén de sus olas; a mí la vocecita interior me gritaba que tanto disfrute no podía estar al alcance de los nacionales. Por un par de horas, creí que el optimista de mi marido, al estilo de un Cándido tropical, se saldría con la suya.

Fuimos hasta la oficina de la marina, cercana al hotel Jagua, y allí un funcionario nos vendió un par de tiques para el ansiado paseo. Nunca ocultamos nuestro atropellado acento habanero, ni siquiera intentamos hacernos pasar por extranjeros, pero nadie nos pidió una identificación. Sentíamos que ya un par de asientos a bordo del yate “Flipper” tenían nuestros nombres y el murmullo del escepticismo se iba apagando dentro de mi cabeza.

Llegamos al muelle con media hora de antelación. Los turistas de piel enrojecida comenzaron a subir a la embarcación. Rei y yo alcanzamos una esquina espectacular desde donde sacaríamos fotos de esa bahía tan grande como un mar. El sueño duró apenas cinco minutos. Cuando el capitán nos escuchó hablar preguntó si éramos cubanos. Un rato después, nos informaban que debíamos bajar a tierra: “el paseo en barco está prohibido para los nacionales en todas las marinas del país”.

Rabia, ira, vergüenza de portar este pasaporte azul que nos hace culpables -por anticipado- ante la ley de nuestra propia nación. Sensación de estafa al comparar el discurso oficial de supuesta apertura con esta realidad de exclusión y estigma. Tuvimos ganas de hacer un escándalo y aferrarnos a la baranda para obligarlos a sacarnos por la fuerza, pero ¿hubiera servido de algo?

Mi marido desempolvó su francés y le contó al grupo de europeos lo que estaba ocurriendo. Se miraron extrañados, cuchichearon entre ellos. Ninguno desembarcó -en solidaridad con los excluidos- de aquel tour por las costas de nuestra isla; a ninguno le resultó intolerable disfrutar de algo que a los nativos nos está vedado.

El Flipper zarpó, la estela del apartheid fue visible durante unos segundos y después se volvió a camuflar entre las oscuras aguas de la bahía. El rostro del músico Benny Moré –en una pancarta cercana- parecía haber cambiado su risa por una mueca. A un lado de su barbilla estaba escrito el famoso estribillo “Cienfuegos es la ciudad que más me gusta a mí…”. Salimos de aquel lugar. Reinaldo derrotado en su ilusión y yo triste de que mi recelo triunfara. Caminamos por la carretera de Punta Gorda mientras le dábamos forma a una idea: “si el Benny hubiera vivido en los tiempos que corren, también lo habrían bajado -como a un perro sarnoso- de ese yate”.


*Esta columna fue publicada originalmente en El Universo.com.
Yoani Sánchez es Licenciada en Filología. Reside en La Habana, Cuba, es una de las blogueras más destacadas en el mundo de habla hispana. Entre otras distinciones, por su trabajo en el blog Generación Y, ha recibido los premios Ortega y Gasset (2008), 25 Mejores Blogs Time-CNN (2009), María Moors Cabot (2009) y Príncipe Claus (2010), éste último, por haber sido seleccionada entre los 60 heroes de la libertad de expresión por el Instituto Internacional de Prensa (IPI), con sede en Viena, Austria.

domingo, 23 de octubre de 2011

La Verdad según Ollanta Humala

Por: Ricardo Trotti Periodista
EL COMERCIO
23-10-11


El presidente peruano Ollanta Humala filosofó sobre la verdad al inaugurar la Asamblea General 67 de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), diciendo que los periodistas, así como los curas y los soldados, deben tener esa virtud como el norte de sus disciplinas.

La comparación suena bien, pero pudiera generar engaños entre los desprevenidos. Varios gobiernos progresistas de la región, como los de Venezuela, Ecuador y Bolivia, incluyeron la cláusula de “información veraz” en sus reformadas constituciones, la que pronto utilizaron como punta de lanza para justificar leyes, y censurar a medios de comunicación y periodistas. La Ley de Responsabilidad Social en Venezuela, creada a esas instancias en el 2004, es el arma que usó el presidente Hugo Chávez para cerrar RCTV, 34 emisoras, y que esta semana le sirvió para imponer una sanción millonaria contra Globovisión por informar sobre el amotinamiento en una cárcel, hecho que el Gobierno hubiera preferido ocultar.

En todos los casos, el mensaje es claro: quien no se ajusta a la “verdad oficial” puede ser castigado. Si bien Humala puso énfasis en “el irrestricto respeto a la libertad de prensa”, también argumentó que los medios deben “informar con la verdad, sin dejarse influir por los intereses económicos”. Aunque son atinadas referencias a parte de la prensa peruana que alquilaba titulares y se prestaba a extorsionar en nombre del régimen de Alberto Fujimori, también suena a los artilugios usados por el presidente ecuatoriano Rafael Correa, que promulgó, en estos días, una ley que prohíbe a los dueños de medios tener otro tipo de negocios.

Por más ético y coherente que parezca el reclamo, la excusa de la verdad siempre ha sido manipulada para restringir y limitar.

El propio Humala ya ha demostrado que la verdad es relativa, porque no solo está determinada por hechos contrastables, sino por el tiempo y el contexto. ¿O acaso su verdad no fue diferente en las campañas electorales del 2006 y 2010? ¿No fue primero partidario del presidente venezolano Hugo Chávez y luego del ex mandatario brasileño Luiz Inácio Lula da Silva, habiendo sido la misma persona y teniendo las mismas convicciones?

En todo caso, el objetivo común que comparten comunicadores, militares y sacerdotes no es la verdad en sí misma, sino su búsqueda permanente. Para los curas, la verdad es absoluta por tratarse de la existencia de Dios y el camino de salvación. Para los militares, esta no está sometida a la credibilidad o falsedad de un hecho, sino al principio de obediencia. Y para los periodistas, como también para los jueces, la veracidad es relativa, dependiendo de los distintos puntos de vista que sobre un mismo hecho pueden aportar varias fuentes.

La búsqueda de la verdad tampoco es infalible. El Vaticano demoró siglos antes de reparar la memoria del astrónomo Galileo Galilei, quien, en 1633, fue declarado hereje porque había demostrado que la Tierra no era el centro del universo. También muchas fuerzas armadas del sur del continente atormentaron a varias generaciones justificándose en la obediencia debida, mientras numerosos medios, como “News of the World”, tergiversaron, omitieron y delinquieron en nombre del arte de informar.

Humala acertó cuando dijo que la tarea de la prensa es fiscalizar y “necesitamos que nos digan la verdad cuando nos equivocamos”. Pero erró cuando comparó al periodismo con el sacerdocio, “a ponerse la sotana del amor”, como si este oficio estuviera obligado a una verdad absoluta. Es una visión apoteósica de la prensa que también comparten muchos presidentes, como el uruguayo José Mujica, que ante la menor “violación” a ese llamado sacrosanto a ser veraces, amenazó con disciplinar a los medios con una ley de prensa y con quitarles la publicidad oficial, en la creencia de que son las informaciones sobre hechos violentos las que generan inseguridad, y no la inacción del gobierno.

Ojalá que el presidente Ollanta Humala se convenza de que más que la verdad, la libertad es el valor que antecede a cualquier otra virtud humana y social.

De lo contrario, en nombre de “su” verdad, pudiera comenzar a cometer los mismos errores y abusos de poder que algunos de sus colegas.

lunes, 19 de septiembre de 2011

El Valor de la Duda

Por: Richard Webb
EL COMERCIO
19-09-11


El infante nace con fe absoluta. Empieza su vida en una burbuja mental de seguridad porque todavía no tiene referencias sobre el mundo que le permitan reflexionar, y porque su instinto le manda buscar lo cómodo.

La inseguridad es dolorosa y debilitante. La fe ciega del infante es el estado primitivo, o “default” de su mente. La duda, más bien, se aprende a contracorriente de la naturaleza.

Desde el primer instante de la vida hasta el último, lo agradable es sentirse seguro y creer que tenemos la razón. Dudar y reflexionar exige un dominio de sí mismo parecido al del atleta. Quien se queda cómodamente tirado en la cama, no gana las carreras; el atleta sufre el frío de la calle en las mañanas, y el que piensa por sí mismo sufre el frío de la inseguridad y el riesgo de la discrepancia social.

Dudar es ir más allá de la primera impresión. Para el filósofo Spinoza, el hombre está programado para aceptar como verdad cualquier afirmación, en primera reacción.

Esa hipótesis es hoy confirmada por la neurociencia. Equipos que “ven” el cerebro, detectan que lo placentero y rápido es asentir. Disentir le cuesta tiempo e incomodidad.

Aprender a dudar debería ser un objetivo principal de la educación. Lamentablemente, nuestra cultura educativa prioriza la aceptación, la repetición, las certezas, la fe infantil.

En el debate público percibimos cómo, en vez de reflexión, prima la necesidad de afirmar la verdad propia, y en vez de paciencia, una apasionada insistencia en interpretaciones parcializadas. ¿Cómo entender sino la polarización acerca del papel que debe ejercer la Iglesia Católica en la PUCP? ¿O las radicalizadas opiniones acerca del cambio climático, cuya causa humana es fervorosamente rechazada por gran parte de las población norteamericana y europea?

¿O la aun más radicalizada polarización política en las elecciones presidenciales recientes? ¿O la pasión con que algunos afirman la necesidad de más gasto fiscal para curar la recesión mundial, mientras otros, con igual pasión, afirman lo contrario?

Las afirmaciones exceden largamente la evidencia también en el debate sobre la distribución desigual de ingresos, mal social que para algunos viene mejorándose, para otros empeorando.

Nos aferramos a las certezas, y nos damos el gusto emotivo del grito partidario y de ser dueños de la verdad, lo que no contribuye a la solución del problema mismo.

Es hora de acabar con ese autoengreimiento mental y de sentarnos a resolver problemas sin gritos y sin verdades absolutas.

sábado, 27 de agosto de 2011

Cinco Años

Por: Yoani Sánchez*
AMÉRICA ECONOMÍA
27-08-11


¡Se acabó el chocolatín!, gritaron mis dos amigos al abrirles la puerta aquella noche del 31 de julio de 2006. Aludían, con su improvisada consigna, al último plan impulsado por Fidel Castro de distribuirle una cuota de chocolate a cada cubano en el mercado racionado.

Cuando tocaron el timbre, faltaban solo dos horas para entrar al primer día de agosto y Carlos Valenciaga ya había leído en la televisión una inesperada proclama anunciando la enfermedad del Máximo Líder.

Las luces del Consejo de Estado se veían extrañamente encendidas y un silencio anómalo se había instalado sobre la ciudad. Durante esa larga madrugada, nadie podría pegar un ojo en nuestra casa.

Cuando iban por el segundo vaso de ron, mis amigos comenzaron a contar cuántas veces habían proyectado aquel día, vaticinado aquella noticia. Él, trovador; ella, productora de televisión. Ambos nacieron y crecieron bajo el poder de un mismo presidente que había determinado hasta los más pequeños detalles de sus vidas. Yo los oía hablar y me sorprendía su desahogo, la catarata de deseos futuros que ahora afloraba. Quizás ellos se sentían más libres después de aquel anuncio. El tiempo les haría comprender que mientras nosotros chachareábamos sobre el porvenir, otros hacían que el paquete de la sucesión quedara atado y bien atado.

Cinco años después, el país ha sido transferido completamente por vía sanguínea. Raúl Castro ha recibido en herencia una nación, sus recursos, sus problemas y hasta sus habitantes. Todo lo que ha hecho en este último quinquenio brota del imperativo de no perder esa posesión familiar que le ha dejado su hermano.

La lentitud de sus reformas, la tibieza y superficialidad de estas, están marcadas en parte por sentirse beneficiario de un patrimonio que le ha sido encargado. ¿Y mis amigos?, se preguntarán ustedes. Pues se alejaron asustados cuando comprendieron que bajo el mandato del hermano menor la represión seguía y la penalización a la opinión estaba intacta. Nunca más volvieron a tocar mi puerta, ni a entrar a ese lugar donde en el 2006 llegaron gritando y creyendo que el mañana ya había comenzado.

* Yoani Sánchez es Licenciada en Filología. Reside en La Habana, Cuba, es una de las blogueras más destacadas en el mundo de habla hispana. Entre otras distinciones, por su trabajo en el blog Generación Y, ha recibido los premios Ortega y Gasset (2008), 25 Mejores Blogs Time-CNN (2009), María Moors Cabot (2009) y Príncipe Claus (2010), éste último, por haber sido seleccionada entre los 60 heroes de la libertad de expresión por el Instituto Internacional de Prensa (IPI), con sede en Viena, Austria.

Esta columna fue publicada originalmente en El Universo.com.

lunes, 23 de mayo de 2011

Premio Nobel del Rencor

Por: Jaime Bayly
PERÚ 21
23-05-11


Mario Vargas Llosa es un gran escritor y, sin duda, merece el Premio Nobel de Literatura. Pero cuando escribe y habla de política se equivoca a menudo, y a veces se equivoca bochornosamente.

Para comenzar, no siempre Vargas Llosa fue un demócrata. Vargas Llosa aplaudió con júbilo y alborozo a la dictadura del general Juan Velasco. Vargas Llosa se declaró “revolucionario”, es decir partidario de aquella dictadura. No lo digo yo. Lo escribió el propio Vargas Llosa en marzo de 1975, en una carta dirigida al general Juan Velasco, a quien no llamaba dictador (como llama rabiosamente “dictador, ladrón y asesino” al presidiario Alberto Fujimori), sino a quien llamaba, respetuosa y adulonamente, “Señor Presidente”. Juan Velasco dio un golpe militar y fue un dictador más cruel y más torpe aún que Fujimori y sin embargo, en 1975, Vargas Llosa se hincaba de rodillas ante el dictador Velasco y le decía: “Con la misma firmeza con que he aplaudido todas las reformas de la revolución, como la entrega de la tierra a los campesinos, la participación de los trabajadores en la gestión y propiedad de las empresas, el rescate de las riquezas naturales y la política nacional independiente…”. Leyó usted bien: al séptimo año de la dictadura militar de Juan Velasco, Mario Vargas Llosa se jactaba de aplaudir “con firmeza” las reformas (o sea, los atropellos) de la revolución (o sea, de la dictadura), y no algunas, sino “todas las reformas de la revolución”. Claro, al señor Vargas Llosa, revolucionario adulón del dictador Velasco, que aplaudía “con firmeza” las barbaridades que perpetraba esa dictadura, no le habían quitado una hacienda, como a mi abuelo Roberto, que en paz descanse, ni le habían robado un banco, ni le habían expropiado unas minas o unos campos de petróleo en los que él había invertido millones de dólares. No, claro que no: a Vargas Llosa poco y nada le importaban el abuso y el despojo que sufrieron los agricultores, los banqueros, los empresarios y los inversionistas extranjeros, porque a él no le quitaron nada, y por eso aplaudía “con firmeza” no una sino “todas las reformas de la revolución”, y no en 1968, cuando recién se instalaba esa dictadura, sino en 1975, cuando el dictador Velasco estaba a punto de ser desalojado del poder.

Pero eso no es todo. En marzo de 1975, dirigiéndose en tono untuoso al “Señor Presidente Juan Velasco Alvarado”, Mario Vargas Llosa escribía lo siguiente: “Hay el peligro de que la Revolución Peruana, como muchas otras, deje de serlo. Nada me entristecería más que eso ocurriera”. Es decir, Vargas Llosa en 1975 estaba triste y acongojado no porque se había instalado una dictadura comunista en el Perú. No, no: estaba triste, acongojado y alarmado porque esa dictadura (que él llamaba servilmente “revolución”) corría el peligro de desaparecer.

Pues esto demuestra que Mario Vargas Llosa no es políticamente infalible y que su penosa defensa del golpista Ollanta Humala no resulta la primera vez en que el talentoso escritor defiende a un golpista, pues ya antes, como se ha demostrado, aplaudió y defendió al golpista Juan Velasco, y aplaudió y defendió los atropellos contra la legalidad y la propiedad privada que esa dictadura perpetró.

Sobre Ollanta Humala, a quien ahora apoya, Mario Vargas Llosa ha escrito algunas líneas que conviene recordar.

No hace mucho, en entrevista concedida a la televisión peruana, Vargas Llosa dijo: “Estoy seguro de que si Ollanta Humala hubiese ganado las elecciones, la democracia peruana habría sido destruida y el Perú estaría al nivel de Bolivia, Ecuador o Venezuela”.

Hace pocos años, Mario Vargas Llosa escribió que los hermanos Ollanta y Antauro Humala “han tomado del nazismo el ideal de la pureza racial”, es decir llamó neonazis o racistas a Ollanta y Antauro Humala.

Hace pocos años, Mario Vargas Llosa escribió: “El movimiento etnocacerista quiere armar al Perú para declararle la guerra a Chile y así recuperar Arica”. Que se sepa, cuando Antauro Humala, cumpliendo órdenes expresas de su hermano Ollanta Humala, dio el golpe militar de Andahuaylas hace seis años, Ollanta Humala dijo que los golpistas asesinos “no son subversivos, son unos patriotas”, y dijo además que el golpe de su hermano era “una acción viril” y declaró que él, Ollanta Humala, se consideraba “una pieza del engranaje del movimiento etnocacerista”.

Hace pocos años, Mario Vargas Llosa escribió que el movimiento de los hermanos Ollanta y Antauro Humala “puede parecer payaso, cavernario y estúpido, y sin duda también lo es, pero sería una grave equivocación suponer que, debido a lo primario y visceral de su propuesta, el movimiento está condenado a desaparecer”. En efecto, Ollanta y Antauro Humala siguen siendo “payasos, cavernarios y estúpidos”, como bien los describió Mario Vargas Llosa, y su movimiento no parece condenado a desaparecer, pues Ollanta Humala, con el voto de Vargas Llosa (pero en ningún caso con mi voto), podría ser elegido Presidente del Perú en dos semanas.

No deja de ser curioso que Mario Vargas Llosa esté impaciente por elegir Presidente del Perú a un sujeto al que calificaba de “nazi, racista, payaso, cavernario y estúpido”.

Pero además, hace pocos años Mario Vargas Llosa estaba seguro de que Ollanta Humala era “protegido y fiel discípulo” del dictador venezolano Hugo Chávez, como en efecto era y sigue siéndolo, por mucho que ahora intente disimularlo con embustes. Vargas Llosa escribió hace poco que si Ollanta Humala ganase las elecciones “continuará en el Perú” las políticas de los dictadores Hugo Chávez y Juan Velasco Alvarado. Más aún, Vargas Llosa escribió: “El país todavía no se recupera del todo de aquella catástrofe que el general Velasco y su mafia castrense causaron al Perú. Ese es el modelo que el comandante Chávez y su discípulo, el comandante Ollanta Humala, quisieran –con la complicidad de los electores obnubilados– ver reinstaurado en el Perú y en toda América Latina”.

Es decir que hace poco Mario Vargas Llosa estaba seguro de que había que estar “obnubilado”, es decir aturdido, es decir atontado, es decir idiotizado, para votar por Ollanta Humala, pues en caso de llegar Ollanta Humala al gobierno peruano, aplicaría las políticas fracasadas de Hugo Chávez y Juan Velasco Alvarado.

¿En qué momento se obnubiló Mario Vargas Llosa para terminar votando por Ollanta Humala, a quien describió como “nazi, racista, payaso, cavernario, estúpido, discípulo y protegido de Hugo Chávez y caudillo bárbaro”?

¿Cómo y por qué Mario Vargas Llosa, que antes decía que había que estar “obnubilado” para votar por Ollanta Humala, de pronto se obnubiló él mismo y ahora nos pide, masivamente obnubilado, que votemos por Ollanta Humala?

Es bien simple: Primero, Mario Vargas Llosa no es políticamente infalible, y así como en 1975 aplaudía con firmeza “todas las reformas” (entiéndase, los atropellos y abusos) del dictador Velasco, ahora, en 2011, pide que los peruanos votemos por el golpista probado y admirador de dictadores, Ollanta Humala. Segundo, Mario Vargas Llosa se obnubiló, es decir se aturdió, es decir se atontó políticamente, cuando tuvo que elegir entre el golpista probado, “el racista, el payaso, el estúpido, el cavernario de Ollanta Humala” (y no lo digo yo: lo escribió él) y la señora Keiko Fujimori. De pronto, Vargas Llosa, turbado por el rencor, cegado por el odio, vio obnubilada su lucidez y atribuyó perversamente los crímenes y atrocidades de Alberto Fujimori a su hija mayor, Keiko Fujimori, y se paseó por el mundo esparciendo mentiras grotescas, por ejemplo que si la señora Keiko Fujimori es elegida presidenta “liberará a Montesinos y la mafia de Montesinos volverá al poder”, por ejemplo que, como la señora Keiko Fujimori “es hija de un ladrón y un asesino”, entonces de todos modos ella también es una ladrona y una asesina, viles oficios en los que, si no se ha inaugurado aún, se estrenará apenas jure como presidenta, puesto que, según la lógica viciosa y perversa de Vargas Llosa (hijo de un hombre que le pegaba a su esposa, lo que no creo que se transmita genéticamente, pues me resisto a creer que Mario Vargas Llosa le pegaba a su tía y luego a su prima hermana) la hija de “un ladrón y un asesino” está condenada, por el mandato de sus genes, a ser inexorablemente una ladrona y una asesina.
Bien ganado se tiene Mario Vargas Llosa el Premio Nobel de Literatura. Pero, si hemos de ser justos, la Academia Sueca debería concederle también el Premio Nobel al Rencor, o cuando menos el Premio Nobel al Elector Obnubilado.

lunes, 16 de mayo de 2011

Stephen Hawking: "El paraíso después de la muerte es un cuento de hadas"

El científico considera que no hay nada después del momento en que el cerebro deja de funcionar

Lunes 16 de mayo de 2011 - 03:24 pm
(Reuters)

Londres (EFE). El reconocido científico británico Stephen Hawking, autor de “Una breve historia del tiempo”, cree que la idea del paraíso y de la vida después de la muerte es un “cuento de hadas” de gente que tiene miedo a fallecer.

Así lo afirmó el científico más destacado del Reino Unido en una entrevista publicada hoy en el periódico británico “The Guardian”, en la que vuelve a poner énfasis en su rechazo a las creencias religiosas y considera que no hay nada después del momento en que el cerebro deja de funcionar.

Hawking resalta que su enfermedad -la Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA)- le ha llevado a disfrutar más de la vida a pesar de las dificultades que ello implica, ya que el mal que padece es neuro-degenerativo progresivo y le impide moverse y hablar.

“He vivido con la perspectiva de una muerte prematura durante los últimos 49 años. No tengo miedo de morir, pero no tengo prisa por morirme. Es mucho lo que quiero hacer antes”, dijo el científico.

“Yo considero al cerebro como una computadora que dejará de funcionar cuando fallen sus componentes. No hay paraíso o vida después de la muerte para las computadoras que dejan de funcionar, ese es un cuento de hadas de gente que le tiene miedo a la oscuridad”, señaló el ex catedrático de Matemáticas Aplicadas y Física Teórica de la Universidad de Cambridge.

En su entrevista, Hawking, de 69 años, resalta la importancia de disfrutar de la vida y hacer cosas buenas y se refiere también a las pequeñas fluctuaciones cuánticas, que en el comienzo del universo fueron las “semillas” que dieron paso a la formación de las galaxias, las estrellas y la vida humana.

El científico, que habla con la ayuda de un sintetizador de voz, sugiere que sería posible descifrar nuestros orígenes con instrumentos modernos, que podrían ayudar a detectar antiguas huellas en la luz espacial dejada en los primeros momentos de la formación del universo.

Fuente: EL COMERCIO

domingo, 15 de mayo de 2011

Nuestro propio muro

Por: Yoani Sánchez*
EL COMERCIO
Domingo 15 de Mayo del 2011


El sol quema fuerte y en la oficina de Inmigración y Extranjería la gente suda, pero nadie se queja. Una palabra crítica, una actitud de exigencia frente a los funcionarios puede terminar en castigo. Todos hacen cola en silencio y miran hacia la pared sin conversar. En esta tarde de mayo un centenar de personas aguardan por un permiso para viajar fuera de la isla. Conocido también como tarjeta blanca, esta autorización forma parte del absurdo migratorio que impide a los cubanos salir y entrar de su propio país. Es nuestro muro de Berlín, nuestra frontera minada pero sin explosivos. Una tapia formada por cuños, papeles y vigilada por la mirada torva de militares interponiéndose entre nuestros cuerpos y el resto del mundo.

Para reforzar tal desatino está también el alto precio del permiso de salida: unos US$170. Ese monto equivale al salario anual de un profesional medio. Sin embargo, para obtener el salvoconducto no basta con poseer el dinero o mostrar un pasaporte válido, hay que cumplir otros requisitos no escritos: contar con condiciones ideológicas y políticas que nos hagan elegibles.

Ante tantas dificultades, recibir el “sí” es como escuchar descorrerse los cerrojos en una celda tapiada por años. Pero para muchos –como yo– la respuesta siempre viene en forma de ¡no! Miles de cubanos hemos sido condenados a la inmovilidad insular, aunque ningún tribunal haya fallado tal veredicto. El “delito” que hemos cometido consiste en opinar críticamente del gobierno, en formar parte de un grupo opositor o pertenecer a una plataforma defensora de los derechos humanos. En mi caso ostento el triste récord de haber recibido 15 negaciones de salida desde el 2008. He dejado una silla vacía en cada conferencia, en cada ceremonia de premiación o presentación de libros a la que me han invitado. En ningún caso he recibido explicación, solo la lacónica frase: “Por el momento usted no está autorizada a salir del país”.

Pero no solo los inconformes o los críticos tienen restricciones. Quienes se graduaron en medicina saben muy bien que su título no solo les sirve para salvar vidas sino que funciona como impedimento para conocer otras latitudes. Centenares de doctores, enfermeras y personal de la salud han visto separarse a sus familias, a sus hijos partir al exilio, mientras ellos aguardan el beneplácito de las autoridades. Algunos esperan tres, cinco años o una década. La mayoría nunca lo logrará.

La lista negra de los que no pueden cruzar al otro lado del mar es larga. Eso se sabe aunque jamás haya sido publicada en ningún lugar. Quienes la integran son –somos– conscientes de que salirse de ella es sumamente difícil. Buena parte de las máscaras de conformismo que los cubanos se cuelgan frente al ojo escrutador del Estado tiene como objetivo alcanzar el sueño de traspasar las fronteras. El permiso de salida se convierte así en un método de control ideológico que obliga al aplauso y a la simulación.

Hace unos días la prensa extranjera anunció con gran fanfarria que los cubanos ya podían salir libremente. Justo en el momento en que comenzó a propagarse la noticia, estaba yo en una de esas vetustas oficinas donde se concede o se niega el permiso para viajar. Cuando le pregunté a la funcionaria vestida de militar si era verdad, me respondió con sorna: “Vaya al aeropuerto a ver si se puede ir sin la tarjeta blanca”. Al leer después con calma el punto 265 de los lineamientos del VI Congreso del Partido Comunista, que hace referencia a ese tema, me quedé desanimada. En él se expone que el gobierno va a “estudiar una política que facilite a los cubanos residentes en el país viajar como turistas”, pero no da un plazo ni detalles sobre cómo va a implementarse. En realidad, las autoridades no parecen dispuestas a renunciar a esa suculenta industria sin chimeneas que genera millones de dólares anuales por concepto de trámites para ingresar o salir de Cuba.

Minutos después de caer en cuenta de que las agencias informativas habían exagerado, sonó mi teléfono móvil. Una voz entrecortada me contó detalles de lo últimos momentos de Juan Wilfredo Soto, disidente muerto a raíz de un maltrato policial. Recuerdo que respondí en monosílabos a la narración triste de aquel acto de intolerancia. Me senté para no caerme. Me zumbaban los oídos y sentía enrojecida la piel de la cara. Miré sobre la mesa, allí estaba mi pasaporte lleno de visas para entrar a una docena de países y sin una sola autorización para salir de mi propia nación. Al lado de su portada azulada, alguien había puesto los reportes impresos del fallecimiento de Wilfredo. Observé su rostro en la fotografía, el escudo nacional en la primera página de mi documento de identificación y solo pude concluir que en la isla “nada ha cambiado”. Seguimos atenazados por los mismos límites, por los altos muros del sectarismo ideológico y por el grillete ajustado de las restricciones migratorias.

(*) Bloguera y periodista cubana

domingo, 13 de marzo de 2011

Piqueteros Intelectuales

Por: Mario Vargas Llosa*
EL COMERCIO
13-03-11


Un puñado de intelectuales argentinos kirchneristas, vinculados al grupo Carta Abierta, encabezados por el director de la Biblioteca Nacional, Horacio González, pidió a los organizadores de la Feria del Libro de Buenos Aires, que se abrirá el 20 de abril, que me retirara la invitación para hablar el día de su inauguración. La razón del veto: mi posición política “liberal”, “reaccionaria”, enemiga de las “corrientes progresistas del pueblo argentino” y mis críticas a los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner. Bastante más lúcida y democrática que sus intelectuales, la presidenta Cristina Fernández se apresuró a recordarles que semejante demostración de intolerancia y a favor de la censura no parecía una buena carta de presentación de su gobierno ni oportuna cuando parece iniciarse una movilización a favor de la reelección. Obedientes, pero sin duda no convencidos, los intelectuales kirchneristas dieron marcha atrás.

Me alegra coincidir en algo con la presidenta Cristina Fernández, cuyas políticas y declaraciones populistas, en efecto, he criticado, aunque sin llegar nunca al agravio, como alegó uno de los partidarios de mi defenestración. Nunca he ocultado mi convencimiento de que el peronismo, aunque haya impulsado algunos progresos de orden social y sindical, hechas las sumas y las restas, ha contribuido de manera decisiva a la decadencia económica y cultural del único país de América Latina que llegó a ser un país del Primer Mundo y a tener en algún momento un sistema educativo que fue un ejemplo para el resto del planeta. Esto no significa, claro está, que aliente la menor simpatía por sus horrendas dictaduras militares cuyos crímenes, censuras y violaciones de los derechos humanos he criticado siempre con la mayor energía en nombre de la cultura de la libertad que defiendo y que es constitutivamente alérgica a toda forma de autoritarismo.

Precisamente la única vez que he padecido un veto o censura en Argentina parecido al que pedían para mí los intelectuales kirchneristas fue durante la dictadura del general Videla, cuyo ministro del Interior, el general Harguindey, expidió un decreto de abultados considerandos prohibiendo mi novela “La tía Julia y el escribidor” y demostrando que esta era ofensiva al “ser argentino”. Advierto con sorpresa que los intelectuales kirchneristas comparten con aquel general cierta noción de la cultura, de la política y del debate de ideas que se sustenta en un nacionalismo esencialista un tanto primitivo y de vuelo rasero.

Porque lo que parece ofender principalmente a Horacio González, José Pablo Feinmann, Aurelio Narvaja, Vicente Battista y demás partidarios del veto, por encima de mi liberalismo, es que, siendo un extranjero, me inmiscuya en los asuntos argentinos. Por eso les parecía más justo que abriera la Feria del Libro de Buenos Aires un escritor argentino en consonancia con las “corrientes populares”.

Si tal mentalidad hubiera prevalecido siempre en Argentina, el general José de San Martín y sus soldados del Ejército Libertador no se hubieran ido a inmiscuir en los asuntos de Chile y Perú y, en vez de cruzar la Cordillera de los Andes impulsados por un ideal anticolonialista y libertario, se hubieran quedado cebando mate en su tierra, con lo que la emancipación hubiera tardado un poco más en llegar a las costas del Pacífico sudamericano. Y si un rosarino llamado Ernesto Che Guevara hubiera profesado el estrecho nacionalismo de los intelectuales kirchneristas, se hubiera eternizado en Rosario ejerciendo la medicina en vez de ir a jugarse la vida por sus ideas revolucionarias y socialistas en Guatemala, Cuba, el Congo y Bolivia.

El nacionalismo es una ideología que ha servido siempre a los sectores más cerriles de la derecha y la izquierda para justificar su vocación autoritaria, sus prejuicios racistas, sus matonerías, y para disimular su orfandad de ideas tras un fuego de artificio de eslóganes patrioteros. Está visceralmente reñido con la cultura, que es diálogo, coexistencia en la diversidad, respeto del otro, la admisión de que las fronteras son en última instancia artificios administrativos que no pueden abolir la solidaridad entre los individuos y los pueblos de cualquier geografía, lengua, religión y costumbres pues la nación –al igual que la raza o la religión– no constituye un valor ni establece jerarquías cívicas, políticas o morales entre la colectividad humana. Por eso, a diferencia de otras doctrinas e ideologías, como el socialismo, la democracia y el liberalismo, el nacionalismo no ha producido un solo tratado filosófico o político digno de memoria, solo panfletos a menudo de una retórica tan insulsa como beligerante. Si alguien lo vio bien, y lo escribió mejor, y lo encarnó en su conducta cívica fue uno de los políticos e intelectuales latinoamericanos que yo admiro más, el argentino Juan Bautista Alberdi, que llevó su amor a la justicia y a la libertad a oponerse a la guerra que libraba su propio país contra Paraguay, sin importarle que los fanáticos de la intolerancia lo acusaran de traidor.

Los vetos y las censuras tienden a imposibilitar todo debate y a convertir la vida intelectual en un monólogo tautológico en el que las ideas se desintegran y se convierten en consignas, lugares comunes y clichés. Los intelectuales kirchneristas que solo quisieran oír y leer a quienes piensan como ellos y que se arrogan la exclusiva representación de las “corrientes populares” de su país están muy lejos no solo de un Alberdi o un Sarmiento sino también de una izquierda genuinamente democrática que, por fortuna, está surgiendo en América Latina, y que en países donde ha estado o está en el poder, como en Chile, Brasil, Uruguay, ha sido capaz de renovarse, renunciando no solo a sus tradicionales convicciones revolucionarias reñidas con la democracia “formal” sino al populismo, al sectarismo ideológico y al dirigismo, aceptando el juego democrático, la alternancia en el poder, el mercado, la empresa y la inversión privadas, y las instituciones formales que antes llamaba burguesas. Esa izquierda renovada está impulsando de una manera notable el progreso económico de sus países y reforzando la cultura de la libertad en América Latina.

¿Qué clase de Argentina quieren los intelectuales kirchneristas? ¿Una nueva Cuba, donde, en efecto, los liberales y demócratas no podríamos jamás dar una conferencia ni participar en un debate y donde solo tienen uso de la palabra los escribidores al servicio del régimen? La convulsionada Venezuela de Hugo Chávez es tal vez su modelo. Pero allí, a diferencia de los miembros del grupo Carta Abierta, la inmensa mayoría de intelectuales, tanto de izquierda como de derecha, no es partidaria de los vetos y censuras. Por el contrario, combate con gran coraje contra los atropellos a la libertad de expresión y la represión creciente del gobierno chavista a toda forma de disidencia u oposición.

De quienes parecen estar mucho más cerca de lo que tal vez imaginan Horacio González y sus colegas es de los piqueteros kirchneristas que, hace un par de años, estuvieron a punto de lincharnos, en Rosario, a una treintena de personas que asistíamos a una conferencia de liberales, cuando el ómnibus en que nos movilizábamos fue emboscado por una pandilla de manifestantes armados de palos, piedras y botes de pintura. Durante un buen rato debimos soportar una pedrea que destrozó todas las lunas del vehículo, y lo dejó abollado y pintarrajeado de arriba abajo con insultos. Una experiencia interesante e instructiva que parecía concebida para ilustrar la triste vigencia en nuestros días de aquella confrontación entre civilización y barbarie que describieron con tanta inteligencia y buena prosa Sarmiento en su “Facundo” y Esteban Echeverría en ese cuento sobrecogedor que es “El matadero”.

Me apena que quien encabezara esta tentativa de pedir que me censuraran fuera el director de la Biblioteca Nacional, es decir, alguien que ocupa ahora el sitio que dignificó Jorge Luis Borges. Confío en que no lo asalte nunca la idea de aplicar, en su administración, el mismo criterio que lo guió a pedir que silenciaran a un escritor por el mero delito de no coincidir con sus convicciones políticas. Sería terrible, pero no inconsecuente ni arbitrario. Supongo que si es malo que las ideas “liberales”, “burguesas” y “reaccionarias” se escuchen en una charla, es también malísimo y peligrosísimo que se lean. De ahí hay solo un paso a depurar las estanterías de libros que desentonan con “las corrientes progresistas del pueblo argentino”.

México, 7 de marzo del 2011

(*) Escritor y Premio Nobel 2010

domingo, 13 de febrero de 2011

La Libertad y los Árabes

Por: Mario Vargas Llosa*
EL COMERCIO
13-02-11


El movimiento popular que ha sacudido a países como Túnez, Egipto, Yemen y cuyas réplicas han llegado hasta Argelia, Marruecos y Jordania es el más rotundo desmentido a quienes, como Thomas Carlyle, creen que “La historia del mundo es la biografía de los grandes hombres”. Ningún caudillo, grupo o partido político puede atribuirse ese sísmico levantamiento social que ha decapitado ya las satrapías tunecina de Ben Ali y la egipcia de Hosni Mubarak, tiene al borde del desplome a la yemení de Ali Abdalá Saleh y provoca escalofríos en los gobiernos de los países donde la onda convulsiva ha llegado más débilmente como Siria, Jordania, Argelia, Marruecos y Arabia Saudí.

Es obvio que nadie podía prever lo que ha ocurrido en las sociedades autoritarias árabes y que el mundo entero y, en especial, los analistas, la prensa, las cancillerías y ‘think tanks’ políticos occidentales se han visto tan sorprendidos por la explosión sociopolítica árabe como lo estuvieron con la caída del muro de Berlín y la desintegración de la Unión Soviética y sus satélites. No es arbitrario acercar ambos acontecimientos: los dos tienen una trascendencia semejante para las respectivas regiones y lanzan precipitaciones y secuelas políticas para el resto del mundo. ¿Qué mejor prueba que la historia no está escrita y que ella puede tomar de pronto direcciones imprevistas que escapan a todas las teorías que pretenden sujetarla dentro de cauces lógicos?

Dicho esto, no es imposible discernir alguna racionalidad en ese contagioso movimiento de protesta que se inicia, como en una historia fantástica, con la autoinmolación por el fuego de un pobre y desesperado tunecino de provincia llamado Mohamed Bonazizi y, con la rapidez del fuego, se extiende por todo el Medio Oriente. Los países donde ello ha ocurrido padecían dictaduras de decenas de años, corruptas hasta el tuétano, cuyos gobernantes, parientes cercanos y clientelas oligárquicas habían acumulado inmensas fortunas, bien seguras en el extranjero, mientras la pobreza y el desempleo, así como la falta de educación y salud mantenían a enormes sectores de la población en niveles de mera subsistencia y a veces en la hambruna. La corrupción generalizada y un sistema de favoritismo y privilegio cerraban a la mayoría de la población todos los canales de ascenso económico y social.

Ahora bien, este estado de cosas, que ha sido el de innumerables países a lo largo de la historia, jamás hubiera provocado el alzamiento sin un hecho determinante de los tiempos modernos: la globalización. La revolución de la información ha ido agujereando por doquier los rígidos sistemas de censura que las satrapías árabes habían instalado a fin de tener a los pueblos que explotaban y saqueaban en la ignorancia y el oscurantismo tradicionales. Pero ahora es muy difícil, casi imposible, para un gobierno someter a la sociedad entera a las tinieblas mediáticas a fin de manipularla y engañarla como antaño. La telefonía móvil, la Internet, los blogs, el Facebook, el Twitter, las cadenas internacionales de televisión y demás resortes de la tecnología audiovisual han llevado a todos los rincones del mundo la realidad de nuestro tiempo y forzado unas comparaciones que, por supuesto, han mostrado a las masas árabes el anacronismo y barbarie de los regímenes que padecían y la distancia que los separa de los países modernos. Y esos mismos instrumentos de la nueva tecnología han permitido que los manifestantes coordinaran acciones y pudieran introducir cierto orden en lo que en un primer momento pudo parecer una caótica explosión de descontento anárquico. No ha sido así. Uno de los rasgos más sorprendentes de la rebeldía árabe han sido los esfuerzos de los manifestantes por atajar el vandalismo y salir al frente, como en Egipto, de los matones enviados por el régimen a cometer tropelías para desprestigiar el alzamiento e intimidar a la prensa.

La lentitud (para no decir la cobardía) con que los países occidentales –sobre todo los de Europa- han reaccionado, vacilando primero ante lo que ocurría y luego con vacuas declaraciones de buenas intenciones a favor de una solución negociada del conflicto, en vez de apoyar a los rebeldes, tiene que haber causado terrible decepción a los millones de manifestantes que se lanzaron a las calles en los países árabes pidiendo “libertad” y “democracia” y descubrieron que los países libres los miraban con recelo y, a veces, pánico. Y comprobar, entre otras cosas, que los partidos políticos de Mubarak y Ben Ali ¡eran miembros activos de la Internacional Socialista! Vaya manera de promocionar la social democracia y los derechos humanos en el Medio Oriente.

La equivocación garrafal de Occidente ha sido ver en el movimiento emancipador de los árabes un caballo de Troya gracias al cual el integrismo islámico podía apoderarse de toda la región y el modelo iraní –una satrapía de fanáticos religiosos– se extendería por todo el Medio Oriente. La verdad es que el estallido popular no estuvo dirigido por los integristas y que, hasta ahora, al menos, estos no lideran el movimiento emancipador ni pretenden hacerlo.

Ellos parecen mucho más conscientes que las cancillerías occidentales de que lo que moviliza a los jóvenes de ambos sexos tunecinos, egipcios, yemeníes y los demás no son la sharia y el deseo de que unos clérigos fanáticos vengan a reemplazar a los dictadorzuelos cleptómanos de los que quieren sacudirse. Habría que ser ciegos o muy prejuiciados para no advertir que el motor secreto de este movimiento es un instinto de libertad y de modernización.

Desde luego que no sabemos aún la deriva que tomará esta rebelión y, por supuesto, no se puede descartar que, en la confusión que todavía prevalece, el integrismo o el Ejército traten de sacar partido. Pero, lo que sí sabemos es que, en su origen y primer desarrollo, este movimiento ha sido civil, no religioso, y claramente inspirado en ideales democráticos de libertad política, libertad de prensa, elecciones libres, lucha contra la corrupción, justicia social, oportunidades para trabajar y mejorar. El Occidente liberal y democrático debería celebrar este hecho como una extraordinaria confirmación de la vigencia universal de los valores que representa la cultura de la libertad y volcar todo su apoyo hacia los pueblos árabes en este momento de su lucha contra los tiranos. No solo sería un acto de justicia sino también una manera de asegurar la amistad y la colaboración con un futuro Medio Oriente libre y democrático.

Porque esta es ahora una posibilidad real. Hasta antes de esta rebelión popular, a muchos nos parecía difícil. Lo ocurrido en Irán, y, en cierta forma, en Iraq, justificaba cierto pesimismo respecto de la opción democrática en el mundo árabe. Pero lo ocurrido estas últimas semanas debería haber barrido esas reticencias y temores, inspirados en prejuicios culturales y racistas. La libertad no es un valor que solo los países cultos y evolucionados aprecian en todo lo que significa. Masas desinformadas, discriminadas y explotadas pueden también, por caminos tortuosos a menudo, descubrir que la libertad no es un ente retórico desprovisto de sustancia, sino una llave maestra muy concreta para salir del horror, un instrumento para construir una sociedad donde hombres y mujeres puedan vivir sin miedo, dentro de la legalidad y con oportunidades de progreso. Ha ocurrido en el Asia, en América Latina, en los países que vivieron sometidos a la férula de la Unión Soviética. Y ahora –por fin– está empezando a ocurrir también en los países árabes con una fuerza y heroísmo extraordinarios. Nuestra obligación es mostrarles nuestra solidaridad activa, porque la transformación del Medio Oriente en una tierra de libertad no solo beneficiará a millones de árabes sino al mundo entero en general (incluido, por supuesto, Israel, aunque el gobierno extremista de Netanyahu sea incapaz de entenderlo).

(*) Escritor Premio Nobel 2010

domingo, 2 de enero de 2011

La Revolución Sepultada

Todas las medianoches del 31 de diciembre los cubanos lanzan litros de agua por sus balcones para que junto a cada gota se vaya todo lo malo y triste de los meses anteriores. Sus deseos: que la calidad de vida mejore en la isla

Por: Yoani Sánchez Desde Cuba
Domingo 2 de Enero del 2011


Una catarata cayó desde cada balcón de mi edificio modelo yugoslavo, justo a la medianoche del 31 de diciembre. Los cubanos conservan la tradición de lanzar un cubo de agua cada fin de año, para limpiar todo lo malo que trajeron los meses anteriores y esperar “limpios” espiritualmente el enero que recién comienza.

Había infinidad de razones para vaciar los tanques de las casas y tirar desde las ventanas, las terrazas y las azoteas el preciado líquido que nos dejaría listos para enfrentar todo lo que se nos viene encima. Así que tomé el recipiente más grande que pude encontrar en mi apartamento y con mi esposo dejamos caer su contenido hacia el vacío –desde nuestro piso 14– mientras pensábamos en aquello que queríamos dejar atrás.

El primer sol del 2011 hizo brillar los charcos que en las calles no habían sido formados por la lluvia, sino por nuestros deseos.

DESEOS DE CAMBIO
Pocos confiesan en voz alta la lista completa de esperanzas que albergan para los próximos 12 meses; sin embargo, es fácil predecir que un punto importante en ella es la necesidad de cambios políticos en la isla. Cada quien lo define a su manera, “que esto termine ya”, “que las reformas raulistas logren mejorar nuestras vidas” o “que el 2011 sea el año que tanto hemos estado esperando”, dicen quienes ya hace tiempo perdieron la paciencia y la fe.

Curiosamente la palabra ‘revolución’ está ausente de esas predicciones populares, pues la gran mayoría de los ciudadanos ha dejado de considerarla un ente dinámico, vivo, en transformación. Cuando se refieren al modelo que rige en el país, lo hacen como si se tratara de una estructura inamovible, como si fuera una camisa de fuerza muy rígida y con pocas posibilidades de adaptarse a las nuevas demandas del siglo XXI.

VIVIR EN EL PASADO
Todas aquellas ideas de renovación que llegaron –a finales de los años cincuenta del siglo pasado– con los jóvenes barbudos bajados de la montaña se transformaron en un gobierno donde la figuras que concentran el poder tienen más de 70 años y desconfían profundamente de los innovadores. El discurso oficial sigue mencionando el 1 de enero de cada año como el cumpleaños de una criatura viva, cuando se trata ya del aniversario de algo muerto hace tiempo. La revolución ha sido sepultada por el inmovilismo, el proyecto social yace bajo tierra y la pregunta que nos hacemos es alrededor de cuál fecha debemos poner en su lápida.

EL ABRAZO MORTAL
Para miles de compatriotas la revolución murió en 1968 cuando Fidel Castro aplaudió la entrada de los tanques soviéticos en Praga. El abrazo de oso después de aquello, la omnipresencia del Kremlin con los millones de barriles de petróleo que nos enviaban cada año, con sus abultados subsidios y sus demandas geopolíticas, terminaron por ahogar cualquier viso de espontaneidad.

El llamado Quinquenio Gris (1971-1975) apagó la luz en la cultura, donde el realismo socialista intentó cortarnos las alas de la creación y reducirnos a las historias triunfalistas que tenían como protagonistas a un nunca logrado hombre nuevo.

Mis padres, por su parte, vieron fenecer el proceso en los primeros meses de 1989 a raíz del juicio por narcotráfico contra el general Arnaldo Ochoa (1943-1989), los fusilamientos posteriores y las purgas en el Ministerio del Interior. Quedó claro para muchos que la zozobra por mantener el poder primaba sobre cualquier ideal, sobre los manuales de marxismo o comunismo.

BALSAS DE ESPERANZA
Para mi generación, el réquiem de la revolución se confirmó algunos años después, con los golpes y pedradas que recibieron quienes se lanzaron a las calles en agosto de 1994. Con aquellas rústicas balsas partiendo de cada punto del litoral cubano, se fueron buena parte de las ilusiones de quienes creían que este era un proyecto social “de los humildes, por los humildes y para los humildes”. Eran justo las clases más pobres las que en aquellas jornadas de desesperación optaron por el estrecho de La Florida, bajo el riesgo las aletas de los tiburones y del hacinamiento en la Base Naval de Guantánamo. Con ellos zarpó de territorio nacional la última posibilidad de que nuestras autoridades anunciaran su intención de gobernar para todos.

Y SIGUE MURIENDO
Por estos días queda el recordatorio, las frases tipo “lo que pudo ser y no fue”, la crónica del pasado. Mientras tanto, la realidad niega cada palabra dicha desde la tribuna, el mercado negro se extiende como opción de sobrevivencia, la apatía corroe los intentos de movilizarnos ideológicamente. Es como un largo funeral donde los más apegados al difunto no se deciden a echar tierra sobre el ataúd. Algunos –los menos– creen que la occisa revolución podrá levantarse, reinventarse, sacudirse la mortaja y los males crónicos.

Asistimos a este entierro, con la punzante duda: ¿Qué fue lo que salió mal? ¿En qué momento la revolución se volvió cadáver? Descifrarlo puede ser de vital importancia para el futuro nacional de Cuba. En parte ya sabemos que la defunción se debió a enfermedades crónicas: personalismo, burocracia, entreguismo a una potencia extranjera (otrora Unión Soviética) y la copia de un modelo muy bonito en los libros. Sin embargo, nos falta saber si el empujón se lo dimos nosotros mismos, si fueron nuestras manos, nuestras mentes, las que asfixiaron definitivamente a la criatura que intentamos crear, o si en la genética del proceso estuvieron desde siempre los cromosomas del fracaso.


Fuente: EL COMERCIO

domingo, 19 de diciembre de 2010

Navidad a la Cubana

En la isla que censuró las prácticas religiosas por decreto muchos cubanos fortalecieron su fe. La presión que la dictadura castrista ejerció en escuelas y trabajos no logró que la tradición y las costumbres desaparecieran

Por: Yoani Sánchez Desde Cuba
Domingo 19 de Diciembre del 2010

Diciembre me trae siempre olor a incienso, sonidos de llanto de bebe y el lejano sabor de unos turrones. Curioso, pues en realidad nací en la época del más rancio ateísmo y entré por primera vez a una iglesia cuando tenía 17 años. Sin embargo, a espaldas de mis padres –totalmente imbuidos del materialismo imperante– mis abuelos me contaban historias de Navidad, de pesebres, de luceros brillando en la noche de Belén.

EL CRISTO ESCONDIDO
No entendía qué podía tener de malo todo aquello, para que la maestra virara los ojos y nos mandara a callar cuando nos atrapaba hablando de la Nochebuena. Mi confusión llegó a su punto máximo cuando descubrí que la misma intransigente profesora llevaba un Jesús crucificado, prendido con un alfiler en el interior de la cartera, bien escondido de las miradas ajenas.

Este falso ateísmo era resultado de una de las modificaciones más importantes que quiso lograr el socialismo cubano: la desaparición de las prácticas religiosas. En los formularios para postular a un puesto de trabajo, a la universidad e incluso para solicitar una nueva vivienda aparecía siempre la pregunta: “¿Tiene creencias religiosas?”. Todos sabían cómo responder, porque la interrogante no tenía un interés para las estadísticas, sino una intención intimidatoria.

GRADUADOS EN ATEÍSMO
Los que pretendían ser miembros del Partido Comunista pasaban un curso de “ateísmo científico” y se les prohibía bautizar a sus hijos. Así que soy de la camada de los que no sintieron correr sobre sus cabezas el agua bendita. Las prohibiciones no hicieron que los sentimientos religiosos desaparecieran, simplemente se enmascararon. Toda una generación de cubanos creció sin fe. Frases de uso cotidiano como “si Dios quiere”, “gracias a Dios” o “que Dios te acompañe”, llegaron a tener –entre los más radicales– resonancia contrarrevolucionaria. Decir “¡adiós!” resultaba sospechoso de tendencias pequeñoburguesas y desviaciones ideológicas. Mis abuelos guardaron el Sagrado Corazón que tenían colgado en la sala y comenzaron a encender las velas y a leer las plegarias en la madrugada, cuando no podían verlos ni escucharlos.

COMUNISMO MESIÁNICO
La propuesta de los ideólogos comunistas fue la creación de “el hombre nuevo”, con una cosmovisión científico-materialista, despojado de supersticiones, altruista y solidario, dispuesto a dar la vida por la causa y entregado a la construcción de la nueva sociedad sin ambiciones materiales y motivado por sus convicciones políticas. En la escuela nos repetían que “la religión es el opio de los pueblos”, pero los discursos políticos también tenían su liturgia, su prueba de fe, su entrega desinteresada a un “mesías” que también llevaba barba y que nos exigía el sacrificio y la entrega total.

ISLA DE FE
A finales de 1991 ocurrió “el milagro”: las autoridades despenalizaron el ejercicio religioso. Tras casi veinte años da la impresión de que en esta isla quedan muy pocos ateos. Incluso quienes no practicamos ningún credo específico compartimos el entusiasmo con el que católicos y protestantes engalanan sus casas y sus iglesias, resistiéndose a que les vuelvan a arrebatar la celebración de la Navidad. Los niños más pequeños, nacidos ya con el retorno de la religiosidad, ven como algo normal que se instalen adornos de colores y que los villancicos resuenen.

Es un alivio el retorno de la festividad familiar de estas fechas, así lo sentimos quienes crecimos en la forzada austeridad de los fines de año y la celebración del 1 de enero como la llegada de los rebeldes al poder, en 1959.

Hoy mis abuelos podrían poner su cuadro de Jesús en la sala, si no fuera porque ambos murieron cuando todavía estaba penado creer –públicamente– en algo que no fuera la revolución.

RETOMAR LA ESPERANZA
Una preocupación es qué hacer con aquella malograda arcilla con la que se pretendió moldear al hombre nuevo. El problema de “la pérdida de valores” es un tema frecuentemente discutido entre pedagogos, artistas, cuadros políticos y líderes religiosos. Nadie se atreve a señalar al evidente responsable por la proliferación de un sujeto despersonalizado e indolente, sin vocación ni propósito, disoluto y amoral, que no se interesa en el trabajo ni aspira a la prosperidad, que no respeta ley alguna y que carece de sueños e ideales. Este es el producto del prolongado ateísmo forzado, de la simulación, del contraste entre lo que se admitía profesar y lo que en realidad se veneraba en el interior de las casas. Es un ser sin convicción ninguna, ni siquiera en sí mismo.

De entre sus cenizas resurge hoy la religión y hasta los que perdimos la fe en el camino, quisiéramos retomar la esperanza, para que esta Navidad podamos pedir –sin miedo- que ocurra un milagro.

Fuente:
EL COMERCIO

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Discurso de Steve Jobs, CEO de Apple y Pixar

Discurso que Steve Jobs, CEO de Apple Computer y de Pixar Animation Studios, dictó el 12 de Junio de 2005 en la ceremonia de graduación de la Universidad de Stanford.

“Tienen que encontrar eso que aman”
Me siento honrado de estar con ustedes hoy en su ceremonia de graduación en una de
las mejores universidades del mundo. Yo nunca me gradué de una universidad. La verdad
sea dicha, esto es lo más cerca que he estado de una graduación. Hoy deseo contarles tres historias de mi vida. Eso es. No es gran cosa. Sólo tres historias.

La primera historia se trata de conectar los puntos
Me retiré del Reed College después de los primeros 6 meses y seguí yendo de modo
intermitente otros 18 meses o más antes de renunciar de verdad. Entonces ¿por qué me
retiré?.
Comenzó antes de que yo naciera. Mi madre biológica era joven, estudiante de
universidad graduada, soltera, y decidió darme en adopción. Ella creía firmemente que debía ser adoptado por estudiantes graduados. Por lo tanto, todo estaba arreglado para que apenas naciera fuera adoptado por un abogado y su esposa; salvo que cuando nací, decidieron en el último minuto que en realidad deseaban una niña. De ese modo, mis padres que estaban en lista de espera, recibieron una llamada en medio de la noche preguntándoles: “Tenemos un niño no deseado; ¿lo quieren?”. Ellos dijeron “Por supuesto”.
Posteriormente, mi madre biológica se enteró que mi madre nunca se había graduado de
una universidad y que mi padre nunca se había graduado de la enseñanza media. Se negó a firmar los papeles de adopción definitivos. Sólo cambió de parecer unos meses más tarde cuando mis padres prometieron que algún día yo iría a la universidad.
Luego a los 17 años fui a la universidad. Sin embargo, ingenuamente elegí una
universidad casi tan cara como Stanford y todos los ahorros de mis padres de clase obrera fueron gastados en mí matrícula. Después de 6 meses yo no era capaz de apreciar el valor de lo anterior. No tenía idea de lo que quería hacer con mi vida y no tenía idea de la manera en que la universidad me iba a ayudar a deducirlo. Y aquí estaba yo, gastando todo el dinero que mis padres habían ahorrado durante toda su vida. Así que decidí retirarme y confiar en que todo iba a resultar bien. Fue bastante aterrador en ese momento, pero mirando hacia atrás fue una de las mejores decisiones que tomé. Apenas me retiré, pude dejar de asistir a las clases obligatorias que no me interesaban y comencé a asistir irregularmente a las que
se veían interesantes.
No todo fue romántico. No tenía dormitorio, dormía en el piso de los dormitorios de
amigos, llevaba botellas de Coca Cola a los depósitos de 5 centavos para comprar comida y caminaba 11 kilómetros, cruzando la ciudad todos los domingos en la noche para conseguir una buena comida a la semana en el templo Hare Krishna. Me encantaba. La mayor parte de las cosas con que tropecé siguiendo mi curiosidad e intuición resultaron ser inestimables posteriormente. Les doy un ejemplo: en ese tiempo Reed College ofrecía quizás la mejor instrucción en caligrafía del país. Todos los afiches, todas las etiquetas de todos los cajones estaban bellamente escritos en caligrafía a mano en todo el campus. Debido a que me había retirado y no tenía que asistir a las clases normales, decidí tomar una clase de caligrafía para aprender. Aprendí de los tipos serif y san serif, de la variación de la cantidad de espacio
entre las distintas combinaciones de letras, de lo que hace que la gran tipografía sea lo que es. Fue hermoso, histórico, artísticamente sutil de una manera en que la ciencia no logra capturar, y lo encontré fascinante.
Nada de esto tenía incluso una esperanza de aplicación práctica en mi vida. No obstante, diez años después, cuando estaba diseñando la primera computadora Macintosh, todo tuvo sentido para mí. Y todo lo diseñamos en la Mac. Fue la primera computadora con una bella tipografía. Si nunca hubiera asistido a ese único curso en la universidad, la Mac nunca habría tenido tipos múltiples o fuentes proporcionalmente espaciadas. Además, puesto que Windows sólo copió la Mac, es probable que ninguna computadora personal la tendría. Si nunca me hubiera retirado, nunca habría asistido a esa clase de caligrafía, y las computadoras personales no tendrían la maravillosa tipografía que tienen. Por supuesto era imposible conectar los puntos mirando hacia el futuro cuando estaba en la universidad. Sin embargo, fue muy, muy claro mirando hacia el pasado diez años después.
Reitero, no pueden conectar los puntos mirando hacia el futuro; solamente pueden
conectarlos mirando hacia el pasado. Por lo tanto, tienen que confiar en que los puntos de alguna manera se conectarán en su futuro. Tienen que confiar en algo – su instinto, su destino, su vida, su karma, lo que sea. Esta perspectiva nunca me ha decepcionado, y ha hecho la diferencia en mi vida.

La segunda historia es sobre amor y pérdida
Yo fui afortunado – descubrí lo que amaba hacer temprano en la vida. Woz y yo
comenzamos Apple en el garage de mis padres cuando tenía 20 años. Trabajamos duro y en 10 años Apple había crecido a partir de nosotros dos en un garage, transformándose en una compañía de US$2 mil millones con más de 4.000 empleados. Recién habíamos presentado nuestra más grandiosa creación – la Macintosh – un año antes y yo recién había cumplido los 30. Y luego me despidieron. ¿Cómo te pueden despedir de una compañía que comenzaste? Bien, debido al crecimiento de Apple contratamos a alguien que pensé que era muy talentoso para dirigir la compañía conmigo, los primeros años las cosas marcharon bien. Sin embargo, nuestras visiones del futuro empezaron a desviarse y finalmente tuvimos un tropiezo. Cuando ocurrió, la Junta del Directorio lo respaldó a él. De ese modo a los 30 años estaba afuera. Y muy publicitadamente fuera. Había desaparecido aquello que había sido el centro de toda mi vida adulta, fue devastador.
Por unos cuantos meses, realmente no supe qué hacer. Sentía que había decepcionado a
la generación anterior de empresarios – que había dejado caer el testimonio cuando me lo estaban pasando. Me encontré con David Packard y Bob Noyce e intenté disculparme por haberlo echado a perder tan estrepitosamente. Fue un absoluto fracaso público e incluso pensaba en alejarme del valle. No obstante, lentamente comencé a entender algo – Yo todavía amaba lo que hacía. El revés ocurrido con Apple no había cambiado eso ni un milímetro. Había sido rechazado, pero seguía enamorado. Y así decidí comenzar de nuevo.
En ese entonces no lo entendí, pero sucedió que ser despedido de Apple fue lo mejor
que podía haberme pasado. La pesadez de ser exitoso fue reemplazada por la liviandad de ser un principiante otra vez, menos seguro de todo. Me liberó para entrar en uno de las etapas más creativas de mi vida. Durante los siguientes cinco años, comencé una compañía llamada NeXT, otra compañía llamada Pixar, y me enamoré de una asombrosa mujer que se convirtió en mi esposa. Pixar continuó y creó la primera película en el mundo animada por computadora, Toy Story, y ahora es el estudio de animación más exitoso a nivel mundial. En un notable giro de los hechos, Apple compró NeXT, regresé a Apple y la tecnología que desarrollamos en NeXT constituye el corazón del actual renacimiento de Apple. Además, con Laurene tenemos una maravillosa familia. Estoy muy seguro de que nada de esto habría sucedido si no me hubiesen despedido de Apple. Fue una amarga medicina, pero creo que el paciente la necesitaba. En ocasiones la vida te golpea con un ladrillo en la cabeza. No pierdan la fe. Estoy convencido que lo único que me permitió seguir fue que yo amaba lo
que hacía. Tienen que encontrar eso que aman. Y eso es tan válido para su trabajo como para sus amores. Su trabajo va a llenar gran parte de sus vidas y la única manera de sentirse realmente satisfecho es hacer aquello que creen es un gran trabajo. Y la única forma de hacer un gran trabajo es amando lo que hacen. Si todavía no lo han encontrado, sigan buscando. No se detengan. Al igual que con los asuntos del corazón, sabrán cuando lo encuentren. Y al igual que cualquier relación importante, mejora con el paso de los años. Así que sigan buscando hasta que lo encuentren. No se detengan.

La tercera historia es sobre la muerte
Cuando tenía 17 años, leí una cita que decía algo parecido a “Si vives cada día como si fuera el último, es muy probable que algún día hagas lo correcto”. A mí me
impresionó y desde entonces, durante los últimos 33 años, me miro al espejo todas las mañanas y me pregunto: “Si hoy fuera en último día de mi vida, ¿querría hacer lo que estoy a punto de hacer hoy?” Y cada vez que la respuesta ha sido “No” por varios días seguidos, sé que necesito cambiar algo.
Recordar que moriré pronto constituye la herramienta más importante que he
encontrado para ayudarme a decidir las grandes elecciones de mi vida. Porque casi todo – todas las expectativas externas, todo el orgullo, todo el temor a la vergüenza o al fracaso – todo eso desaparece a las puertas de la muerte, quedando solamente aquello que es realmente importante. Recordar que van a morir es la mejor manera que conozco para evitar la trampa de pensar que tienen algo que perder. Ya están desnudos. No hay ninguna razón para no seguir a su corazón.
Casi un año atrás me diagnosticaron cáncer. Me hicieron un scanner a las 7:30 de la
mañana y claramente mostraba un tumor en el páncreas. Yo ni sabía lo que era el páncreas.
Los doctores me dijeron que era muy probable que fuera un tipo de cáncer incurable y que mis expectativas de vida no superarían los tres a seis meses. Mi doctor me aconsejó irme a casa y arreglar mis asuntos, que es el código médico para prepararte para la muerte.
Significa intentar decirle a tus hijos todo lo que pensabas decirles en los próximos 10 años, decirlo en unos pocos meses. Significa asegurarte que todo esté finiquitado de modo que sea lo más sencillo posible para tu familia. Significa despedirte.
Viví con ese diagnóstico todo el día. Luego al atardecer me hicieron una biopsia en que introdujeron un endoscopio por mi garganta, a través del estómago y mis intestinos, pincharon con una aguja mi páncreas y extrajeron unas pocas células del tumor. Estaba sedado, pero mi esposa, que estaba allí, me contó que cuando examinaron las células en el microscopio, los doctores empezaron a llorar porque descubrieron que era una forma muy rara de cáncer pancreático, curable con cirugía. Me operaron y ahora estoy bien.
Fue lo más cercano que he estado a la muerte y espero que sea lo más cercano por unas
cuantas décadas más. Al haber vivido esa experiencia, puedo contarla con un poco más de certeza que cuando la muerte era un útil pero puramente intelectual concepto:
Nadie quiere morir. Incluso la gente que quiere ir al cielo, no quiere morir para llegar allá. La muerte es el destino que todos compartimos. Nadie ha escapado de ella. Y es como debe ser porque la Muerte es muy probable que sea la mejor invención de la Vida. Es el agente de cambio de la Vida. Elimina lo viejo para dejar paso a lo nuevo. Ahora mismo, ustedes son lo nuevo, pero algún día, no muy lejano, gradualmente ustedes serán viejos y serán eliminados. Lamento ser tan trágico, pero es muy cierto.
Su tiempo tiene límite, así que no lo pierdan viviendo la vida de otra persona. No se
dejen atrapar por dogmas – es decir, vivir con los resultados del pensamiento de otras personas. No permitan que el ruido de las opiniones ajenas silencien su propia voz interior. Y más importante todavía, tengan el valor de seguir su corazón e intuición, que de alguna manera ya saben lo que realmente quieren llegar a ser. Todo lo demás es secundario.
Cuando era joven, había una asombrosa publicación llamada The Whole Earth Catalog,
que era una de las biblias de mi generación. Fue creada por un tipo llamado Steward Brand no muy lejos de aquí en Menlo Park, y la creó con un toque poético. Fue a fines de los 60, antes de las computadoras personales y de la edición mediante microcomputadoras, por lo tanto, en su totalidad estaba editada usando máquinas de escribir, tijeras y cámaras polaroid. Era un tipo de Google en formato de edición económica, 35 años antes de que apareciera Google: era idealista y rebosante de hermosas herramientas y grandes conceptos.
Steward y su equipo publicaron varias ediciones del The Whole Earth Catalog, y luego
cuando seguía su curso normal, publicaron la última edición. Fue a mediados de los 70 y yo tenía la edad de ustedes. En la tapa trasera de la última edición, había una fotografía de una carretera en el campo temprano en la mañana, similar a una en que estarían haciendo dedo si fueran así de aventureros. Debajo de la foto decía: “Manténganse hambrientos. Manténganse descabellados”. Fue su mensaje de despedida al finalizar. Manténganse hambrientos. Manténganse descabellados. Siempre he deseado eso para mí. Y ahora, cuando se gradúan para empezar de nuevo, es lo que deseo para ustedes.

Permanezcan hambrientos. Permanezcan descabellados.

Muchas gracias.

lunes, 8 de noviembre de 2010

No tan Campeones

Por: Richard Webb
EL COMERCIO
08-11-10


En la reciente conferencia internacional sobre corrupción, organizada por la Contraloría de la República, escuché dos afirmaciones que llaman a reflexión: que el Perú es un país especialmente corrupto y que esa corrupción es relativamente reciente e identificada en particular con los años noventa.

Vivimos una época de logros de estatura mundial –un Premio Nobel, tablistas, ajedrecistas, economía sobresaliente y, por supuesto, gastronomía–, pero en el arte de la corrupción no destacamos. Según los ránkings internacionales de los 179 países considerados por la entidad Transparencia Internacional, el Perú fue percibido en el 2010 como menos deshonesto que el promedio. El más limpio fue Dinamarca y, en América Latina, Chile, ubicándonos modestamente en el medio de la tabla con el puesto 78, en empate con China, Colombia y Tailandia. Aunque parezca difícil de imaginar, casi cien países nos sobrepasan en el arte de robar dineros públicos.

¿No obstante esa mediocridad, será cierto que la corrupción es una práctica relativamente moderna en el Perú y que viene aumentando rápidamente? Lo sorprendente de esa tesis es que implica un Perú anterior curiosamente honesto. La sentencias de Manuel González Prada cuando escribió que “la corrupción corre a chorro continuo” y que “los hombres se han convertido no solo en mercenarios sino en mercaderías”, incluidos el ministro, juez, parlamentario, regidor, prefecto, coronel y periodista, habrían sido una exageración.

Una forma de comprender la percepción de un pasado peruano menos corrupto es recordar que la corrupción, estrictamente hablando, es un mal de la democracia. Reemplaza al despojo y la violencia como medios de adquirir riqueza. Cuando hay un poder absoluto, como el ‘sultanismo’ de siglos anteriores descrito por Basadre, el autócrata no necesita recurrir a la corrupción. Simplemente se asigna las tierras, el palacio y el esclavo que se le antojan.

El avance sustancial de la democracia en el Perú ha limitado el margen para el despojo desnudo, pero posiblemente ha aumentado el abuso escondido del poder delegado. A diferencia del despojo que caracterizaba a los siglos anteriores, la corrupción de hoy abusa de un poder recibido en confianza. De allí el doble dolor de la corrupción: además de robo es una traición.

La corrupción es una enfermedad social, en esencia, un robo a la colectividad. En un país extremadamente dividido como el Perú, parte del remedio pasa por crear una verdadera colectividad. El robo existe, pero es menor entre los miembros de una familia.

sábado, 16 de octubre de 2010

La Tragedia del Oso Polar

Por: Augusto Townsend K Periodista*
EL COMERCIO
16-10-10


Ya es hora de matar al oso polar. No me refiero al animal, sino al símbolo de esa ominosa estrategia publicitaria que busca crear conciencia sobre el cambio climático alertando sobre la menos importante de sus víctimas. A las familias paquistaníes que vieron caer un diluvio inaudito sobre su país este año, a las chinas que acaban de sufrir la peor sequía en su historia, o a las rusas que vieron arder sus bosques con temperaturas –¡en Rusia!– mayores a los 40 °C, poco les importa si se ahoga o no el mentado plantígrado. Tampoco los peruanos que pierden su sistema de almacenamiento natural de agua dulce –los glaciares–, pues para ellos el cambio climático es algo que amenaza su subsistencia hoy, no en un futuro lejano.

Por desgracia, el discurso catastrofista se ha apoderado de la escena mediática, autoproclamándose como el llamado a convencer al mundo a punta de sustos de que el cambio climático es real. En un segundo plano ha quedado relegado aquel otro discurso –más inasible y aburrido– que pretende anclar el fenómeno en sus cimientos científicos y, sobre esa base, buscar un debate alturado, técnico y desapasionado sobre qué debería estar haciendo el mundo para enfrentarlo.

Al Gore demuestra lo tenue que es la línea divisoria que separa un discurso del otro. Los planteamientos del ex vicepresidente estadounidense tienen base científica, pero su propensión al activismo y a la exageración –natural en quien lleva décadas ejerciendo la política–, así como la inconsistencia entre lo que dice y lo que hace, llevan a que cualquier falibilidad en su argumentación sea el naipe que hizo colapsar al castillo. En su carrera como ‘gurú’ ambiental, Gore ha proferido –testarudamente incluso– varias inexactitudes, pero su advertencia –vista en su totalidad– está lejos de ser infundada.

VACUO SUSTENTO
Me sorprendió que Gore no fuera tan alarmista cuando habló el miércoles en Lima como lo fue en su filme “La verdad incómoda” o en sus declaraciones previas a la Cumbre de Copenhague. No obstante ello, las conversaciones que tuve la semana pasada con algunos empresarios peruanos me demostraron que todavía cunde entre ellos la creencia de que todo esto del cambio climático es pura charlatanería o, dicho de otro modo, un cuadro masivo de ingenuidad crónica.

Para mi preocupación, ninguna de las personas a las que escuché o leí desbaratando la “hipótesis” del cambio climático tenía una argumentación expresada en términos científicos, sino una puramente intuitiva o basada en lo que habían escuchado decir a economistas, periodistas o políticos (¿dónde están los científicos peruanos que no se les escucha?). En algunos casos, la defensa esgrimida ni siquiera respetaba las leyes de la lógica (“niego la existencia del fenómeno porque no estoy dispuesto a aceptar sus consecuencias”).

Vuelvo, entonces, a la idea original. El catastrofismo apocalíptico es nefasto (especialmente para los ambientalistas que han jurado lealtad a prueba de contradicciones) porque la exageración a la que tiende hace que cualquier error sea utilizado –con mucha argucia mediática y muchas veces sirviendo a intereses subalternos– para cuestionar la totalidad de la construcción científica y empíricamente demostrable que sustenta el cambio climático. Hace que el ciudadano de a pie pierda perspectiva de las cosas y reaccione a la defensiva. Genera un sentimiento de culpa que inhibe la acción (“¿por qué tendría yo que hacer algo si ya todo está perdido?”). Lleva a los que se resisten al cambio a escudarse en una elección antojadiza de la “evidencia”, priorizando aquella que confirma sus prejuicios y que descarta cualquier necesidad de hacer modificaciones en sus estilos de vida que puedan resultar engorrosas o caras.

LAVADO DE CARA
Repito, el símbolo del cambio climático no es un oso polar que se va a ahogar en algún escenario futuro eventual, sino un bangladesí que hoy –no mañana– ve cómo se salinizan los terrenos agrícolas que le dieron de comer a su familia por décadas, o quizá siglos. Este no pretende ser un planteamiento romántico: la tragedia de ese individuo, como la de millones de otros posibles “refugiados” climáticos, es empíricamente comprobable. Y la relación de causalidad entre ella y la creciente emisión de gases de efecto invernadero, si bien es compleja y dependiente también de otros factores (como las variaciones orbitales de la Tierra y su cercanía circunstancial al Sol), tiene un sólido respaldo científico frente al cual es intelectualmente deshonesto ser indiferente.

Pero despreocúpese, estimado lector, que aquí no le vamos a contar la historia del fin del mundo, sino una distinta en la cual el empresariado global advierte, en un futuro esperamos que no muy lejano, que le conviene más combatir esta realidad que dejarse llevar por ella. Entretanto, no se deje guiar ni por las exageraciones o la apelación al sentimentalismo de un extremo, ni por la inercia y el inmovilismo que profesa el otro. Nuestra recomendación final: preste atención a la ciencia.

(*) Editor del Departamento de Economía & Negocios de El Comercio

jueves, 14 de octubre de 2010

Mario Vargas Llosa: A Latin American liberal

THE ECONOMIST
Oct 14th 2010


A great writer who has become his region’s conscience

Scourge of dictators and utopians.THE literary reputation of Mario Vargas Llosa was established early in his prolific career. The Nobel prize for literature, bestowed on him this year, would have been deserved two decades or more ago. But back then the award would have been deplored by many Latin Americans who liked his novels but not his politics. For not only is Mr Vargas Llosa Latin America’s most accomplished living writer, he is also a thinker who battles for democracy, the market economy and individual liberty.

While his views have modulated over the years, their core has been constant ever since the mid-1960s, when he shook off a youthful enthusiasm for the Cuban revolution. Not long ago his was a brave and lonely stance for a Latin American intellectual. The widespread, if not universal, approval of the award in the region suggests that he is winning the argument.

In its citation the Swedish committee commended Mr Vargas Llosa for “his cartography of structures of power and his trenchant images of the individual’s resistance, revolt, and defeat.” This describes well two of his finest novels, written more than three decades apart. “Conversation in the Cathedral”, an early work of astonishing maturity, is set in his native Peru in the 1950s, during a dictatorship. “The Feast of the Goat”, published in 2000, explores the cruel regime of General Trujillo in the Dominican Republic. They are subtle studies of the psychology of power and its corruption of human integrity. (He returns to such themes in his new novel, “El Sueño del Celta”, about Roger Casement, an Anglo-Irish diplomat and early crusader for human rights, out in Spanish next month.)

The flip side of dictatorship in Latin America has been a recurrent search for Utopia. This is liberating when pursued as an artistic vision, but leads to bloodshed, disaster and tragedy when it becomes a political project. That is the implicit conclusion of a string of Mr Vargas Llosa’s books (such as “The War of the End of the World”, “The Real Life of Alejandro Mayta” and “The Way to Paradise”).

Paradoxically, perhaps, for a man of passions, he is unfailingly courteous and possessed of a disciplined work ethic, rising early every morning to write for several hours. His extraordinarily versatile output of more than 50 books includes comic and erotic novels and literary criticism, as well as a fortnightly newspaper column for Spain’s El País.

While Mr Vargas Llosa’s prose lacks the poetic intensity of Colombia’s Gabriel García Márquez, who won the prize in 1982, he more than makes up for this by his greater intellectual depth, subtlety and authorial rigour. His work is meticulously researched and carefully crafted.

Mr García Márquez has a house in Cuba, is a friend of Fidel Castro and espouses a Latin American nationalism. Such causes are anathemas to Mr Vargas Llosa. He abhors Mr Castro and Venezuela’s Hugo Chávez, as he does Chile’s General Pinochet (“a killer and a thief”) and Alberto Fujimori, Peru’s corrupt conservative ex-strongman. His liberalism is universal, inspired by such thinkers as Karl Popper and Isaiah Berlin. He hates nationalism, seeing it as a tool of demagogues; similarly he has criticised Bolivia’s Evo Morales, who claims to be leading a revolution on behalf of his country’s indigenous peoples, for turning race into a collectivist political tool (Mr Morales, along with Cuba’s government, was among the few to criticise the award).

But Mr Vargas Llosa is far from being a standard-bearer of the right. He criticised the invasion of Iraq (but later concluded it was worth overthrowing Saddam Hussein) and Israel’s war on Lebanon in 2006. He has often expressed sympathy for moderate centre-left governments. In Spain, where he lives for part of the year, he backs a small centrist party that opposes the petty nationalisms of the country’s periphery.

In the Latin American tradition he believes that it is the writer’s role—and duty—to intervene in politics. He went farther than most. Fearing that Peruvian democracy was threatened by bank nationalisation and Maoist terrorism, he stood for the presidency in 1990. He lost (to Mr Fujimori). Once a polarising figure in Peru, he is now widely respected as his country’s conscience. That is increasingly true across Latin America.

The Americas

domingo, 10 de octubre de 2010

Libro Forrado, Autor Prohibido

Por: Yoani Sánchez
EL COMERCIO
10-10-10


La bloguera cubana no escapa a la noticia que el mundo difundió con profusión: la entrega del Nobel de Literatura a Mario Vargas Llosa, proscrito en la isla y disfrutado en la clandestinidad. Ella y muchos más festejaron como suyo el logro


El libro iba forrado con una de esas revistas de muchos colores y pocas verdades que intentan convencer a los turistas sobre las ventajas de nuestra utopía. Lo estaba leyendo un hombre muy joven –apenas se le advertía el bigote– y a pesar de los saltos del ómnibus y de las personas que se interponían entre aquellas páginas y mis ojos, reconocí que se trataba de “La tía Julia y el escribidor”. En Cuba, durante varias décadas, el truco de cubrir la portada de los libros censurados nos ha permitido hojear en sitios públicos a Mario Vargas Llosa y a otros autores desterrados de las librerías oficiales. Hemos devorado sus escritos buscando el porqué este peruano no ha sido incluido en los programas de las carreras de humanidades, en las lecturas de la enseñanza media ni en los catálogos de las editoriales. Sin embargo, las claves para el estigma que se cierne sobre él no están tanto en sus textos, sino en las declaraciones que ha hecho en torno a la revolución, el sistema, el proceso o –con la simplicidad con que lo llama la gente en la calle– “esto” que vivimos desde hace 50 años en esta isla.

Pero no ha sido el único condenado al silencio institucional. Nos han escamoteado nombres claves de las letras latinoamericanas y de nuestro exilio, como si extirpar la literatura fuera tan fácil. A través de las redes alternativas de distribución han circulado desde “La guerra del fin del mundo” hasta los poemas de Heberto Padilla.

Nada hay más atractivo que lo prohibido y en el caso de los autores proscritos por la censura, esa máxima se ha cumplido en su totalidad. De ahí que demostrar cultura literaria en La Habana de hoy, no pasa tanto por conocer a Alejo Carpentier o a Julio Cortázar, sino por haber tenido entre las manos la prosa de Reinaldo Arenas, Herta Müller o Guillermo Cabrera Infante. La seducción que generan los expulsados es infinitamente mayor a la provocada por los literatos autorizados. Hemos leído a Vargas Llosa no solo por su infinito talento como novelista o por la ingeniosidad de sus artículos, lo hemos hecho también como un acto de rebeldía. Junto a él desciframos las claves del autócrata en “La fiesta del Chivo”, con la convicción de que todos los caudillos se parecen muchísimo, llámense Rafael Leónidas Trujillo o Fidel Castro.

No hay vínculo más fuerte entre un autor y sus lectores que aquel que se establece en la clandestinidad, en la oscura zona de lo vedado. Quizás por eso los cubanos hemos sentido como nuestro el Nobel de Literatura recién otorgado a quien ha sido considerado por la propaganda ideológica como “la bestia negra” de las letras hispanas. Sin mencionarlo, lo han hecho más presente; satanizándolo solo han logrado que se nos vuelva irresistible. Tiene lógica entonces que desde hace varios días estemos felicitándonos como si el autor de “La ciudad y los perros” no hubiera nacido en Arequipa sino en el mismísimo corazón de Guantánamo. Pues con ese galardón, algo de gloria nos ha tocado también a quienes –por no perdernos sus historias– corrimos el riesgo de que nos llamaran desviados ideológicos o de perder nuestro empleo, ser marcados como conflictivos o dejar de obtener ciertos efímeros privilegios. Algo de ese susto a que nos descubrieran nos quedará frente a la obra de Mario Vargas Llosa, pero una buena parte del temor se nos va disipando. De un tiempo a esta parte he visto a algunos atrevidos que leen sus novelas –sin forrarlas– en un parque, una oficina, un aula universitaria.

sábado, 14 de agosto de 2010

La Pena de Muerte

Por: Andrés Bedoya Ugarteche
CORREO
14-08-10


La pena de muerte:- Nuestro bienamado director, don Aldo Mariátegui (que Dios guarde), es partidario de la pena de muerte y, sin querer, le está haciendo el tundete a Keiko. Según Aldo, la pena de muerte sí arredra, sí intimida al futuro y posible homicida. I beg to differ, que dicen los gringos. No estoy de acuerdo, aunque seas mi jefecito lindo.

Si el temor a la muerte intimidara al hombre, no existirían carreras de fórmula uno, ni paracaidismo, ni montañismo, ni esquí, ni bochas, ni habrían niñas que se echan entre los durmientes de un tren para que éste les pase por encima sin dañarlas -sólo para sentir la cercanía y posibilidad de morir- ni jóvenes brasileños que se suben a los techos de los vagones del ferrocarril y saltan sobre el vagón del tren que viene en sentido contrario. Allí ya ha muerto el 50% de estos "deportistas", y lo siguen haciendo.

El segundo punto es que un ciudadano, a las nueve de la mañana, no sabe que a las cinco de la tarde se convertirá en asesino y la mayor parte de las veces ocurre por reacción instintiva, por ira incontrolable o por terror puro. Y son estos los que tienen la desgracia de ser atrapados. Los sicarios, los asesinos a sueldo, los esbirros, esos lo hacen por vocación, por la adrenalina que produce, con frialdad completa y casi nunca los cogen. En la época de Velasco y sus hampones, se instituyó la pena de muerte. Ninguno de los tres o cuatro fusilados de entonces perdió los papeles a la hora de la verdad. Murieron con dignidad. Y uno de ellos, en Arequipa, hasta milagros hace.

El tercer punto es que el asesinato jamás -repito, jamás- debe ser legalizado. Un asesinato no deja de serlo por ser la consecuencia de un circo con juececitos, fiscalitos, secretaritos, escribanitos y toneladas de expedientes. Legalizar el homicidio es enviar un mensaje peligroso: que matar "puede ser bueno a veces". Con esa idea cualquiera puede tomar la ley en sus manos con la excusa de que le está ahorrando dinero al Estado, y esto termina convertido en el far west.

Otra cosita, Aldo: ¿de dónde me sacas ese número imposible de demostrar de que por cada ejecución se salvan siete vidas? ¿Es cabalístico o qué? ¿Y qué puede saber un Nobel en Economía de la sicología criminal? Que no me joda. ¿Por qué no le preguntamos a la Filomena Menchú sobre problemas de física cuántica?

¿No basta con que los encerremos de por vida? Claro, eso es muy caro, pero si de dinero se trata, entonces fusilemos a toda la población penal del Perú. Claro, los jueces son rosquetes y sueltan a los criminales. Para eso Fujimori inventó los jueces sin rostro. Retornemos a eso y dejémonos de cojudeces.

Y algo más. Si Keiko está pidiendo la instauración de la pena capital, no lo hace por tus motivos, Aldo. Lo hace porque sabe que el populacho, la chusma, la canalla, esto es, los electores, siempre están a favor de esa pena. Ocurre en cualquier lugar del mundo. Es genético. Por eso nos gustan las películas policiales y las de piratas. Pero no seamos hipócritas fusilando a las cinco de la mañana y sin la presencia de periodistas. Si somos machos, fusilemos en la Plaza Mayor a las doce del día. Demostremos que no nos avergonzamos de nuestras propias acciones.

Hasta más vernos.

sábado, 31 de julio de 2010

El Creador de un Hombrecito Extraordinario

Antoine de Saint Exupéry (1900-1944)

Por: Martha Meier M Q
Sábado 31 de Julio del 2010

Por más de cuarenta años no se tuvo idea de que pasó con la aeronave piloteada por el escritor y aviador francés Antoine de Saint-Exupéry. Un día como hoy, 31 de julio de 1944 cayó al mar Mediterráneo. En el año 2000 los investigadores Lino von Gartzen y Luc Vanrell localizaron el desaparecido avión, a ochenta metros de profundidad. Y el rompecabezas empezó a armarse. Una cosa llevó a la otra, se siguieron, claves, pistas y datos hasta dar, en el año 2008, con un anciano alemán de 88 años llamado Horst Rippert, un periodista deportivo jubilado. Él les contó la historia.

Corrían los días de la Segunda Guerra Mundial cuando Rippert —entonces un joven piloto alemán de 24 años— derribó un avión que cayó hundiéndose en el mar, cerca de la costa de Marsella, sobre el Mediterráneo. “A los días de mis disparos dijeron que era Saint-Exupéry. Esperé y espero que no fuera él”, les dijo. Pero el piloto de esa nave sí era por desdicha el autor de: “El aviador”, “Vuelo nocturno”, “Tierra de hombres”, “Piloto de guerra”, entre otras obras.

Saint-Exupéry era, paradójicamente, considerado un héroe por el hombre que lo abatió: “Todos lo habíamos leído, adorábamos sus libros. Describía admirablemente el cielo, los pensamientos y los sentimientos de los pilotos. Su obra produjo la vocación de volar en muchos de nosotros. Si lo hubiera sabido, jamás habría disparado”, comentó Rippert a un diario francés.

Así murió el hombre que legó a la humanidad uno de los personajes más inspiradores y lúcidos de todos los que pueblan la vasta literatura terrícola. Un año antes de que dispararan sobre su avión publicó su inmortal relato corto “El Principito” (1943), con dibujos de su propia factura. Una obra que ha sido traducida a más de 180 lenguas y dialectos, y es el segundo libro más leído del planeta, después de la Biblia.

“El Principito” es una metáfora del sentido de la vida, la búsqueda de la felicidad y del amor. El extraordinario hombrecito que lo protagoniza le hace ver a otro de los protagonistas —el aviador—la estupidez humana, y la pérdida de la sabiduría, sencillez y sensibilidad de la infancia que padecen —padecemos— los adultos.

El escritor-aviador que fue derribado sobre el Mediterráneo quiso con esta historia reencontrarse consigo mismo, tratar de que los niños lo siguieran siendo siempre: libres, valientes, curiosos y soñadores. Quiso, también, despertar al adulto razonable de su mediocre modorra y darle el valor de sacar al niño que vive en su interior y busca respuestas sobre las cosas más simples y sencillas de la vida. Ese niño o niña que quiere “escuchar a las estrellas sonando como campanas” y entregar sus sueños, esperanzas e ilusiones sin esperar recibir nada a cambio.

“El Principito” es una crítica a la pedantería y erudición baratas, a la tentación por lo oscuro, al afán de acumular poder. Este niño de melena color del trigo, sueña y es el único amo de sus sueños y de sus fantasías. Y por eso aterroriza a personajes insoportables como el tal Hugo Chávez, quien lo ha vetado en la Venezuela cuya esperanza trata de destruir. Su Plan Revolucionario de Lectura —para “estimular la ideología socialista a través de libros revolucionarios para construir al hombre nuevo”— considera al extraordinario hombrecito de Antoine de Saint-Exupéry una amenaza.

“El Principito” es pues un poderoso símbolo político de libertad, de transparencia, de verdad. Así las cosas, quizá lo que nos haga falta para, en el 2021, llegar a ser esa nación del Primer Mundo de la que tanto nos habla el doctor Alan García son ciudadanos y líderes con la capacidad de convencernos de que: “Lo bello del desierto es que en algún lugar esconde un pozo”, y que solo juntos podremos encontrar ese pozo de agua clara y vivificante.

Fuente: EL COMERCIO